Skip to content

Manhattan

Compartir

Compartir en facebook
Compartir en linkedin
Compartir en twitter
Compartir en pinterest
Compartir en email

Tenía prácticamente todo lo que pudiera desear un transeúnte. Recuerdo los zumos sobre un manto de hielo. Había desde flores a la prensa del día, de todo a todas horas.

Si uno ha visitado la ciudad no puede pasarle desapercibido que hay miles de delis que, como este, abren todo el día o gran parte de él. Pero lo llamativo no es eso, sino que en cualquier manzana el viandante (es una ciudad para recorrerla a pie) verá que se suceden los portales y los comercios pequeños. No ya restaurantes y cafeterías, sino tiendas de todo tipo, no más grandes que las de cualquiera de nuestras ciudades, y que tienen horarios que se adaptan a las complejas necesidades de la gente. Allí hay libertad absoluta de horarios. ¿No debería estar la ciudad trufada de grandes centros comerciales? ¿No deberían los neoyorkinos conocer los pequeños comercios por los documentales del canal de historia?

Los delis compiten con los supermercados, hay grandes librerías junto a las pequeñas, papelerías de dos y tres plantas cabe a las más humildes y puestos callejeros sólo con los periódicos más comunes frente a kioskos que son el sueño de cualquier lector. Es más, para hacer la compra no hay ni que salir de casa. Yo tenía una cuenta FreshDirect, que me la traía a casa en el horario que más me conviniera, con una calidad notable y precios más que buenos. Y hay algún centro comercial. Con todo ello, Nueva York, en plena libertad de horarios, es el paraíso del pequeño comercio.

Se dirá que allí ese comercio de pequeña escala cuenta con una ventaja, frente al nuestro: un mercado laboral más libre y flexible, con horarios, también para los trabajadores, que se adaptan a su conveniencia. Y es verdad.

Cuando hay libertad para encontrarse con los clientes, el tamaño no importa.

Más artículos

Viviendo en Ancapia

En esta sociedad, los servicios actualmente provistos por el Estado, como seguridad, defensa nacional, sanidad, justicia e infraestructuras, serían proporcionados por entidades privadas de manera voluntaria y competitiva en el libre mercado.

H.L.A. Hart y la separación entre Derecho y Moral

En nuestras entregas anteriores, nos referimos a las críticas de H.L.A. Hart sobre la Teoría Imperativa del Derecho (mejor sintetizada por John Austin), y quedaba pendiente exponer cómo Hart, por