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Por qué les gustaba tanto Castro

Publicado en Libertad Digital

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El hecho es que Castro no era popular, y por popular quiero decir querido. Al menos por la gente de a pie. Ni allí ni aquí.

La muerte de Fidel Castro provocó la semana pasada la apertura repentina de compuertas en los lagrimales de toda la izquierda occidental. Era previsible, para qué nos vamos a engañar. Para los socialistas de medio mundo Castro era la advocación marciana, que no mariana, a la que todos, de un modo u otro, había adorado por la peana desde su tierna y despreocupada adolescencia ideológica, la misma en la que la mayor parte de ellos permanecen. Algunos incluso lo seguirán haciendo una vez han elevado al caimán a los altares de lo histórico.

El hecho es que Castro no era popular, y por popular quiero decir querido. Al menos por la gente de a pie. Ni allí ni aquí. Demasiados años, demasiada sangre, demasiados muertos. A diferencia de Chávez, que la espichó al decimotercer año con la faena a medio terminar, Castro estaba ahí desde siempre. Vivir desgasta, mandar mientras se vive desgasta aún más, especialmente cuando el poder se entiende como un ejercicio permanente de disponer a placer de todo y de todos.

Su extraordinaria longevidad le hizo fusionarse con el paisaje. Cuando nació Pablo Iglesias llevaba casi veinte años en la poltrona y así con prácticamente todos los líderes políticos, de ahí que muchos acariciasen la idea de que el cubano era inmortal, que para el centenario del amo habría que organizar una peregrinación de rodillas a La Habana y que, precisamente porque había durado tanto, algo de bueno tenía que tener. Al final durar es lo único que pudieron sacar en claro para no enfrentarse al sanedrín de la opinión pública, que en Fidel Castro ya solo veía la decadente estampa de un tirano de otra época.

Esta es la razón por la que todos, desde Rajoy hasta el canadiense Trudeau, repitieron como papagayos lo de la historia, su liderazgo histórico y demás pamplinas que iluminaron como farolillos chinos las redes sociales la semana pasada. Era lo único que se podía decir sin bajar a lo mollar. Lo mollar es que había arruinado Cuba y a los cubanos durante seis interminables décadas. Pero eso no podía ni mentarse. Lo había hecho, cierto, pero qué son esas minucias frente a sesenta años de historia, con sus Kennedys, su Nixons, sus Reagans y sus Obamas. Para ellos la historia si absuelve. Quizá Castro lo sabía, de ahí tanta arrogancia. No importan las atrocidades que hayas perpetrado. Si aguantas, ganas.

Sin embargo, otros que duran no reciben el mismo trato. Pero es que otros no tienen la habilidad de colocarse en el lado correcto de la historia, en el lado de las intenciones y no de los hechos. Porque, a fin de cuentas, lo que a Castro le ha valido su pasaporte a la eternidad son sus intenciones y proclamas, no la gravedad de lo real, una gravedad que en Cuba fue especialmente grave. El socialismo es una suerte de indulgencia plenaria como aquellas que vendía el Papa hace siglos, pero en nuestros días. Basta con declararse redentor de la humanidad y anunciar la inminencia del evangelio marxista de los pobres para garantizarse un puesto a la derecha del padre. Castro llevaba más de medio siglo anunciándolo y el que más y el que menos había formado parte de su iglesia. Con eso bastaba, eso le abría las puertas del paraíso. Quizá él no les gustaba, pero si la estampilla beata con su barbudo vestido de verde olivo y su aura de intocable. En un mundo tan prolijo en falsos mitos como el nuestro el construido en torno a la figura de Fidel Castro es simplemente uno más. Tal vez el peor, pero eso ya no importa.

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