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Pallywood surcando las olas

Publicado en Libertad Digital

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Hace ahora tres años la organización terrorista Hamas tomó el control de la franja de Gaza, la parte desgajada de los territorios palestinos que Israel ocupó tras la Guerra de los Seis Días en 1967. Esta ocupación militar duró 38 años, hasta que, mediante el llamado Plan de Retirada Unilateral, Ariel Sharon abandonó la franja, que se integraba desde los acuerdos de Oslo dentro de los territorios controlados por la Autoridad Nacional Palestina.

La franja de Gaza es, como su propio nombre indica, un estrecho corredor costero poblado desde tiempos antiguos que comunica Israel con la península del Sinaí y el valle del Nilo. Su población ha sido árabe desde hace siglos, aunque existieron juderías mucho antes de la formación del Estado de Israel. Hoy de aquella presencia no queda más que el recuerdo. En los últimos cien años ha sido primero otomana, luego británica, más tarde egipcia y finalmente israelí. Podría decirse que hasta la toma del poder por parte de Hamas nunca ha sido independiente, ni sus habitantes –cerca de medio millón en la actualidad– han tenido nunca esa veleidad.

La independencia de facto les acaba de llegar, y lo ha hecho a lomos de una sanguinaria banda de terroristas islámicos que gobierna con mano de hierro. Hamas es una organización reciente. Fue fundada en 1987 por el célebre jeque Ahmed Yassin, aquel anciano que, desde su silla de ruedas, enviaba a los combatientes de Alá a inmolarse en las ciudades israelíes. Yassin fue liquidado en una operación militar israelí en 2004, pero la organización ha demostrado tener voluntad y, sobre todo, programa propio que aspira a cumplimentar en su totalidad. Éste consiste en la fundación en Palestina de un estado teocrático islámico que reemplace al de Israel, cuyos habitantes deben ser expulsados o, siguiendo el delirante guión bélico de los mulás palestinos, “arrojados al mar” y eliminados físicamente.

Desde la llegada al poder de Hamas la franja se ha convertido en un puesto de avanzada desde el que se promueve el terrorismo islámico y se ataca directamente con morteros y misiles Qassam a los pueblos y ciudades del lado israelí. El ejército hebreo penetró en la franja hace ahora año y medio para detener la ofensiva de Hamas y castigar a sus responsables. Tras la operación, a la que se llamó “Plomo fundido”, se decretó un embargo de armas y un bloqueo naval que llevan a cabo las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF).

Desde entonces la paz ha reinado en la franja. Hasta Gaza han llegado toneladas de ayuda humanitaria y se han acometido las tareas de reconstrucción. El primer donante ha sido el propio Israel, cuyo último deseo es que una población depauperada se eche en manos de Hamas y el problema se enquiste. Aparte de esta ayuda oficial, oenegés de todo el mundo han enviado ayuda que ha pasado, previa inspección por parte del IDF, a la franja sin mayores problemas. Como resultado los mercados de Gaza han vuelto a estar repletos de víveres y la normalidad reina desde hace más de un año. En definitiva, el peor de los escenarios posibles para los amos de Gaza, que legitiman su poder sobre un irredentismo sangriento y el recurso constante al odio y a la guerra contra el “invasor” israelí.

En este punto una serie de organizaciones extranjeras lideradas por el grupo islamista turco Insani Yardim Vakfi, una fundación de caridad con vínculos con Hamas y Al Qaeda, promovieron el envío de una flotilla solidaria dirigida a romper el bloqueo israelí por las bravas desembarcando ayuda humanitaria en el mismo puerto de Gaza, un puerto pesquero que ni es de aguas profundas, ni dispone de las instalaciones adecuadas para estibar carga. Por esta razón, todo lo que ha entrado en Gaza por vía marítima en las últimas décadas lo ha hecho a través del puerto de Ashdod, a sólo 40 kilómetros de distancia, ya en territorio israelí.

