Por qué la Neurociencia avala a Menger frente a la Metafísica de Marx

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En mi artículo de este mes he acordado ceder mi espacio a Angel Barroso Díaz, nuevo miembro de este instituto, para dar difusión a un interesantísimo artículo suyo que ha preparado expresamente para esta casa.  Este artículo relaciona la teoría del valor subjetivo con los avances de la neurociencia. Creo que lo más apropiado es dejaros la fuente directamente en lugar de escribir yo una reseña, pues mis conocimientos sobre neurociencia son limitadísimos, por no decir nulos. Sin más, os dejo con el artículo:

Durante más de un siglo, el debate entre la economía marxista y la escuela austriaca se libró en el terreno de la lógica abstracta y la filosofía política. Sin embargo, el siglo XXI ha traído consigo un árbitro inesperado y definitivo: la neurociencia. La evidencia empírica acumulada en los últimos años sobre cómo el cerebro humano toma decisiones ha asestado un “jaque mate biológico” a las premisas de Marx, validando la genial intuición que Carl Menger plasmó en 1871: el valor no es una propiedad de los objetos, sino un juicio de la mente.

La disolución de la “fantasía matemática” del valor-trabajo

Karl Marx, influenciado por la física mecanicista y la termodinámica de su tiempo, concibió el valor como una sustancia objetiva —una “gelatina de trabajo indiferenciado”— que se inyectaba en las mercancías durante la producción. Bajo esta premisa, si un objeto contenía diez horas de trabajo, poseía inherentemente ese valor.

La neurociencia cognitiva ha demostrado que esta premisa es físicamente falsa. El cerebro humano no posee receptores ni circuitos diseñados para detectar el “tiempo de trabajo socialmente necesario” invertido en un objeto. Por el contrario, el valor es un evento neurocomputacional que ocurre exclusivamente en el sistema mesolímbico del observador en el momento de la evaluación. 

El algoritmo de la dopamina y la predicción de recompensa

La prueba forense definitiva de la Teoría del Valor Subjetivo reside en el mecanismo conocido como Error de Predicción de Recompensa (RPE). Circuitos neuronales específicos en el Área Tegmental Ventral (VTA) y el Núcleo Accumbens no calculan horas de esfuerzo pasado (retrospección), sino utilidad biológica esperada (prospección).

Marx vivía en el pasado: Su teoría anclaba el valor al historial de producción (el sudor del obrero).

Menger y el cerebro viven en el futuro: El cerebro valora lo que un objeto puede hacer por el organismo en el futuro.

El sistema dopaminérgico se activa ante la escasez, el estatus, el riesgo y la supervivencia, ignorando por completo si el objeto requirió un minuto o una década de trabajo manual.

Evidencia experimental: de los primates a Wall Street

Estudios fundamentales como los de Schultz, Dayan y Montague (1997) y Knutson et al. (2007) han localizado físicamente el proceso de valoración. Mediante resonancia magnética funcional (fMRI), se ha observado que:

La preferencia activa el Núcleo Accumbens: Esta región se enciende según el deseo subjetivo del sujeto, no según el coste de producción.

El precio excesivo activa la ínsula: El cerebro procesa el precio como un “dolor” o pérdida anticipada, comparándolo con la ganancia hedónica esperada.

La moneda común es neural: la corteza prefrontal ventromedial (vmPFC) traduce opciones tan diversas como comida, dinero o estatus a una escala común de valor subjetivo para poder elegir.

Estos experimentos muestran que incluso los primates, que no conocen el sistema de propiedad privada burgués, computan el valor de forma subjetiva y marginal, demostrando que la infraestructura del valor es biológica, no económica. 

La falacia de la tabla rasa y los límites del hombre nuevo

Marx necesitaba que el ser humano fuera infinitamente plástico para que, al cambiar la economía, cambiara su naturaleza. Sin embargo, la neurobiología y la genética del comportamiento han revelado que impulsos como la jerarquía de dominancia (regulada por la serotonina) y el interés propio territorial son “instrucciones de fábrica” del hardware biológico humano.

El error de Marx fue confundir la falta de datos científicos de su siglo con la inexistencia de una naturaleza humana fija. Menger, aunque sin acceso a fMRIs, captó la realidad ontológica: el hombre es un evaluador estratégico por diseño evolutivo. 

Conclusión: un cambio de paradigma

La neurociencia no ha “refutado” a Marx por una cuestión ideológica, sino por una inviabilidad antropológica. Mientras que la teoría de Marx es un “fantasma aritmético” que intenta medir una sustancia que no existe en los átomos de la materia, la teoría de Menger describe con precisión el funcionamiento de nuestros circuitos neuronales.

