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Mercado indigno

Publicado en Libertad Digital

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Francisco Caamaño, exministro de Justicia, nada menos, y catedrático de Derecho Constitucional, nada menos, escribió en El Periódico:

Desde la caída del Muro de Berlín, los teóricos del mercado vencen a los teóricos de la dignidad.

Hay más, pero empecemos por esta extraordinaria idea: el mercado vence a la dignidad. El mercado se define como la contratación voluntaria de los ciudadanos: si a usted le obligan a comprar o a vender, eso no es el mercado. Y don Francisco cree que el mercado, es decir, la libertad, es indigna. Más aún, sugiere que antes de la caída del Muro prevalecía la dignidad. Le parece digno un mundo que no había registrado aún la crisis del sistema más criminal que nunca haya sido perpetrado contra los trabajadores.

Constatada esta primera barbaridad, sigamos. «Europa está pensada para que Alemania siga haciendo coches», dice, como si España, sin ir más lejos, no figurara entre los grandes fabricantes y exportadores de automóviles. El comercio libre estimula el crecimiento, admite el catedrático, «pero se desentiende de la cohesión social», como si las personas libres que transaccionan en el mercado no tuvieran ninguna preocupación por la situación de los demás, lo que es un disparate, o como si la cohesión social se lograra quebrantando la libertad de los ciudadanos, lo que es otro disparate.

Sigue el exministro: «Europa fue capaz de crear un modelo social propio, el llamado Estado del Bienestar». Asombrosa idea eurocéntrica, que ignora que el moderno Estado oneroso y redistribuidor existe en todo el mundo llamado desarrollado y en buena parte del resto, y ha sido promovido por toda suerte de gobiernos, incluyendo la dictadura franquista.

A continuación se alarma ante el tratado de libre comercio entre la UE y EEUU porque, anuncia, será el «adiós definitivo al Estado del Bienestar». Lo que le preocupa mucho es que se abra la posibilidad de arbitrajes privados entre empresas y Estados si éstos violan derechos. Según él, eso sería catastrófico para Europa, cuyo éxito no dependió del comercio «sino del conjunto de valores y principios empleados para evitar que el libre comercio hiciese de la capacidad de consumo la medida de la dignidad humana».

Siempre he pensado que algunos desatinos son propios de mi gremio de los catedráticos, como el pensar que los arbitrajes son contrarios a la justicia, o que la prosperidad europea no se debió al comercio, o que alguien alguna vez sostuvo que la dignidad del ser humano depende de lo que consume.

Por fin, en todo este delirio antiliberal sobresale la idea de que el Estado se reduce o se va a reducir apreciablemente: «El libre comercio gana y el Estado providencia se privatiza y acentúa las desigualdades». Nada de esto tiene el más remoto parecido con la realidad: el Estado no se ha reducido apreciablemente en ninguna parte del mundo, y menos aún en España. Y nada indica que lo vaya a hacer en el futuro. Y si hay una desigualdad que efectivamente se ha acentuado es una que al señor Caamaño no le preocupa en absoluto: la desigualdad entre el Estado y sus súbditos.

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