El bluff de la economía de la complejidad

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Es curioso que, pese a estar bastante satisfecho con el paradigma que ofrece la Escuela Austria de la Economía, el enfoque praxeológico, siga interesado en conocer otros enfoques. Es como si, pese saber que la teoría de la gravedad es una explicación satisfactoria para la caída de un objeto, tuviera inquietud por conocer explicaciones alternativas, aún consciente de que van a aportar poco.

Así, uno no tiene reparos en sumergirse en cualquier escuela económica de nombre exótico para ver qué ofrece: economía del comportamiento, economía experimental, economía evolutiva o lo que se tercie, ahora economía de la complejidad. Supongo que se debe a que, una vez fuera de la ortodoxia de la economía neoclásica, la mente se abre y siempre nos parece que podemos equivocarnos, siempre esperamos algo nuevo, indefinible, ese Eldorado de la teoría económica. Como si no nos lo diera, con sus pros y sus contras, enfoque austriaco.

Sobre economía de la complejidad, me he asomado a una introducción escrita por Vicente Moreno Casas. Empecé con excitación e ilusión, pero, una vez más, ambas de vieron truncadas al conocer los fundamentos de este, supuestamente nuevo, paradigma.

Los prolegómenos me resultaron poco esperanzadores. Parece que el paradigma surge de una reunión entre una decena de físicos y otros tantos economistas, que tuvo lugar en Santa Fe en 1987. El grupo de economistas lo lideraba el inefable Kenneth Arrow, un tipo capaz de rellenar un volumen a base de álgebra para demostrar su teorema de la Imposibilidad, esto es, de la imposibilidad de la existencia de un sistema que agregue las preferencias individuales en una preferencia colectiva manteniendo consistencia y racionalidad.

De un tipo que no tiene reparos en modelar las preferencias de los individuos con un vector n-dimensional, solo podemos esperar cosas nefastas para la teoría económica. Comenta Moreno en su libro que los físicos quedaron muy sorprendidos por lo retrasados que estaban los economistas en sus modelos, veinte o treinta años ahí es nada. Uno no puede menos de sorprenderse a su vez por tal sorpresa, porque ¿cómo podría un físico saber si un modelo económico era moderno o no?

La explicación es obvia en cuanto uno reflexiona: lo que sorprendía a los físicos es que los economistas siguieran anclados en el cálculo integral y el álgebra para sus modelos, y no estuvieran aplicando técnicas computacionales más avanzadas, como las basados en Cibernética, la teoría del Caos, los Modelos Basados en Agentes (ABMs), la teoría de Grafos o la de Catástrofes.

Porque en esto consiste la economía de la complejidad, en ver la forma de aplicar estos enfoques a la teoría económica. Cuando se constata que dichos modelos han permitido explicar fenómenos naturales complejos, como puede ser patrones de emigración, de reproducción de células o de previsión del tiempo atmosférico, es lógico pensar que puedan ser utilizables en otros fenómenos complejos, como los sociales y los económicos.

Pero una vez encendida la bombillita, toca un análisis más crítico, que nos va a llevar a donde ya nos dejaban los modelos sencillos de las matemáticas rudimentarias. Y es que el individuo, causa última de todos los fenómenos económicos, no puede ser modelable matemáticamente salvo si se elimina una de sus características fundamentales en cuanto a la economía: la creatividad. El individuo desconoce sus preferencias y desconoce cómo satisfacerlas, y la adquisición de este conocimiento es precisamente lo fundamental en cualquier modelo económico: lo que los austriacos llamamos emprendimiento. Eliminar el emprendimiento de los modelos económico es como tratar de explicar por qué un cuerpo cae al suelo asumiendo que no hay gravedad.

El olvido de esta característica es lo que llevó a Arrow a declarar el mercado en competencia perfecta como óptimo de Pareto, y así nos luce el pelo con el derecho de la competencia o mucha regulación que pretende maximizar el bienestar social. Pues bien, ninguna de los modelos de la economía de la complejidad captura el emprendimiento de los individuos.

Me centraré en los ABMs, que según Moreno son los de mayor potencial para la teoría económica. En ellos, los individuos se modelan como agentes que se comportan siguiendo un algoritmo más o menos complejo. Luego se simula en el ordenador un entorno y se deja a esos agentes que se muevan siguiendo el algoritmo preestablecido. Puede haber tantos comportamientos como queramos, es cuestión de definir distintos algoritmos. Al final de la simulación se tendrán unos resultados y podremos predecir lo que pasaría en determinadas condiciones, por ejemplo cambiando alguna regla del entorno.

En el fondo, muchos de los videojuegos son ABMs, salvo que aquí los agentes (que en el ámbito lúdico llamamos NPCs-Non Player Characters) interactúan con el jugador en vez de entre sí. Nadie espera de estos NPCs que actúen creativamente, por ejemplo, que se inventen el diálogo o las misiones que encomiendan, todo ello ha sido preprogramado. Lo mismo ocurrirá con los agentes, por mucho que incorporen algoritmos de Inteligencia Artificial (Machine Learning).

Así que por muy sofisticados que puedan parecer, los ABMs siguen sin meter en el modelo económico la creatividad del individuo. Sigue sin poder modelarse matemática o computacionalmente el proceso de descubrimiento de Hayek.

Por supuesto, los ABMs tienen además otras deficiencias estructurales, como señala Moreno: la gran dependencia de los resultados respecto al algoritmo que se utilice. En palabras convencionales, si cambian los supuestos, cambian mucho los resultados. Así que soy muy escéptico respecto a la teoría económica se puede obtener de estas simulaciones, o de la aplicación de otros instrumentos de la complejidad.

El único resultado que recoge Moreno es que con la economía de la complejidad se habría demostrado que los costes de cambio (lock-in tecnológico) no son un fallo de mercado, algo que postulan los economistas neoclásicos. Desde la perspectiva austriaca, es un resultado trivial al que se puede llegar sin ABMs y sin someterse a los problemas de sensibilidad que tales modelos parecen tener.

Así que volvemos donde estábamos: la economía de la complejidad puede proporcionar modelos para explicar determinados fenómenos, pero el filtro fundamental de la validez de tales resultados lo seguirá constituyendo la praxeología, que es la única metodología capaz de lidiar con incertidumbre radical y creatividad individual.

Procede aquí recordar el trabajo del reciente premio Nobel de economía, el profesor Joel Mokyr. Su trabajo se basa en modelos descriptivos-cualitativos de la economía, sin necesidad de recurrir a desarrollo matemático alguno, y que sin embargo muestran un potencial explicativo y predictivo brutal. Esta es la manera en que realmente avanza la teoría económica, y no mediante la sofisticación de las herramientas matemáticas, que es, al final, lo único que nos ofrece la economía de la complejidad.

Y es que la economía de la complejidad es otra cabeza de la hidra que pretende la “cientificación” de la teoría económica.

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