Iryna Zarutska y el excepcionalismo

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El 22 de agosto de 2025, aproximadamente a las 21:55 horas, Iryna Zarutska, una refugiada ucraniana de 23 años, fue asesinada a bordo del tren ligero LYNX Blue Line del sistema de transporte público de Charlotte (Carolina del Norte, EE.UU.).

Zarutska, que había huido de la invasión rusa de Ucrania y trabajaba en una pizzería en el barrio South End, subió al tren tras su turno de trabajo. Vestía el uniforme de la pizzería, llevaba auriculares y consultaba su teléfono móvil. Se sentó en un asiento del vagón.

Cuatro minutos después, Decarlos Dejuan Brown Jr. (34 años), que viajaba sentado directamente detrás de ella, se levantó, sacó una navaja de bolsillo de su sudadera y la apuñaló por la espalda en tres ocasiones, al menos una de ellas en el cuello. La víctima se llevó las manos al rostro y la garganta antes de desplomarse. Murió en el tren por las heridas recibidas.

Brown presentaba un cuadro grave de delirios paranoides documentados por su familia y por llamadas a emergencias. Creía que le habían implantado “chips” o “material fabricado por el hombre” que controlaban sus funciones básicas (comer, caminar, hablar). Además, contaba con 14 arrestos documentados desde al menos 2011. Incluyen delitos graves como robo a mano armada, hurto, allanamiento de morada, agresión y resistencia a la autoridad. En 2015 fue condenado a cinco años de prisión por robo con arma peligrosa.

El caso de Iryna se convirtió rápidamente en un símbolo nacional de los debates sobre seguridad pública, reforma de fianzas (“catch-and-release”), salud mental y políticas criminales en Estados Unidos. Su asesinato por un reincidente liberado generó una fuerte reacción que derivó en cambios legislativos y polarización en redes.

En septiembre de 2025, el CEO de Intercom, Eoghan McCabe, lanzó en X una campaña ofreciendo 500.000 dólares en subvenciones de 10.000 dólares cada una para pintar murales con el rostro de Iryna Zarutska en ciudades importantes de EE.UU. Elon Musk respondió inmediatamente ofreciendo 1 millón de dólares adicionales (total recaudado superior a 1,7 millones con donantes menores).

Estos murales se pueden entender como una respuesta a las miles de piezas de arte callejero sobre George Floyd, a menudo con apoyo de ayuntamientos, artistas locales y donaciones de grandes empresas.

Podemos analizar todo esto como una batalla más dentro de la guerra cultural entre la derecha y la izquierda. Pero creo que es una buena oportunidad para intentar reflexionar sobre la causa profunda que hizo que aquel 22 de agosto Iryna fuera asesinada y por qué su símbolo puede ser muy importante.

Brown presentaba dos características muy claras: reincidencia en el crimen violento y problemas mentales graves. El cerebro humano es muy bueno en reconocer patrones, formando generalizaciones valiosas. Así que habría resultado sencillo para cualquier tipo de sociedad humana detener a una persona como Brown mucho antes de cometer un delito tan grave.

La clave es entender qué ha impedido a una sociedad avanzada y con recursos reconocer una amenaza tan clara. Una tesis interesante es la de “The Problem with Everything” (Daniel Kodsi y John Maier, The Philosophers’ Magazine, 30 de marzo de 2026).

En ella se defiende que esta incapacidad para reconocer patrones es la consecuencia de una única patología intelectual subyacente que los autores denominan “exceptionalism” (excepcionalismo).

El excepcionalismo se define como la tendencia patológica a hacer demasiadas excepciones no principistas a las reglas generales, lo que produce un “sobreajuste” (overfitting) del pensamiento: se complica excesivamente una generalización para acomodar anomalías o casos particulares, perdiendo así su poder explicativo y predictivo general. Es, en esencia, un exceso de matices que, paradójicamente, impide juzgar con justicia y genera estupidez sistemática.

Según esto, el sistema que dejó libre a Brown no peca de inmoralidad o sectarismo, sino que estamos ante una patología de la mente y de la metodología que provoca un autoengaño. Las élites judiciales occidentales creen que su actitud es “juiciosa” o “matizada”, cuando en realidad es una forma de dejarse engañar sistemáticamente por anomalías y flujos salientes.

Tenemos un sistema judicial “geocéntrico”: construye tesis sociales cada vez más enrevesadas, y dedica cada vez más recursos en su afán de rechazar la tesis más sencilla: las generalizaciones que hacían nuestros antepasados funcionan.

Habría sido muy sencillo detener al asesino de Iryna en sus primeros años de actividad criminal. Y es esa sencillez la que choca con nuestro actual sistema progresista. La obsesión por adaptar la justicia a cada minoría y a cada circunstancia social termina por perjudicar a la mayor parte de la sociedad, que solo aspira a vivir según unas reglas generales que desde fuera del sistema son obvias, pero que, desde dentro, son aplastadas por toneladas de complejidades intelectuales innecesarias.

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