Crítica a la tesis de bitcoin como dinero fuerte I

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En Noviembre de 2025 Joel Serrano presentó y defendió su tesis “Bitcoin como dinero fuerte: Una interpretación de Bitcoin a la luz de la Escuela Austriaca de Economía” obteniendo la calificación de sobresaliente cum laude. Quería felicitar desde aquí a Joel por ello, y además agradecer el gran esfuerzo y el tiempo dedicados a un trabajo de esta envergadura. Tanto Joel como muchos lectores son conscientes de nuestras grandes discrepancias teóricas, y como es fácilmente previsible el objetivo de este artículo es realizar una crítica a los puntos que considero más discutibles para que los lectores de ambos puntos de vista reflexionen y se formen su opinión.  

Como el contenido es teórico, para facilitar la lectura mi idea es hacer una serie de artículos cortos de temas que puedan tratarse razonablemente bien de forma aislada. Hoy voy a tratar los conceptos de valor de uso y valor de cambio, y en particular el concepto de valor de cambio y su relación con los intercambios previos.

En primer lugar coincido al cien por cien con las afirmaciones tanto de Menger como de Mises que valor de uso y valor de cambio son manifestaciones del mismo fenómeno: el valor, y que su distinción es meramente analítica. Pero esta distinción analítica es imprescindible para el análisis de la teoría de Mises, pues sin dicha distinción no podría articularse su teorema regresivo del dinero, que es una cuestión crucial en la tesis de Joel e intentaremos analizar más adelante en esta serie.

El intercambio previo como requisito del valor de cambio

Pues bien, Joel sostiene que no es posible otorgar valor de cambio a un bien sin que existan intercambios previos de ese bien. Entendemos que, lógicamente, Joel no se refiere al bien específico sino al tipo o género de bien. Es decir, otorgo valor de cambio a una manzana no porque esa misma manzana haya sido intercambiada sino porque he observado que otras manzanas han sido intercambiadas. Citamos:

“No es posible otorgar valor de cambio a un bien si no es sobre la base de intercambios ya acaecidos. Solo teniendo en cuenta los precios de intercambios pasados se puede otorgar valor de cambio a un bien determinado. Así como el valor de uso se basa en la apreciación subjetiva de utilidades reales, el valor de cambio se basa en la apreciación subjetiva de intercambios reales.” (pág. 45)

“Para otorgar valor de cambio a un bien es necesario que se hayan dado ya intercambios de ese bien, porque lo que se valora son los supuestos intercambios que ese bien permite (su poder adquisitivo).” (pág. 147)

Sin embargo unas páginas antes Joel cita las definiciones de valor de uso y de cambio de Menger:

“El valor de uso es, pues, la significación que adquieren para nosotros los bienes que nos aseguran de una manera directa la satisfacción de necesidades en unas circunstancias en las que, si no dispusiéramos de estos bienes, no podríamos satisfacerlas. El valor de intercambio es la significación que adquieren para nosotros aquellos bienes cuya posesión nos garantiza el mismo resultado bajo las mismas circunstancias, pero de forma indirecta.”

En la definición de Menger no aparece el requisito del intercambio previo para que exista valor de cambio. Tampoco establece Menger ese requisito en el resto de su obra fuera de esta definición, ni tampoco creo que del resto la obra de Menger se pueda interpretar que exige tal requisito.  Y en la obra de Mises este requisito solo existe para el dinero, tal y como afirma aquí con su contundencia y claridad habitual:

“Pero sólo partiendo del poder adquisitivo del pasado inmediato puede el interesado formarse una idea del que en el futuro tendrá la moneda. Es este hecho el que diferencia radicalmente la determinación del poder adquisitivo del dinero de la determinación de las mutuas razones de intercambio que entre los demás bienes y servicios económicos puedan darse.” 

Interpreto que este intento de desarrollo teórico de Joel tiene como objetivo hacer su propia aportación para apuntalar el teorema de regresión de Mises y así blindar este teorema para su posterior aplicación a Bitcoin. No tengo nada en contra de intentar nuevos desarrollos teóricos, todo lo contrario. Pero para que cualquier nuevo desarrollo teórico fructifique debe servir para explicar mejor la realidad que la teoría existente que pretende perfeccionar o superar, y creo que no es el caso en absoluto.