Hoy sabemos que el trabajo no genera valor, sino que lo consume; el trabajo es un coste entrópico (gasto de energía) que solo se justifica si el cerebro del consumidor, en un acto soberano y subjetivo, predice una recompensa superior al sacrificio realizado. La ciencia ha hablado: el valor no nace en la fábrica, colapsa en la neurona. 

La “omneda común” del Cerebro: la corteza prefrontal ventromedial

Uno de los mayores descubrimientos de la neuroeconomía que avala a Menger es la existencia de una “escala de valor común” en el cerebro. Marx argumentaba que para que dos mercancías se intercambien, debe haber algo “objetivo” y “común” en ellas (el trabajo). Menger decía que lo común no estaba en el objeto, sino en la mente del sujeto.

La neurociencia ha localizado este proceso en la corteza prefrontal ventromedial (vmPFC). Esta región actúa como un “conversor analógico-digital” que traduce estímulos heterogéneos (el hambre, el deseo de estatus, la comodidad de una silla, la belleza de un cuadro) a una señal eléctrica común. No necesitamos que dos objetos tengan “horas de trabajo” para compararlos; nuestro cerebro los reduce a una tasa de disparo neuronal que representa la utilidad marginal. 

El fin de la plusvalía: el riesgo como proceso biológico

En la teoría marxista, el beneficio del empresario es un “robo” de la plusvalía creada por el trabajador. Sin embargo, la neurobiología del riesgo y la incertidumbre ofrece una explicación distinta. La toma de decisiones bajo incertidumbre activa la amígdala y la corteza insular, zonas ligadas a la respuesta de estrés y miedo.

El “beneficio” no es un excedente de trabajo no pagado, sino la recompensa biológica por gestionar el estrés de la incertidumbre (el riesgo de pérdida). El trabajador prefiere un salario cierto (baja activación de la ínsula, recompensa inmediata) frente al riesgo del empresario (alta activación de circuitos de estrés, recompensa incierta y postergada). Menger entendió que el valor de los bienes de “orden superior” (máquinas, capital) depende de la valoración subjetiva del producto final, lo cual incluye el factor tiempo y riesgo, algo que Marx omitió por completo en su cálculo aritmético. 

Neuroplasticidad vs. determinismo económico

Marx afirmaba en su famosa frase: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino el ser social lo que determina su conciencia”. Esto implica que si cambias el sistema económico, cambias la naturaleza humana (el “Hombre Nuevo”).

La neurociencia moderna muestra que, si bien el cerebro es plástico, esa plasticidad opera sobre un andamiaje biológico rígido. Los sistemas de recompensa, los circuitos de agresión jerárquica y el nepotismo genético (preferencia por los allegados) están grabados en el genoma. El intento de suprimir el incentivo individual o la propiedad privada choca contra el estriado dorsal, que vincula el esfuerzo personal con la recompensa directa. Cuando este vínculo se rompe (como en las economías planificadas), el cerebro entra en un estado de “indefensión aprendida”, lo que explica la caída de la productividad en los regímenes colectivistas. 

La teoría de la información y el orden espontáneo

Menger fue el precursor de la idea de que instituciones como el dinero o el mercado surgen de forma orgánica. El libro Superando a Marx conecta esto con la negentropía (entropía negativa). Mientras que Marx veía la economía como una máquina de vapor que podía ser dirigida por un ingeniero (el Estado), la neurociencia y la biología sistémica ven a la sociedad como un organismo complejo autoorganizado.

El valor subjetivo de Menger funciona como un “sistema de señales” (neurotransmisores sociales) que permite que millones de cerebros coordinen sus necesidades sin un mando central. Intentar planificar el valor desde un ministerio es equivalente a intentar que un agente externo decida qué neuronas deben disparar en el cerebro de otra persona: es un fallo de computación biológica.

El “error de software” del marxismo

La conclusión científica es que el marxismo es un sistema diseñado para una especie que no existe. Es una arquitectura social que ignora el hardware del primate humano. Carl Menger, al situar el valor en la psique individual, no solo fundó una escuela económica, sino que anticipó la estructura operativa de nuestro sistema nervioso. La neurociencia actual no hace más que ponerle nombres técnicos (dopamina, vmPFC, RPE) a las intuiciones de Menger, confirmando que la economía, antes que una ciencia de números, es una ciencia de la mente y la vida.

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