Una de las consecuencias de que el valor sea subjetivo y, por implicación, de que el conocimiento acerca de qué necesitan los individuos no se encuentre distribuido igualitariamente en la mente de todos ellos, es que estamos constantemente inmersos en un océano de información. ¿Necesitamos tornillos? ¿Los productores de estos se dan codazos para darnos a conocer que los tornillos de titanio nos convienen más que los rojos? ¿No logramos decidirnos entre novelas eróticas o criminales? Los novelistas primerizos de novelas criminalmente eróticas se arremolinan ante nosotros, con el cigarrillo colgándoles de la boca, mostrándonos su última obra.
Aquella asimetría de la información relacionada con los problemas de la acción, lejos de ser lo que lleva al mercado a fallar —de acuerdo con el ideal de economistas de sillón—, es precisamente lo que habilita el proceso de mercado, al ser la implicación de que el trabajo esté naturalmente dividido. Como no sabemos todo y, por implicación, no sabemos hacer zapatos, nos dedicamos a hacer empanadas y las intercambiamos por aquellos.
Además de este feliz efecto, el que la información esté asimétricamente distribuida en las mentes de todos los individuos tiene un desagradable resultado adicional. La principal implicación del Estado democrático es que aquellos que gobiernan lo hacen temporalmente. Cada cuatro o cinco años, por aquello de poder elegir y ser elegido, se presenta la oportunidad para que aquellos que se aguantaron ser gobernados pasen a desquitarse y gobernar. Unos quieren gobernar poco, mientras otros quieren labrarse su camino para estar hasta en la sopa gobernando. Unos quieren gobernar haciendo carreteras y dejando que las novelas criminalmente eróticas se vendan a cualquier precio. Otros quieren gobernar para proteger a los consumidores de sus propias decisiones de comprar azúcar de Brasil o de otra ventaja comparativa geográfica.
Sea cual sea el caso, los votantes no saben exactamente qué propone cada candidato y esto hace que cada uno de ellos gaste una buena cantidad de dinero en hacerse conocer y, por medio de colores, mensajes, poses y posicionamiento, asediarnos con información, incluso a aquellos que no queremos nada que ver con ellos.
Elecciones
Hay elecciones en Colombia, tanto de presidencia como del legislativo, separadas por un par de meses. Mientras esperamos a que cambie el semáforo a verde, evidentemente deshidratado, salta un candidato con sus volantes, quedándose pegado al parabrisas como una lagartija. Pasamos por los moteles —que en Colombia se utilizan para furtivos encuentros sexuales— y vemos la pancarta de uno de ellos, que bien cree que maximiza la probabilidad de ser elegido apelando a la calentura del escape. Están por todas partes y tienen más afán de vociferación y despliegue que McDonald’s.
Estudiando derecho, uno de los profesores de derecho penal fue un fiscal que trabajaba en los casos que surgían de una de las partes más peligrosas de la ciudad. Lo recuerdo como buen profesor, sabiendo presentar conceptos sofisticados de manera inadvertida mientras nos relataba una de sus innumerables anécdotas. También lo recuerdo como un crítico particularmente desinformado e infundado de las cuestiones de la economía de mercado, viendo en todo empresario un victimario dormido que despierta repentinamente ante la posibilidad de extraer del “pueblo”.
Pues bien, el antiguo profesor, que ya no es fiscal, ha decidido aventurarse y buscar la cantidad suficiente de votos para gobernar sobre la vida de los demás, e impunemente elevar su ya elevada propensión a no ahorrar un carajo ni a producir nada en favor de nadie. Su intención, entonces, estará lejos de participar en empresa alguna que busque limitar al Estado —de las cuales hay un par—. Por el contrario, coincidirá en mayor o menor grado con aumentar su campo de acción, participando de “dirigir” su atención a cuestiones como “infraestructura” e “innovación” y demás fetiches estatistas.