Mi primera crítica al desarrollo de Joel es a las expresiones “utilidades reales” e “intercambios reales”. Con “reales” parece establecer los conceptos de utilidad e intercambio como hechos objetivos y ciertos. Pero esto no es así, la utilidad es subjetiva, prospectiva e incierta. Yo puedo apreciar que algo es inútil para mi y al mismo tiempo útil para otros (i.e. unas gafas).  Esta apreciación subjetiva ya impide que el bien tenga valor de uso para mi, y habilita el valor de cambio si estimo que pueda tener valor de uso (útil y escaso) para otros. No es compatible con la realidad que el valor de cambio necesite intercambios previos, basta con estimar valor de uso para un tercero.

Otro problema es que este argumento hace imposible el primer intercambio de cualquier bien. Si el valor de cambio requiere intercambios previos, y estos a su vez requieren intercambios anteriores, la cadena regresiva no se detiene nunca. Esto, obviamente, no explica la realidad.

Joel reconoce este primer problema, y junto con Bagus lo intenta resolver retrotrayéndose al trueque donde los intercambios se producen porque ambas partes aprecian mayor valor de uso en el bien de la contraparte que en el suyo, por tanto intercambiar es beneficioso para ambos y así, poco a poco, se va descubriendo el valor de cambio. 

Pero este razonamiento sigue teniendo a su vez más problemas. El primero es que el hecho de que en el trueque cada parte le confiera más valor de uso a lo recibido que a lo entregado, es precisamente la idea causal en la que sustenta Menger su definición de valor de cambio. Menger razona que el simple hecho de que los sujetos valoran más el bien del otro que el suyo es condición suficiente para desear destinar el bien propio para el intercambio y así con el bien propio satisfacer indirectamente una necesidad (la que satisface el bien del otro), independientemente de que ese tipo de bien haya sido intercambiado antes o no.

Es, por tanto, valor de cambio porque el sujeto lo valora para intercambiarlo y no para usarlo. Es tan simple como observar la literalidad “intercambio → valor de cambio”.  Es decir, explica mejor la realidad la afirmación de que el valor de cambio surge en el momento en que ambas partes se dan cuenta de que valoran más lo que posee el otro, que la afirmación de que tienen que haber observado o vivido algún intercambio previo de esos bienes.

Para Joel el valor de cambio parece residir en el hecho de intercambiar “los supuestos intercambios que ese bien permite”, mientras que para Menger el valor de cambio reside en la pretensión de satisfacer indirectamente una necesidad donde el acto físico del intercambio es contingente (podría no suceder) y sería una mera consecuencia instrumental de la satisfacción indirecta de una necesidad. No debemos perder de vista que si bien el concepto económico del intercambio incluyendo la ganancia de las partes podría considerarse un bien, eso no quita que el acto físico de intercambiar sea un coste.  

El segundo problema tiene carácter introspectivo e individual. Sin necesidad de interactuar en el presente con ningún tercero.  Si yo creo que algo tiene valor de uso para mi, por mera introspección y empatía con el prójimo es racional concluir que podría tener valor para otros, y eso ya es condición suficiente para decidir destinar el bien al intercambio y por tanto tenga valor de cambio para mi sin que haya sido intercambiado antes.  Y afirmo “valor” a secas porque en el contexto de la introspección me permite concluir que para el otro podría tener tanto valor de uso como de cambio, pues si para mi tuvo valor de cambio también lo puede tener para otro. Es decir, en el contexto introspectivo cabe anticipar que el bien se intercambie más de una vez antes de usarse finalmente. 

Tampoco es descartable ni irracional en absoluto pensar introspectivamente que un objeto pueda tener valor de uso para otros incluso sin que lo tenga para uno mismo.  El ser humano sabe bien que cada cual tiene necesidades y circunstancias dispares.  Por ejemplo, algo que pueda servir como peluca a otro, pero no para mi porque tengo una fantástica melena, o en general cualquier objeto que no me satisfaga ninguna necesidad —sea porque ya está cubierta, sea porque esa necesidad específica sencillamente no existe para mí— , pero que estime útil y escaso para otros. 

