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Ni transición ni nacional

Publicado en Libertad Digital

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El concepto de nación es discutible en cuanto categoría antropológica, pero su existencia en el mundo actual, con España como uno de los más antiguos ejemplos –una de las cinco naciones fundadoras de la Cristiandad, junto a Alemania, Inglaterra, Francia e Italia–, es un hecho incontrovertible. De igual forma, se pueden escribir varios tratados sobre la democracia desde los más diversos puntos de vista y discutir sobre sus esencias, características y requisitos, sin que ello habilite para negar su vigencia como mecanismo de vertebración política.

Como explica Julián Marías en La estructura social, naciones como España han sido las unidades de convivencia durante toda la época moderna, mientras que las aspiraciones nacionalistas de regionalismos periféricos como el catalán son construcciones sociopolíticas recientes elaboradas ex novo por una élite gobernante, fundamentalmente para alcanzar el poder y mantenerse en él. Los actuales nacionalistas catalanes reconocen implícitamente el carácter ficticio de su proyecto (Marías lo llama "insuficiente") con esta conjura anticonstitucional que andan ahora organizando disfrazada de transición. Han estado más de treinta años llevando a cabo su labor de "construcción nacional", prueba evidente de que no existía tal nación, y una vez culminada la obra –fundamentalmente a base de negar a España, la nación a la que pertenecen– se disponen a realizar una asonada jurídico-política utilizando todos los medios ilegales a su alcance.

La solvencia de los protagonistas de la secesión tenía forzosamente que estar a la bajura del despropósito, con Mas y Junqueras como referentes intelectuales y ejecutores del proceso político más ruinoso organizado en Europa desde la Guerra de los Balcanes; una tarea que además tienen que acelerar para ocultar la corrupción galopante de su clase dirigente y preservar a ésta de desagradables encontronazos con la justicia todavía española. Lo más sorprendente es que este camino seguro al desastre se inaugura formalmente con el aplauso del respetable, convencido, entre otros disparates, de que los que le roban no son los dirigentes que manejan fortunas injustificadas en paraísos fiscales, sino el resto de los españoles, a los que deben abandonar cuanto antes mejor. En fin, cosas que ocurren en un sitio donde una película muda tiene todas las papeletas para ser elegida el mejor largometraje del año en lengua vernácula. 

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