El sueño del restaurador: por qué Eusebio Leal no puede salvarte del socialismo

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Hay una confusión que el régimen cubano ha cultivado con maestría durante décadas, y que sus admiradores repiten sin advertirlo: la de llamar “capitalismo” a cualquier intercambio que ocurre al margen del Estado. Cuando un cuentapropista vende pan en La Habana, cuando un gestor privado negocia con una empresa turística extranjera, o cuando Eusebio Leal atrajo inversión internacional para restaurar la Habana Vieja, todo se interpreta como evidencia de que “algo de capitalismo hay en Cuba”. El error es de categoría, y vale la pena desenredarlo.

El capitalismo no es un sistema político

La confusión entre economía y política es el terreno donde el régimen cubano ha librado su guerra más efectiva. Al presentar el capitalismo como una ideología —asociada al imperialismo, la desigualdad y la dominación extranjera—, logra desplazar la discusión del plano donde perdería irremediablemente: el económico. Porque en el plano económico, la pregunta es brutal y simple: ¿pueden los cubanos poseer, producir, intercambiar y acumular libremente? La respuesta es no. Y eso no es un matiz político. Es la ausencia del capitalismo.

El capitalismo no es un sistema político. Es un sistema económico que descansa sobre tres pilares inseparables: la propiedad privada real, los precios libres como mecanismo de información y la posibilidad genuina de acumular y transferir capital. En Cuba, el Estado decide quién puede producir, qué puede producir, a quién puede vender y, con frecuencia, a qué precio. El cuentapropista existe como válvula de presión, no como reconocimiento de un derecho. El mercado negro existe como consecuencia inevitable del control de precios, no como tolerancia al intercambio libre.

Como advirtió Ludwig von Mises, sin propiedad privada no hay precios reales, y sin precios reales no hay cálculo económico posible: solo asignación arbitraria disfrazada de gestión. No hay, entonces, capitalismo deformado en Cuba. Hay socialismo con grietas. Y las grietas no son el sistema alternativo. Son la prueba de que el sistema vigente no puede sostenerse.

El edificio en ruinas

Eusebio Leal Spengler restauró La Habana Vieja. Eso es un hecho. Atrajo inversión, gestionó recursos con una eficiencia que contrastaba brutalmente con el deterioro del resto del país y convirtió el centro histórico en un producto turístico internacionalmente reconocido. Para muchos, fue la prueba de que “algo puede funcionar dentro del sistema”. Pero ese contraste —la joya restaurada frente a la ciudad en ruinas— es exactamente el problema, no la solución.

Lo que Leal administró no fue un mercado. Fue una vitrina. El Estado decidió concentrar recursos, divisas y autonomía relativa en un punto específico y visible, reproduciendo la misma lógica que en su día aplicó a la medicina de exportación: construir un escaparate brillante mientras el resto del edificio se derrumba en silencio. Como ya analicé en “El espejismo del éxito concentrado”, este patrón no es un triunfo aislado dentro del sistema, sino el síntoma más sofisticado de su falla estructural.

La centralización, tal como advirtió Hayek, no puede procesar el conocimiento disperso que poseen millones de individuos. Puede, sin embargo, imitar el resultado de ese conocimiento en un punto pequeño y acotado, siempre que sacrifique todo lo demás. El error de los analistas occidentales radica en confundir esta simulación con una apertura de mercado. Lo ocurrido en La Habana Vieja —y luego clonado en el modelo turístico nacional— no fue la liberación de las fuerzas productivas, sino lo que Murray Rothbard definiría como la consolidación de un monopolio de coacción estatal. La Oficina del Historiador no competía en un mercado; gestionaba un feudo asignado por el poder político, un feudo que inevitablemente terminó supeditado a la estructura corporativista y militar de GAESA.

No estamos ante un capitalismo deformado, sino ante un corporativismo de Estado que descentraliza el costo de la supervivencia cotidiana —traspasándolo al cuentapropista— mientras centraliza y militariza el beneficio del gran capital. La Habana Vieja no fue el laboratorio de una Cuba futura; fue el financiamiento estético de una dictadura corporativa. La pregunta correcta no es “¿por qué luce tan bien el centro histórico?”, sino “¿a qué costo y a expensas de quién?”.

El problema de ver en Leal una salvación

Leal era un hombre culto, carismático y genuinamente apasionado por la historia y la arquitectura de Cuba. Su amor por La Habana era real. Pero su poder y sus logros no provenían de su talento ni de su fe, sino de la autorización del Estado. Operó con notable eficiencia dentro de los límites estrictos que el régimen le permitía, y al hacerlo le prestó al sistema una legitimidad que pocos otros cuadros lograron. Esa es precisamente la trampa más peligrosa del totalitarismo maduro: no necesita que todos sean ineptos o crueles. Le basta con que algunos sean admirables.

El afecto genuino que despertaba, y la esperanza que muchos depositaron en él, no es un error de ingenuidad. Es la consecuencia lógica de décadas sin conocer otra realidad. Como escribí en “El dilema de la libertad en Cuba”, el totalitarismo no es solo una dictadura política. Es una cirugía social que ha extirpado los órganos vitales de la sociedad civil: la propiedad privada real, la asociación libre, la prensa independiente. Cuando esa cirugía dura décadas, la mente busca redención dentro de los límites conocidos y proyecta sus esperanzas sobre las figuras que, dentro del sistema, parecen más humanas, más competentes, más decentes.

Leal parecía la prueba de que el problema no era el sistema, sino los gestores. Que con las personas correctas, el socialismo podría tener un rostro humano. Que la solución estaba en encontrar más Leales, no en desmantelar la estructura que les da poder. Este fenómeno ilustra la dinámica operativa de los sistemas de partido único, donde las figuras de alta competencia técnica o intelectual actúan como cuadros de legitimación. Su postura frente a la disidencia política interna —a la que describió en términos de “impureza” ideológica y como una “salpicadura de lodo”— revela su plena asimilación de los códigos de exclusión del Estado.

