Sobre el anarcocapitalismo (XIII): parques eólicos

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Disfruté estas pasadas Navidades de la lectura de un gran libro, Incertidumbre radical, escrito por dos prestigiosos economistas, Mervyn King y John Kay, y obsequiado por don Domingo Soriano, que inicia con acierto su nueva semblanza editorial. El libro vuelve sobre un tema, el de la incertidumbre, muchas veces soslayado en la ciencia económica, pero que debería ser uno de los puntos centrales de la misma. Existe una incertidumbre radical, de ahí el título del libro, sobre las consecuencias de nuestras acciones a medio y largo plazo; esto es, no podemos saber cómo va a ser el futuro.

Desconocemos, por ejemplo, si una determinada aventura empresarial va a tener o no éxito en el momento de emprenderla. Tampoco podemos conocer cuáles van a ser los precios futuros, ni siquiera sabemos con exactitud en qué cantidad se van a demandar determinados bienes. Existen cuestiones que desconocemos siquiera que desconocemos y que se presentan de repente en la vida social, desbaratando todo tipo de planes preconcebidos.

Una parte muy sustancial de la ciencia económica actual pretende poder conocer el futuro y dedica, subvencionada en muchas ocasiones por los gobiernos, gran cantidad de recursos humanos y materiales a intentar estimar precios o producciones futuras, con un éxito muy escaso. Solo recomiendo consultar la prensa económica de los años 2007 y 2008 y comprobar qué previsiones de crecimiento —sí, de crecimiento— se pronosticaban por todo tipo de instituciones y centros de análisis económico, que contaban con medios nunca vistos en la historia humana para la prospectiva y la previsión. El libro hace también reflexiones muy interesantes sobre la dificultad de conocer y entender lo que está pasando en estos momentos.

El presente, a pesar de vivir en él, es mucho más difícil de comprender que el pasado, a pesar de que nunca se puede saber con total exactitud lo que sucedió en este. El pasado, sobre todo el casi inmediato, cuenta en primer lugar con la ventaja de saber ya lo que ha pasado, y a partir de ahí contamos con numerosas herramientas conceptuales para intentar explicar las causas de lo que ya ocurrió, supongo que con la pretensión de evitarlas si las consecuencias fueron percibidas como malas, o de repetirlas si estas fueron buenas.

El presente, en cambio, está en perpetuo cambio y no contamos ni podemos contar con la información necesaria sobre cómo están actuando otras personas en este mismo instante. Por lo tanto, la incertidumbre, como apuntan los autores, es muy elevada y no se pueden tomar decisiones plenamente racionales —algo en lo cual los autores también inciden— sino satisfactorias, usando el concepto empleado por el casi olvidado Nobel de Economía Herbert Simon. En su obra, influida muy probablemente por Hayek, este autor recuerda que en la vida real nunca disponemos de toda la información necesaria.

El problema es que, al habitar un mundo tan complejo, nunca podemos estar seguros de lo que puede estar pasando en este mismo instante, y no solo eso: aunque lo supiésemos, muy probablemente careceríamos de las herramientas intelectuales necesarias para poder comprenderlo. Esta reflexión es muy pertinente para intentar entender lo que está sucediendo en este momento en el ámbito de las políticas energéticas que se están llevando a cabo en nuestro país. Parece que se sigue viviendo en un pasado inmediato bien conocido y falta, a mi entender, comprensión de lo que está aconteciendo ahora mismo aquí y en el resto del mundo.

Trump ha suspendido los contratos con las empresas de eólica marina, promovidas principalmente durante el mandato de su antecesor Joe Biden, y ha declarado la guerra a los parques eólicos terrestres, que, por cierto, ya no eran especialmente populares entre la ciudadanía vecina de los mismos, usando incluso razones de seguridad nacional.

La verdadera razón es que Trump, como muchos otros países en el mundo, parece haber perdido el entusiasmo que antes tenía por la promoción de las energías renovables, quizás al constatar que los principales emisores mundiales de CO₂, China y en menor medida la India, no solo no hacen nada por reducir sus emisiones, sino que las incrementan. Es más, China usa energía producida por centrales térmicas de carbón para producir los insumos necesarios para hacer funcionar las plantas de energías renovables o para fabricar los autos eléctricos que se presumen necesarios para la descarbonización de la industria.

Mal negocio se está haciendo si para descarbonizar la producción hay que carbonizar primero la atmósfera, y luego obligar a suministrar la energía a los sectores productivos europeos de forma que esta sea mucho más cara, dado que, al ser las renovables —excepto la hidroeléctrica, que ya teníamos— intermitentes, precisan plantas de energía duplicadas para respaldar la producción. El presidente americano parece haberse dado cuenta de que depender de la industria china para estos menesteres, contando como cuenta con grandes reservas de gas y petróleo mucho más baratos, no parece ser la mejor idea para mejorar la decrépita competitividad de su industria, y parece haber actuado en consecuencia, sabiendo leer correctamente las dinámicas mundiales en el ámbito de la energía. Estas no parecen, precisamente, estar especialmente orientadas en este momento hacia las energías renovables.

En cambio, leo las declaraciones de políticos españoles con responsabilidades de gobierno en el sentido de que quieren proseguir con sus apuestas energéticas centradas en la energía eólica, y también en la solar allí donde esta es posible, sin que parezca que se hayan dado cuenta de las nuevas dinámicas, no solo mundiales sino también dentro del propio espacio de la Unión Europea. Quizás lo hagan por pura inercia, por no saber comprender en tiempo real lo que está sucediendo en el mundo, o quizás por defender los proyectos ya iniciados y en los que se han invertido ya grandes cantidades de dinero, costes hundidos, dirían los economistas. En cualquier caso, parecen no entender lo que está pasando en el mundo, con el agravante de que otros sí parecen estar haciéndolo, lo que puede condenar a nuestro espacio económico a perder el ritmo de la economía mundial, condenándonos aún más al estancamiento.

Feliz año nuevo.

Serie ‘Sobre el anarcocapitalismo’

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