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No me lo creo

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Es decir, que la crisis ha tocado fondo y que a partir de ahora no tenemos que seguir bajando los ojos cuando nos hablen de economía.

El relato es el siguiente: los hechos se presentan, desnudos, inanimados y objetivos ante los ilustrados burós que, con su análisis wertfrei y su refinado instrumental, no habrían podido evitar la conclusión, contenida ya en la marcha de las cosas, de que a partir de ahora sólo podemos ir a mejor. ¿Y la coincidencia en la fecha? No podía ser de otro modo cuando es la misma realidad que, claro es, no puede dar las mismas noticias más que en el paso del tiempo en que tienen lugar. Fed y BCE, atentos a la marcha de los acontecimientos, ¿por qué iban a retrasar la noticia, más cuando con ella nos alegra los corazones, tan arruinados como nuestros bolsillos?

Ciertamente. Sólo que en este relato faltan otras muchas coincidencias que, en conjunto, dibujan un cuadro muy diferente. Pues, ¿hasta qué punto son estos dos bancos centrales diferentes? Desde el estallido de la crisis han actuado al unísono, ya sea al alimón, ya con el concurso de otros bancos centrales. Siempre para inflar las respectivas monedas, inundar el mercado de liquidez y retrasar el colapso inevitable del castillo de naipes financiero que crearon ellos mismos. Ahora no sólo coinciden en el acelerador hacia el abismo, sino que ofrecen, gustosos, el mismo mensaje de optimismo a lo Telma y Louis.

Pero, ¿y la realidad? Ella tampoco es independiente de los bancos centrales. No es un objeto que se observa por un microscopio. La crisis es el muerto tendido en el suelo y los bancos centrales el asesino con la pistola humeante en sus manos. "Hay síntomas de resurrección", declaran circunspectos a los medios de comunicación como si fueran un CSI y no el criminal.

Luego la realidad, a la que tienen secuestrada, puede darles la razón o no. Como la libertad interior del reo, la economía guarda, atada y drogada como está, ciertas libertades que la hacen discurrir por caminos distintos a los que buscan sus captores. Pero esa no es ahora la cuestión. Lo que no me creo es el relato. No me creo ni la objetividad, ni la independencia ni la circunspección ni la honradez de los bancos centrales. Es a ellos, más que a sus palabras, a quienes no me creo.

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