Elmer, aventurero de la legislación
Llamaremos Elmer —porque así es como se llama— a aquel antiguo profesor y lo tendremos como un digno representante de todos aquellos que se quieren ganar la vida como políticos, participando de la expropiación. Tomando en cuenta a Elmer, caemos en la cuenta de que lo que quiere él, y el resto de las almas que en él se condensan, es participar de la fábrica de legislación. Es decir, de la manifestación de voluntad del Estado democrático, y en aquello en lo que se agota el derecho a la altura de nuestro tiempo. ¿Qué otra cosa, sino eso, es lo que estudian los estudiantes de derecho?
En el marco de un Estado democrático, la legislación puede asumir una —o varias— de tres formas. Por medio de la legislación, el que gobierna redistribuye riqueza, es decir, la arrebata por la fuerza a la parte de la sociedad que la ha producido por medio de la producción e intercambios voluntarios, para entregarla gratuitamente a otra parte de la población, y, naturalmente, para pagar la nómina de todo aquel que descartó montar una tienda. Por otro lado, por medio de la legislación, el que temporalmente goza de los medios dedicados a gobernar también produce medios por debajo del costo de producción que se enfrenta en el mercado: bienes públicos.
Finalmente, como cuando tenemos un martillo y todo problema nos parece un clavo, por medio de la legislación el entusiasta gobernante temporal, durante sus cuatro o cinco años, condiciona la vida de los demás. Con relación a esto último, es por medio de la legislación que los que gobiernan prohíben intercambios, o los permiten, pero a los precios que ellos determinen, bien por debajo o por encima del precio que habría surgido en el mercado. Es por medio de la regulación que los gobernantes protegen a los consumidores de sus propios gustos en lo que a almohadas o empanadas se refiere.
Lo que se nos revela de la acción del candidato
¿Qué nos revela el afán de Elmer de ser político? ¿Qué nos dice el que quiera estar al comando de la producción de los mandatos coactivos, por medio de los cuales centralmente se planifica la cantidad máxima de azúcar que puede llevar el cereal?
De una exnovia y de Ludwig von Mises aprendí que son las acciones, y no las palabras, las que revelan las verdaderas intenciones de los individuos, incluyendo a Elmer. A eso le añado yo que son las acciones las que también nos brindan información importante sobre aquello de lo que están hechas las personas: si es que están hechas de estaño y no de titanio.
En lo que a la redistribución de la riqueza que se busca adelantar por medio de la legislación se refiere, el conjunto de acciones que apuntan al fin de ser elegido como político nos da cuenta de una alta tasa de preferencia temporal. Dicho de otra manera, sabemos que Elmer descuenta fuertemente el futuro, no ahorra un frijol; que tiende más a consumir en el presente y a dejar poco para sí y para los suyos en el futuro. Tiene tanto afán por participar del monopolio de la violencia que no se aguanta el otro camino: el de pensar en las necesidades de los demás, producir en función de ellas e intercambiar voluntariamente.
Sabemos que sus planes son de corto plazo, teniendo más o menos claro que su horizonte de acción en enero alcanza tan solo hasta marzo. Es así en el Estado democrático. Bajo su gobierno, se elimina la división entre gobernante y gobernado. Que sea posible “elegir y ser elegido” sugiere que aquel que ha experimentado que otros vivan gratuita e involuntariamente de él puede en algún momento “devolver el favor” con mayor ardor. Elmer cree que la distribución de la riqueza es un problema; que aquello de encargarse el mercado de ponerla en las manos de aquellos que mejor sirven a las necesidades de los demás, de manera voluntaria y libre, no debería ser. Él, mejor que nadie, sabe en manos de quién poner esa riqueza y le importa un pimiento marrón lo éticamente reprochable que resulta arrebatar.
Sabemos de Elmer, entonces, que es: oportunista, cortoplacista, impulsivo, miope intertemporal, incapaz de planificación a largo plazo, adicto al presente, rentista político, buscador de privilegios, extractor de riqueza ajena, depredador institucional, cínico, amoral, relativista moral, instrumentalizador de la ética, obsesionado con el control, autoritario latente, ávido de poder, con complejo de superioridad moral, parasitario, predatorio, sin disciplina intertemporal, incapaz de sacrificio, sin visión de futuro.
