La política inspiró toda la obra de José Ortega y Gasset (1883-1955), como lo acredita el hecho de que su obra más relevante conocida internacionalmente, y de modo muy merecido, La rebelión de las masas (1930), sea un texto de claro matiz político. Una obra que ha mantenido su vigencia, como cualquiera puede comprobar si se acerca a una buena librería en USA, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Holanda, Italia y otros países, donde se la encuentra por doquier. Quizá fue la política el gran asunto del que trata casi todo su pensamiento.
Recuerda el profesor Agapito Maestre, en su Ortega, el gran maestro, que la política constituyó siempre una de sus preocupaciones principales, incluso en los momentos en que menos pareció atenderla o se retiró de su ejercicio activo. Dejó incluso acuñado un dicho que muchos habrán oído alguna vez: el que no se ocupa de política es un hombre inmoral, pero el que sólo se ocupa de política y todo lo ve políticamente es un majadero. Aunque en algunos momentos de su vida Ortega dedicó muchos de sus mayores esfuerzos a la acción política, sobre todo en su juventud y, más tarde, entre 1930 y 1931.
Es necesario distinguir entre “ocuparse de la política” y “politizarse” para no confundir un sistema democrático con un régimen de politicismo integral, puerta de acceso a los regímenes totalitarios. Para Ortega no todo es político, aunque todo pueda politizarse: toda vida humana pudiera ser susceptible de ser politizada, pero no todos los ámbitos de la vida son políticos. Entre lo “politizable” y lo “político” ha de haber una distancia, una separación, un espacio espiritual inviolable que pertenece al individuo. Si el Estado se apropiase de él, se apropiaría de esa esfera única y exclusiva de las personas, dañando su intimidad y fracturando incluso la política. La pervivencia de esa esfera íntima es vital para que el individuo y la política puedan existir. En los regímenes totalitarios desaparecen tanto el uno, como la otra.
Juventud rebelde
Ortega, lector juvenil de Nietzsche, que le inspiró su concepto de “razón vital”, sintió mucho la tremenda decepción del “Desastre de 1898”, del que culpó a la Restauración, como la mayoría de los españoles. Y, como casi todos, se sintió atraído por los proyectos del Regeneracionismo, del que la obra de Joaquín Costa (1646-1911) Oligarquía y Caciquismo (1901) fue para las Generaciones del 1898 y de 1914 como una Biblia. En lo político, Costa y el propio Ortega procedían del liberalismo de la Restauración, aunque su encono contra ella tras el desastre del 98 les orientó, como a tantos otros, a posiciones separadas cuando no contrarias al liberalismo, como la idea del Cirujano de Hierro de Costa.
Tras concluir sus estudios de filosofía (doctor en 1904), realizó un primer viaje (1905-1907) a Alemania, sufragado por la Junta de Ampliación de Estudios, donde contactó con el neokantismo de Cohen, en Marburgo, y conoció el socialismo germano, que le impresionó favorablemente. Ortega regresó de Alemania en 1908 con el proyecto de establecer en España “un verdadero partido liberal”, que pudiese realizar el ideal moral que, a su juicio, le faltaba al país. Incluso se acercó al socialismo español. Fue célebre su conferencia en la Casa del Pueblo de Madrid (UGT-PSOE), en 1910, donde planteó su tesis de que “España es el problema y Europa la solución”. Incluso llegó a pensar en la posibilidad de crear un “socialismo liberal” (¡!).
Vuelto a España, fue nombrado profesor numerario de la Escuela Superior de Magisterio de Madrid (1909), y en octubre de 1910 ganó por oposición la cátedra de metafísica de la Universidad Central. Ortega obtuvo un prestigio que se iría acrecentando con el tiempo. En 1912 creó la Sección de Filosofía del Ateneo de Madrid, de la que fue su primer presidente. Su salto a la fama se produjo en 1914, al presentar la Liga para la Educación Política y con su conferencia Vieja y Nueva Política, un alegato directo contra la Restauración. Fue el primer director del semanario España, en 1915, y colaborador del diario El Sol desde su fundación (1917). En 1933 se crearía la Escuela de Madrid (nombre propuesto por Julián Marías), formada en torno a Ortega por pensadores como García Morente, Joaquin Xirau, Xavier Zubiri, José Gaos, Luis Recasens Siches, María Zambrano, Laín Entralgo, y otros. El término “Escuela de Madrid” apareció en 1958 en el Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora.
