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¿Quién rapta a nuestros hijos?

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Como si la idea no hubiese sido disuelta por la ciencia (Pinker), Vilaseca parte de que llegamos al mundo con una tabla rasa, libres del pecado original de nuestra civilización. Un pecado, sin embargo, impuesto por medio de sus padres: la admisión de estos valores "civilizados", occidentales, que cercenan su libertad, la de convertirse en un hombre nuevo, para una sociedad completamente nueva. Ya ven por dónde vamos.

"Cuando nacen, los niños son como una hoja en blanco: limpios, puros y sin limitaciones ni prejuicios". Nacen por un mandato de la biología, pero los padres buenos, los que aman verdaderamente a sus hijos, saben que "no les pertenecen". Sólo desean "contribuir con nuestro granito de arena en la evolución consciente de la humanidad". Los padres los plantan en este mundo, como instrumentos de esa "evolución consciente", pero no les pertenecen.

Pero se interpone nuestro egoísmo, que nos lleva a cometer el crimen de educar a nuestros hijos en los valores que nosotros elegimos para ellos, "inculcándoles creencias, normas y valores". Es un "condicionamiento" que "nos esclaviza". Nos transmite el malestar de la cultura. Este egoísmo impide la verdadera educación, que no es la transmisión de los valores de nuestra civilización, sino "liberarnos" de ella, formar "una nueva generación" con unos nuevos valores. Raptamos a nuestros propios hijos para inyectarles nuestra enferma visión del mundo.

Lo que no dice el autor es qué sustituirá a los valores de los padres, y quién se encargará de transmitirlos. Pero es claro que consistirá en inculcar la cosmovisión progresista del mundo, y por medio del Estado. Nuestra misión es "ayudarles para que ellos mismos descubran su propia forma de mirar" el mundo. Pero, abstenidos los padres, ¿quién hará de guía en esa educación? El progresismo instalado en el aparato educativo estatal. Es el viejo ropaje pretendidamente liberador del totalitarismo de siempre, desde Esparta a nuestros días. ¿Quién rapta a nuestros hijos?

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