En lo que a la “producción” de bienes públicos se refiere, Elmer no está al tanto del problema de conocimiento que enfrentará una vez puesto en la silla del legislador. No le preocupa, por ahora, saber qué necesidades son las más urgentes, por medio de qué precisamente se irían a satisfacer, ni tampoco con qué intensidad ni cuándo compensar a todos aquellos involucrados en “producir” para esas necesidades. Elmer cree que el problema es científico —porque sí que recuerdo lo socialista-científico que era— y no pierde sueño por desvivirse a contestarse la pregunta que se contestan todos aquellos diferentes a él, que, en vez de ganarse la vida con impuestos involuntarios, deciden afanarse voluntariamente alrededor de los demás: “¿cómo sirvo a los demás de tal manera que me entreguen voluntariamente su dinero y pueda comer yo?”. Ya tendrá Elmer oportunidad de participar de todos los datos de la agencia de estadística y de sofisticados modelos matemáticos, que no entenderá, para decidir dónde construir el baño público y la escuelita.
Para él, que los precios transmitan la información de lo que necesitan las personas, renunciando voluntariamente a dinero por lo que tímidamente los empresarios ofrecen, como dicen en la costa colombiana, “le vale mondá”. Ante esto, ¿qué nos revela su acción? Sabemos que Elmer es un aspirante a burócrata tecnocrático, convencido de que la realidad social es un problema de ingeniería, con una fe casi religiosa en los modelos abstractos que no entiende, despreocupado por el problema del conocimiento, indiferente a las necesidades reales de los demás, incapaz de empatía productiva, parasitario fiscal, cómodo en la ignorancia práctica, perezoso cognitivamente, dogmático, con complejo de superioridad intelectual, estatista reflejo, confiado en datos que no sabe interpretar, hostil al mercado, ajeno a los incentivos y profundamente desconectado de la lógica elemental de servir para sobrevivir.
Y en lo que a la regulación en la que por último se manifestará la legislación se refiere, si el buen Elmer se sale con la suya, es que él está convencido de que todo lo puede saber. Él, mejor que nosotros, sabe qué es lo que nos conviene. Elmer está tan convencido de que no estamos al tanto de nuestra propia ignorancia y torpeza que no tendrá reparo en obligarnos, a punta de revólver, a hacer lo que voluntariamente no habríamos hecho. “Trabajen”, nos dice Elmer, “pero al precio que yo diga”. “Coman”, insiste Elmer, “pero solo aquello que yo permita”.
Nos queda claro, entonces, que Elmer es un narcisista epistémico con delirios de omnisciencia y vocación autoritaria: paternalista compulsivo, convencido de su superioridad cognitiva, soberbio intelectual, arrogante moral, mesiánico del control, con una fe ciega en su propio criterio, despreciativo de la autonomía ajena, intolerante con la disidencia, intervencionista patológico, obsesionado con imponer conductas, adicto a la coerción, incapaz de reconocer límites al conocimiento, profundamente desconfiado de los individuos, con complejo de salvador ilustrado y con una psicología de ingeniero social que confunde gobierno con tutela y autoridad con verdad.
Lo que es resignarse… No nos va a sorprender que, con estos rasgos de personalidad, Elmer mande al demonio la preocupación judeocristiana de que el que quiera comer, que trabaje. Al final, además de divertirnos desde la distancia con su perfil, la eventual elección de Elmer y la agregación de maldades que él concentra nos recuerdan que, con el advenimiento de las elecciones, cada tanto se nos presenta la oportunidad de elegir gobernante, pero no la posibilidad de ser o no gobernados por Elmer. Lamentablemente, resignadamente, quedamos enterados de que caminamos por la vida soportando la noción de que nuestra agencia no florece lo que debería debido al control celoso de Elmer, que se gana la vida haciendo algo por lo cual ninguno de nosotros pagaría voluntariamente. ¡Que no haya noche en la que duerma sin esta noción! ¡Que no escape al juicio que lo es