En la política
Desde principios del siglo XX había simpatizado y hasta participado a veces en campañas y actos contra la Restauración. Apoyó las campañas de los noventayochistas contra el Premio Nobel de Echegaray, en 1904, o contra Menéndez Pelayo. Pero la presentación púbica de la Liga para la Educación Política, en la que también coincidió con Azaña y Madariaga, le dio fama entre el gran público, como se ha dicho. Desde ese momento, Ortega participaría muy activamente en la política nacional, algunas veces con más intensidad y otras con menos. En 1920 dejó la dirección del Semanario España, siendo sustituido por Manuel Azaña, con el que mantuvo una estrecha relación hasta finales de 1931. No hay constancia de que tuviese una actividad política directa en esos años, pero tampoco la abandonó totalmente.
Al mismo tiempo, inició la publicación de sus obras más destacadas, como las Meditaciones del Quijote (1914), su deficiente España invertebrada (1923) o su gran obra, La Rebelión de las Masas (1930), que le dieron fama y prestigio en España y en todo el mundo. Sus intervenciones en medios, prensa y revistas, nacionales e internacionales, fueron también muy importantes. En esos años, y ya lejos del neokantismo, fue creando el corpus de su filosofía, como acredita la publicación de las obras citadas, así como de numerosos artículos en los medios que dirigía o en los que participaba, a los que agregó la Revista de Occidente (1923), que dirigiría hasta 1936.
Como otros muchos, recibió al principio con alguna esperanza la Dictadura de Primo de Rivera (la Dictadura Costista), en septiembre de 1923. Pero, con la caída del dictador, en enero de 1930, empezó a tomar activamente parte, de nuevo, en la política. Un momento en el que Ortega creyó que los proyectos concebidos en su juventud de reformar España, podrían realizarse con una nueva república, ante el evidente desplome de la monarquía entre 1930 y 1931. Una ocasión que pronto, en diciembre de 1931, vio esfumarse, ante el, a su juicio, equivocado rumbo de la IIª República (la Dictadura Kraussista).
El racionalismo idealista alemán como problema
En su primera estancia en Alemania (1905-1907) Ortega quedó impresionado por la cultura, la ciencia y la filosofía alemana (el neokantismo de Cohen). Toda su vida admiró la cultura, la ciencia y la técnica alemanas. Pero ese enjuiciamiento lo modularía mucho con el tiempo. Cuando publicó, en 1930, La rebelión de las masas, al abordar la crisis de los estados liberales y las amenazas que les acechaban, encontró que algunas “creencias ideológicas” vinculadas a la filosofía nacida del racionalismo idealista alemán eran el fundamento básico de las tendencias autoritarias y del totalitarismo moderno. Un problema que afectaba al hegelianismo, pero también al kantismo y a los desarrollos posteriores de ambos.
Ortega explicó cómo la confusión “público/privado” en la política moderna procede de la filosofía idealista europea. Las inconsistencias subjetivistas, que lastran al racionalismo idealista, crearon la “razón revolucionaria”, razón total, que niega al individuo al que debería servir. Su estudio de la génesis y su comprensión -nunca justificación- de la “razón revolucionaria” es la principal aportación de Ortega a la filosofía política. Uno de sus frutos fue la crítica al politicismo integral, a la “democracia morbosa” y a la “rebelión de las masas”. En fin, al totalitarismo envuelto en la identificación perversa de lo privado y lo público, por un lado, y a la confusión permanente del ámbito del poder público con las esferas del derecho y el saber por otro. Esas aportaciones de Ortega no se dieron en cualquier otra filosofía de su tiempo o del nuestro.