Cuando en la madrugada del 1 de junio la flotilla se encontraba a 28 kilómetros de la costa los patrulleros les indicaron por radio que no habría problemas en la entrega pero que tendrían que atracar en Ashdod, donde la descarga sería mucho más sencilla y se realizaría la pertinente inspección. De las seis naves que formaban la flotilla –autodenominada “de la Libertad–, cinco accedieron a las condiciones impuestas por la Armada israelí; una de ellas, la nao capitana de la expedición, un barco abanderado en las Islas Comoras de nombre Mavi Marmara, se negó en redondo y, en palabras de uno de los activistas “solidarios”, se preparó “para la resistencia” al tiempo que, desde el puente de mando, les decían que callasen y volviesen “a Auschwitz”.

La Armada israelí entendió el desafío y supo ver que lo que el Mavi Marmara buscaba era un enfrentamiento abierto que ocasionase un bombazo mediático al día siguiente. Primero envió agentes desarmados a inspeccionar la carga. Un grupo de pasajeros les esperaba con palos y ganas de bronca. La hubo. Una multitud enfervorecida de “pacifistas” apalearon sin piedad a los inspectores para forzar la intervención de infantes armados desde los helicópteros. Cuando éstos descendieron una batalla campal se desató sobre la cubierta. Resultado: nueve muertos, infinidad de heridos y un notición.

Los armadores del Mavi Marmara habían conseguido su objetivo, la máquina de fabricar masacres de Pallywood se puso en funcionamiento en todos los medios de comunicación occidentales. El lunes 1 de junio fue un día glorioso para Hamas que, después de intentarlo varias veces, había conseguido reavivar la llama de la guerra en Gaza. Miles de personas salieron a la calle a protestar en todas las capitales europeas y apenas quedó tiempo en el telediario para otra cosa. A la condena de oficio de los países árabes le siguió entusiasta la de la presidencia española en la UE y las bravuconadas de Erdogan, indignado por el asalto a un barco turco que, curiosamente, ondeaba en popa la bandera de las Comoras. La ONU y Estados Unidos se abstuvieron por si acaso.   

Sabía decisión la de Obama y Ban Ki-Moon porque el efecto duro poco esta vez. Israel había previsto grabarlo todo en vídeo para apoyar las razones de su intervención, y esos vídeos se hicieron públicos al día siguiente. Internet hizo el resto. De la ofensiva los pacifistas pasaron a la defensiva. A bordo no se encontraron armas de fuego –tan torpes no son los voluntarios propalestinos– pero sí barras de acero y un gran surtido de cuchillos y armas blancas de todo tipo. Lo necesario para tensar la cuerda y crear de la nada un conflicto internacional con los papeles adjudicados de antemano. Así, Israel era el malo; Palestina, el bueno; el activista solidario, el héroe y la comunidad internacional, el corifeo. Para que la historia funcionase en taquilla Hamas debía quedarse fuera del reparto.

Cuando la historia estaba muerta en las portadas, los tres integrantes españoles en la expedición llegaron a Barcelona, donde, con intención de reavivar el caso, soltaron una soflama ideológica cargada de odio que reveló al escéptico que, más que activistas solidarios, eran activistas pro Hamas. Uno de ellos, Manuel Tapial, es un conspicuo defensor de esta banda terrorista y habitual de las asociaciones de extrema izquierda. Otro, el valenciano David Segarra, vive por voluntad propia en la Venezuela de Chávez, es corresponsal de Telesur y, según cuentan sus allegados, se sitúa “a la izquierda de la izquierda”.

No es casualidad que la participación española en tan chusco episodio corriese a cargo de una asociación llamada “Cultura, Paz y Solidaridad Haydée Santamaría” a la que pertenecen dos de los tres activistas. El último nombre, el de Haydée Santamaría, han sabido ocultarlo para embozarse tras tres palabras a las que nadie puede oponerse. Haydée Santamaría fue una guerrillera de Sierra Maestra, fundadora del Partido Comunista de Cuba e inspiradora de la Casa de las Américas, una institución que forma parte del frente cultural del castrismo desde la que se difunde su ideario y se da sustento a la tiranía. Normal que, para este viaje, prescindiesen de su patrona.

Con esta materia prima se levantó el escándalo de la flotilla de Gaza, un plan minuciosamente trazado para hacer estallar de nuevo la guerra dentro de la franja que, por fortuna, se ha quedado en un simple fogonazo sin más trascendencia que unas horas de propaganda gratuita. Y es que, mal que les pese a sus productores, Pallywood ya no es lo que era.

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