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¡Qué eficaz es la tortura!

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Imagino que se dice por si fuésemos a descubrir que, después de todo, Osama Ben Laden fue un hombre inocente. Demasiada presunción para un hombre que ha presumido de los atentados terroristas que ha ordenado.

Pero ha habido otra polémica menos absurda. Se ha dicho que el testimonio clave que condujo a su guarida provino de un hombre torturado. ¡Cuán eficaz es la tortura!, se apresuran a decir muchos. Como hombres de ciencia maravillados ante la eficacia de sus creaciones, se regocijan con los resultados obtenidos después de haberle practicado 183 veces a un detenido la técnica del submarino: seco, si se le envuelve la cabeza con plástico hasta que su respiración le ahoga, o mojado si se le mete, boca abajo, en un tanque con agua (en el mejor de los casos). Hay muchas otras técnicas, seguramente no menos poderosos y en los que no me voy a detener.

Dos milenios y medio de filosofía, para luego descubrir que el mejor camino hacia la verdad es la tortura. Puede que no seaun bello espectáculo, pero nos sirve para estar más seguros. Habla Rumsfeld: "El ahogamiento simulado produjo una gran cantidad de información de inteligencia". John Yoo, ex abogado del Departamento de Justicia de EEUU, un hombre que habría pasado desapercibido en el régimen de Hitler, se siente reconfortado con el ejemplo del torturado Jalid Shaik Mohamed.

Lo llamativo de este argumento es lo pacato del mismo. Si la verdad es un valor supremo y la tortura es sólo una técnica que, convenientemente utilizada, puede llegar a ser muy eficaz, ¿porqué limitarse a lejanísimos terroristas con turbante? ¿Quién puede negar que los políticos de aquí y ahora tienen infinitamente más capacidad de decisión sobre nuestra vida? ¿No decimos a diario que la democracia se corrompe con las constantes mentiras de los políticos? Quienes defienden la tortura, ¿por qué utilizan su lógica con tanta moderación? ¿Se avergüenzan de ella?

Deberían. Primero porque su eficacia no se puede conocer de antemano. Segundo porque es profundamente inmoral. Y además porque de nada nos vale defendernos de los terroristas si aceptamos la violación de los derechos de la persona como método para defender la democracia. Aunque, visto está, no sea hasta sus últimas consecuencias.

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