En continuidad con la serie de artículos anteriores sobre el carácter cardinal de la teoría del valor de Menger, hoy quisiera realizar una breve puntualización que considero muy relevante sobre cómo inciden en esta cuestión los límites del intercambio que establece Menger. Menger, siguiendo a Aristóteles y a Condillac, afirma que intercambiamos porque valoramos más lo que recibimos que lo que entregamos. Una vez aceptada esta premisa, se deduce inmediatamente que necesitamos calcular un límite de valoración a partir del cual nos interesará o no realizar el intercambio.
Los límites del intercambio
Estos límites del intercambio que establecemos cada uno, son sin ningún género de duda cardinales. Son los límites que acotan la determinación del precio, y que hoy día conocemos como “bid” y “ask”. La obra de Principios de Economía Política de Menger identifica estos límites del intercambio en el capítulo Teoría del Intercambio, que son cruciales para el desarrollo posterior de su Teoría de la Mercancía y del Dinero que conforman la teoría de la liquidez.
Aunque al exponer los límites del intercambio Menger recurre a números como 50, 40 o 30 para representar la importancia de las necesidades que satisfacen las vacas y los caballos, dichos números son sólo instrumentales para mostrar que valoramos una mercancía en relación con otra en proporciones aritméticas —el doble, el triple, etc.—. En ningún caso pretende sostener que operemos mentalmente con tales cifras. Lo que afirma es que a través de las mercancías realizamos estimaciones de proporción aritmética sobre la importancia de las necesidades que estas satisfacen.
También economizamos la cuantificación del valor
Utilizamos mercancías para cuantificar indirectamente la importancia relativa de las necesidades porque es más natural y simple que plantearse la importancia de las necesidades en abstracto. Bohm-Bawerk, muy acertadamente explicaba que simplificamos el proceso de cuantificación del valor para economizarlo. En ese sentido, también simplificamos la precisión en las valoraciones dependiendo de la relevancia del intercambio. No es lo mismo comprar un paquete de chicles como consumidor final, que negociar profesionalmente el precio del queroseno para una flota de aviones.
En cada caso se aplicará la precisión necesaria. A veces la precisión no es mucha pero es más que suficiente, de manera análoga a cuando decimos “la farmacia está a una distancia de dos manzanas”. ¿Cuánto es exactamente una manzana? Pues no es ninguna magnitud exacta, pero aun así, es una cuantificación indudablemente cardinal y suficientemente precisa para el fin que se pretende. Nada que ver, por ejemplo, con la precisión de las cuantificaciones necesarias para poner un satélite en órbita.
Con la cuantificación del valor es lo mismo, para cada situación utilizamos la precisión más conveniente, sin que en ningún caso lleguemos a una precisión perfecta. No solo porque no sea necesaria, sino también porque el coste de una precisión absoluta tiende a infinito, no solo en el ámbito del valor, también lo sería en cualquier cuantificación propia de las ciencias naturales.
Conclusión
Por todo lo anterior debemos concluir que si aceptamos la premisa de que al intercambiar valoramos más lo que recibimos que lo que entregamos, entonces el valor solo puede ser una magnitud cardinal. Por eso, la teoría del valor de Menger es esencialmente distinta a la de Mises y a la de la tradición ordinalista posterior, ya que en Menger el valor constituye una magnitud susceptible de comparación proporcional aritmética imprescindible para establecer los límites del intercambio, mientras que en el ordinalismo miseano el valor es un orden de preferencias sin magnitud. Se trata, por tanto, de concepciones del valor ontológicamente distintas.


