Es habitual en estos tiempos la justificación del Estado y del poder, además de su normalización y planteamiento como algo positivo. De este pensamiento tampoco nos salvamos los cristianos, si bien debemos tener a Dios como autoridad máxima, seguimos aceptando el poder político, ya sea por miedo o por costumbre. Este artículo pretendo que sirva para aportar argumentos en la lucha contra la idea más que asentada (y en mi opinión errada) de que el Estado es una institución buena, querida por Dios o indispensable. Y sobre todo, que estos argumentos estén acompañados por la propia Biblia.
Dentro de las limitaciones de un artículo, considero que debo hacerlo en dos partes: La primera (esta que ahora mismo lee), consta de versículos que apoyan la ausencia de estados o critican el poder estatal de una manera más o menos clara. La segunda será una lectura alternativa de aquellos versículos que los estatistas suelen emplear a su favor.
El origen
Una de las primeras ocasiones que el pueblo de Israel pide un rey podemos verla en Jueces 8: 22-23. Las tribus de Israel piden a Gedeón que reine sobre ellos, tras librarles de Madián, sin embargo, él deja claro que quien debe reinar sobre ellos es Dios.
Gedeón era un caso de éxito, pero con Samuel, el pueblo de Israel encuentra en el fracaso de los hombres la excusa para abrazar un error aún mayor: el Estado. Samuel ejerció de juez del pueblo de Israel y encargó a sus hijos la misma labor, sin embargo, estos no cumplieron con sus labores tras corromperse. En respuesta a este hecho, los ancianos de Israel le piden a Samuel que les de un rey para que les gobierne. Samuel invoca a Dios y Él le dice: “…No es a ti a quien rechazan, sino a mí, para que no reine sobre ellos.” (Samuel 8: 7). Es decir, el propio poder del rey, es un rechazo a Dios, es una sustitución de Él. Pero no solo deja claro que el poder del rey no es el que verdaderamente quiere Dios, sino que añade todas las perversiones en las que consistirá el poder político humano en los versículos que continúan (Samuel 8: 9-18).
Debemos saltar al Nuevo Testamento, concretamente a los evangelios, para poder interpretar que esta petición continua de Israel era una condena. Dios deja claro, que el reinado de los hombres, no es suyo y hace una descripción del poder humano como algo tremendamente negativo. Y esto no es de extrañar, pues si relacionamos con Lucas 4: 6-8, vemos que el poder de los reinos residía en el diablo. Pero esa concesión no fue de Dios, sino de los propios hombres al haber abandonado y rechazado el reinado de Dios, que Jesús en esa ocasión vuelve a reivindicar. Pero esto no solo tiene sentido porque el propio diablo lo diga y en ningún momento Jesús le diga lo contrario, sino que en Oseas 8: 4, Dios deja claro que los reyes que el pueblo de Israel ha ido nombrando (a partir de Samuel), son absolutamente ilegítimos para Él, pues no han contado con su aprobación.
Con todo lo anterior, podemos interpretar que para Dios el poder real o estatal, no es más que un rechazo a su poder y a Él, y por tanto una concesión al maligno.
Dios como único y verdadero legislador
Tras lo comentado anteriormente, debemos separar a Dios como legislador de a los humanos como legisladores. En Isaías 33: 22 vemos como el pueblo de Sión manifiesta el reino del Señor, proclamando una única soberanía, un monopolio jurisdiccional en el que solo Él debe ser: juez, legislador y ejecutor. Por tanto todo aquel que ejerza esas labores sin ser Él, no es más que un usurpador.
Lo anterior se ve respaldado en el Salmo 146: 3, donde se manifiesta que hay que desconfiar de todo príncipe, pues no es más que un ser de polvo que no puede salvar. Este Salmo, debería ser un recordatorio a todos los políticos con ínfulas de Power Rangers que vienen a salvar al mundo con más y más párrafos en el BOE, y especialmente para la población que confía en ellos y los palmeros que los respaldan. Pues como se nos dice en Jeremías 17: 5, maldito es el que confía en el hombre y aparta el corazón de Dios, algo que hoy en día es muy común poniendo más confianza en el legislador que en Dios, siendo un grave error pues el primero quiere sustituir a Dios y siempre fallará.
Y fíjense, que si están atentos al detalle de la actualidad y del comportamiento del gran mandatario, es normal que Dios nos advierta de que no debemos fiarnos de él, pues no es más que un usurpador de su verdadero poder (como se interpreta en Isaías 33: 22). Vemos cómo el poder político y sus poseedores (de cualquier color e ideología), no son más que un ejemplo práctico de los siete pecados capitales: la soberbia como base de la ingeniería social, que piensa que puede controlar el libre albedrío del ser humano; la envidia como pilar de la redistribución forzosa; la avaricia de querer aumentar más y más el poder estatal, el expolio fiscal y su propio poder; la ira contra aquel que se opone a sus expectativas de control; la gula en sus grandes banquetes y el consumo sin fin de los recursos públicos; y la lujuria terminando muchos de ellos cayendo en los placeres más mundanos como la droga o la prostitución (que me atrevo a decir que rodean de manera muy habitual a toda nuestras altas esferas).
Así mismo, si interpretamos como hemos hecho antes que el poder del Estado en realidad es el del diablo, estaría más que explicada esta actitud de los gobernantes, pues de un mal árbol el fruto saldrá podrido, por lo que considero que es obvio que las advertencias de desconfianza en el poder por parte de Dios, deben comenzar a ser escuchadas.
El reino interno y Dios ante la opresión
Tras ver la naturaleza endiablada del poder estatal y su manifestación, podemos apoyarnos aún más en cómo Dios nos trata de evidenciar que no debemos aceptar este poder estatal. La advertencia la podemos ver cuando Jesús en Mateo 20: 25-26 deja claro que los jefes de los pueblos (nuestros políticos) los tiranizan y como debemos comportarnos de manera totalmente distinta a ellos. Esto último es una prohibición directa de replicar la estructura de mando y coacción del Estado. Pudiendo llegar a una conclusión posterior de que por parte de Dios se propone un modelo de servicio voluntario y responsabilidad individual, algo muchísimo más cercano a la anarquía, que a cualquier modelo estatal.
Y esta anarquía no equivale al caos, sino a la manifestación del orden interno. Como se dice en Jeremías 31:33, la ley no debe estar en el BOE ni en un programa político, sino escrita en el corazón. Cuando los individuos reconozcamos que el Reino de Dios está entre nosotros como se dice en Lucas 17:21, entenderemos que no necesitamos de un aparato burocrático que es malo, para discernir el bien del mal. Por tanto los cristianos nos vemos obligados a luchar por ello, pues como se dice en Hechos de los Apóstoles 5: 29 “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.”