Esta dinámica ilustra bien lo que Hannah Arendt describió como la banalidad del mal en sistemas totalitarios: no siempre se requieren monstruos, basta con administradores competentes y cultos que renuncian a cuestionar el marco moral del sistema al que sirven. La coartada de “hacer lo mejor posible desde adentro” o de “mantener el traje limpio” gestionando una parcela de belleza termina siendo, en la práctica, una forma sofisticada de legitimación del régimen. Cuando la virtud se pone al servicio de un sistema que niega libertades fundamentales, deja de ser resistencia y se convierte en engranaje.

La virtud que necesita permiso

Hay una dimensión del personaje que no puede ignorarse: Leal era católico. En un régimen que durante décadas intentó extirpar lo sagrado de la vida pública, un hombre con fe genuina que restaura iglesias, conventos y catedrales junto con las fachadas coloniales está haciendo algo que excede la mera gestión cultural. Está devolviendo a una ciudad algo que el Estado le había arrebatado.

Y sin embargo, ahí reside la contradicción que el sistema impone incluso a sus mejores hombres. Esa devolución de lo sagrado tenía límites negociados. El catolicismo de Leal podía expresarse en la piedra restaurada y en la fachada de la catedral devuelta a su esplendor, pero debía coexistir con las exigencias de un Estado que toleraba la religiosidad cuando era folclore y la vigilaba cuando representaba lealtades que no pasaban por La Habana.

No es casualidad que, bajo el paraguas cultural de Leal, floreciera también la religiosidad yoruba. La Santería, promovida como patrimonio vivo y atractivo turístico, era una espiritualidad más manejable para el régimen: sin Roma detrás, sin jerarquía institucional autónoma, sin una autoridad moral superior a la del Estado. Era lo sagrado domesticado. El catolicismo institucional, en cambio, siempre generó incomodidad.

Esta tensión se hizo visible en momentos ceremoniales, como la misa por la investidura de un Papa a la que asistieron funcionarios del régimen. En cualquier otro contexto, sería normal. En Cuba, la presencia de representantes de un Estado que persiguió, encarceló y humilló a sacerdotes, confiscó iglesias y convirtió la fe en acto de disidencia, convierte lo ceremonial en obscenidad. No estaban allí por fe, sino para legitimarse con lo sagrado y simular una apertura que nunca existió.

Lo que esto revela no es hipocresía personal en Leal, sino algo más estructural y trágico: el totalitarismo no siempre corrompe convirtiendo a los buenos hombres en malos. Los corrompe obligándolos a administrar su virtud dentro de los límites que el sistema permite. La virtud existe, pero ya no es completamente libre. Y la virtud que necesita permiso ha perdido, en ese mismo acto, algo esencial.

La tradición que mejor ha entendido esto es precisamente la que Leal llevaba consigo: la doctrina católica, desde Santo Tomás de Aquino hasta la Escuela de Salamanca, insiste en que la virtud auténtica exige libertad. Cuando el bien que puede hacer un hombre queda atado a la voluntad del poder político, su virtud se vuelve frágil.

Argumento de supervivencia del régimen

El éxito de Leal no fue una grieta en el régimen. Fue su mejor argumento de supervivencia. Cada vez que un intelectual progresista visitaba La Habana y regresaba deslumbrado por el centro histórico restaurado, el régimen ganaba legitimidad. Cada vez que un cubano señalaba a Leal como prueba de que “algo sí funciona”, el régimen ganaba tiempo.

Esta estrategia adopta muchas formas: liberar presos políticos cuando la presión internacional se vuelve insoportable y luego negar que existan tales presos; usar la clemencia selectiva como prueba de apertura mientras se mantiene la represión. Es una danza perversa.

Como advertía Rothbard, la planificación centralizada genera una distorsión intertemporal: prioriza el consumo visible e inmediato sobre la inversión futura. Basta salir de la Habana Vieja y caminar hacia Centro Habana para verlo: edificios que se derrumban con familias dentro, fachadas sostenidas por puntales durante décadas. La vitrina es el consumo visible. El resto es el futuro sacrificado para financiarla.

Y cuando el sistema falla —apagones permanentes, éxodo masivo, derrumbe literal—, la narrativa ya está lista: culpa de la gestión, del bloqueo, de las circunstancias. Nunca del diseño.

Lo que Cuba tiene no es lo que Cuba finge tener

El capitalismo no ha llegado a Cuba con el cuentapropismo, la inversión turística ni las reformas cosméticas. Para que llegue de verdad, tendría que existir propiedad privada real, precios libres y acumulación de capital genuina.

Lo que Cuba tiene, en cambio, son grietas en el control. Y las grietas no son capitalismo. Son la evidencia de que el control es insostenible.

Eusebio Leal fue, en ese sentido, la grieta más elegante que el régimen jamás produjo. Un hombre genuinamente talentoso que canalizó su pasión dentro de los límites que el Estado le permitió. Y al hacerlo, sin pretenderlo quizás, le prestó al régimen el argumento más sofisticado de su historia: que no era necesario cambiar el sistema, solo encontrar mejores personas para administrarlo.

El edificio detrás de la vitrina lleva décadas derrumbándose. Y la vitrina, sin el flujo constante de recursos que solo el control centralizado puede dirigir hacia ella, también empieza a mostrar sus grietas. No porque Leal haya fallado, sino porque el diseño que lo hizo posible es, por construcción, incapaz de sostenerse.

Katheryn Rubio
Author: Katheryn Rubio

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