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Ni libertad ni seguridad

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La ley más importante de las últimas décadas de los Estados Unidos se ha aprobado sin más: una simple directiva firmada por el presidente del país, en un lenguaje incomprensible para el ciudadano medio. Los grandes medios lo han ignorado. Desnuda de cualquier bienvenida oficial, un reciente 9 de mayo aparecía en la web de la Casa Blanca la National Security and Homeland Security Presidential Directive; o al menos la parte desclasificada, porque todavía hay una parte sobre la que aún hay más secretismo.

¿Qué prevé este decreto que lo hace tan importante y tan peligroso? Nada menos que dar poderes cuasidictatoriales al presidente de los Estados Unidos en caso de emergencia. Una declaración presidencial de que su país está ante un inminente ataque exterior, una catástrofe natural en un momento propicio, y pondrá bajo su mando "los gobiernos de los estados, locales, territoriales y tribales y los propietarios privados y operadores de las infraestructuras críticas" para "permitir una respuesta y una recuperación más rápida y efectiva de una emergencia nacional".

Si algo caracteriza al totalitarismo es la costumbre, denunciada por Orwell, de trastocar el significado de las palabras y dar a las cosas nombres opuestos. Como el Ministerio de la Verdad o el de la Paz de 1984, este decreto se aprueba para "defender al Gobierno constitucional". ¿Qué gobierno omnipotente está previsto en la Constitución de los Estados Unidos? ¿Quién defenderá a la Constitución de un Gobierno con tales poderes?

Robert Higgs explica que el Estado crece a base de buenas crisis en las que erigirse como salvador. Muchas de ellas (guerras, crisis económicas…) las crea él mismo. Cuando todo el país parece amenazado, cuando la naturaleza se produce con una violencia sobrehumana, cuando la economía no ofrece ninguna esperanza y sí muchas inseguridades, ¿cómo nos vamos a negar si quien tiene el poder nos viene con un plan para defendernos, para salvarnos, para sacarnos del hoyo? Eso sí, todos los poderes excepcionales, especiales, provisionales, llegan para quedarse. Y no son necesarios. Soy de los pocos que creen que la libertad es lo más seguro.

Quienes admiramos aquél país y le defendemos de tantas invectivas es porque aún mantiene, bien que mermada y en permanente amenaza, la libertad con que nació. Porque en su concepción está lo mejor de los ideales liberales concebidos en Europa y porque vemos en Estados Unidos una esperanza para el mundo. Chavezazos como éste nos deben hacer temer lo peor.

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