Si no se comprende esa crítica radical de Ortega a la razón idealista-revolucionaria, tampoco se comprenderá la verdadera grandeza de Ortega en la filosofía contemporánea. Porque la visión de Ortega sobre la vinculación del racionalismo idealista con los totalitarismos revolucionarios solo ofrece una vía para eludir y escapar a la circunstancia totalitaria creada por la irrupción del hombre-masa: la defensa de las democracias liberales. Ortega se opuso a los totalitarismos (comunista y fascista). Un rechazo basado en el diagnóstico que realizó en La rebelión de las masas, en la que analizó la emergencia del hombre-masa en su tiempo y la amenaza que suponía para la civilización.
La irrupción del hombre-masa
Ortega definió al hombre-masa como un individuo que, sintiéndose vulgar y sin proyecto de vida, proclama el derecho a la vulgaridad y rechaza cualquier instancia superior a él. Este hombre no busca tener la razón, sino imponerse por la acción directa, incluso violenta. La rebelión de las masas no es, en principio, una revuelta violenta, sino el ascenso de esa mentalidad que amenaza con destruir las bases de la sociedad: el respeto a las minorías, la deliberación y la convivencia. Ortega vio en el comunismo y el fascismo la manifestación extrema de esta mentalidad. No buscaban establecer un nuevo orden legal, sino que usaban la violencia como sustitutivo de la legitimidad. Para él, la acción directa, la imposición y la ausencia de respeto por las normas de convivencia eran características del hombre-masa y del totalitarismo.
También advirtió sobre el peligro de que los Estados se expandan sin límite, absorbiendo toda la vida social. Al proclamar que “Todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado“, comunismo y fascismo eran típicos movimientos de “hombre-masa”, en los que la maquinaria estatal opera de forma anónima, diluyendo la responsabilidad y la individualidad. La obra de Ortega es una enérgica defensa de la democracia liberal, pues consideraba a esta forma de gobierno, basada en el diálogo, la protección de las minorías y la limitación del poder, el mejor antídoto contra el veneno totalitario. En su pensamiento, el liberalismo y la democracia son dos pilares esenciales a preservar frente al primitivismo político del hombre-masa.
En sus inicios juveniles, Ortega se planteó el problema de las “insuficiencias” o “deficiencias” del liberalismo decimonónico hispano, que conoció, y del que fue un crítico severo. Un liberalismo materializado en el régimen de la Restauración que él combatió hasta el derrocamiento de la monarquía, en 1931. Pero, al irse conformando su propia y original filosofía, pasó a convertirse en el más afinado analista del entonces emergente totalitarismo en su citada obra, La Rebelión de las Masas. Al mismo tiempo que apostaba por la más firme defensa de las democracias liberales como único modo de resistir el embate totalitario. Un texto básico del siglo XX.
Ortega y la IIª República
El papel de Ortega en la proclamación de la IIª República fue muy destacado. Siempre se suele recordar su célebre artículo en el diario El Sol del 15 de noviembre de 1930, y su no menos famoso final contra la monarquía: ¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo! Delenda est Monarchia. Y fue también uno de los principales inspiradores y dirigentes de la Agrupación al Servicio de la República, creada en febrero de 1931 para apoyar el advenimiento de la república, junto con Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala. Esta agrupó a destacados intelectuales del momento y logró representación parlamentaria en las Cortes Constituyentes de la nueva república.
La temprana decepción de Ortega con la IIª República, expresada contundentemente en su discurso en las Cortes de 8 de diciembre de 1931, Rectificación de la República, y en su posterior artículo No es eso, no es eso, así como su definitiva ruptura con Azaña entonces, tenía una muy sólida y bien fundada base teórica, tal y como se desprende de todo lo dicho. Como ingeniosamente apunta el Profesor Jerónimo Molina, el cambio de la “Dictadura Costista” (la de Primo de Rivera, entre 1923 y 1930), por la “Dictadura Kraussista” (la IIª República) no podía resultar buena para la crisis española, y Ortega lo advirtió y lo dijo.
Y es que, más allá de los hechos y situaciones concretos en que fue derivando, hasta la guerra civil (1935-1939), la terrible singladura republicana iniciada en 1931, su decepción con la república encajaba perfectamente con la visión de la crisis de las democracias liberales que había plasmado en La Rebelión de las Masas.