El estadio de no intercambio previo al trueque

El tercer problema es que tampoco es compatible con la realidad partir de una situación histórica de muy dudosa existencia: un estadio de “no intercambio” previo al trueque. La evidencia antropológica no respalda que tal estadio haya existido nunca. Incluso las sociedades humanas más primitivas documentadas muestran formas de intercambio recíproco de servicios y bienes como la división de tareas por sexo y edad, cuidado cooperativo de la prole, reciprocidad diferida en la caza y la recolección. La cooperación y el intercambio parecen ser características constitutivas del Homo sapiens, no adquisiciones culturales tardías.

El propio Menger, a quien Joel cita como referencia, sitúa los orígenes del intercambio en etapas tan primitivas de la organización humana que postular un estadio previo de no intercambio sería difícilmente compatible con su propia antropología económica. 

Se ve más claro en el caso de los servicios prestados a terceros interesados y recíprocos (no altruistas), que por definición sólo tienen valor de cambio para quien los presta. Por ejemplo el servicio de transportar objetos para otros con el propósito de más adelante obtener otro bien o servicio a cambio. 

El cuarto problema es que, aunque ese estadio hipotético hubiera existido, la restricción que describe Joel solo operaría puntualmente en ese momento fundacional. Una vez descubierto el intercambio, el intercambio previo ya no tendría por qué ser una condición previa necesaria del valor de cambio. Si el bien A se intercambió, ¿Que impide razonar por analogía que el bien B podría intercambiarse igualmente, aunque este no se haya intercambiado nunca?

Y es que una vez el intercambio existe, cualquier agente puede producir o adquirir bienes que sólo tienen valor de cambio para él, esperando que terceras partes lo valoren a su vez para usar o intercambiar, sin que existan intercambios previos de ese bien concreto.  Ojo, que el agente espere que otros lo valoren no implica que lo acaben valorando, su expectativa bien puede fracasar.  Pero mientras mantenga la expectativa y su único propósito sea vender el bien y no usarlo, solo tiene valor de cambio para ese agente.

La empresarialidad 

Es exactamente el caso de las mercancías radicalmente nuevas que Mises ilustra con el fabricante de los primeros aparatos de radio. Dice literalmente “aparece en venta“ (Cuando una mercancía anteriormente desconocida aparece en venta — como sucedió, por ejemplo, con los aparatos de radio hace algunas décadas—). El fabricante lo puede poner a la venta porque puede calcular un precio a partir de su plan empresarial —inversión en diseño, insumos, margen de beneficio, etc— sin necesidad de ningún intercambio previo de ese mismo bien. Incluso puede vender inicialmente a pérdidas como estrategia empresarial, las posibilidades racionales no arbitrarias son muchas.

Por otro lado aunque la utilidad técnica puede existir y comprobarse (la radio funciona bien), el valor de uso económico es enteramente especulativo: no se sabe aún si alguien querrá escuchar la radio, y de hecho lo más habitual con mercancías radicalmente nuevas es que fracasen, que por culpa del sesgo del superviviente desconocemos en su gran mayoría. Para el vendedor la radio tiene valor de cambio en términos de Menger pues el aparato de radio en la tienda no lo posee para usarlo, sino para intercambiarlo y satisfacer necesidades indirectamente. Y tienen valor de cambio para él sin que exista todavía valor de uso económico confirmado, y sin que jamás se haya intercambiado ni una sola unidad. 

Por tanto, la teoría de Joel es incompatible con el concepto de empresarialidad, pues por el hecho evidente de que un bien nuevo aun nunca se ha intercambiado, restringe que una persona invente un bien nuevo que no necesita directamente con el único propósito de venderlo. Dicha restricción no opera en absoluto en el mundo real, por tanto el requisito teórico que exige Joel no es compatible con la realidad.

La interpretación Mengeriana

En el marco de la teoría del valor de Carl Menger, que es mi referencia, yo interpreto que la distinción entre valor de cambio y valor de uso no son una cuestión de hechos históricos o técnicos, sino una diferencia en la intención del sujeto en su relación con el objeto, racional, proyectada al futuro y siempre incierta: Poseo el bien X con la intención de usarlo, poseo el bien X con la intención de intercambiarlo. Y tanto una intención como otra se pueden frustrar. 

Para ilustrarlo con otro ejemplo, puedo inventar un pañal para bebés –que yo no necesito para mi, ni para nadie cercano a mi– y pretender venderlo pero fracasar totalmente, o puedo llevar una sandía en la mochila a la que confiero valor de uso y puede resultar que está estropeada cuando voy a consumirla.

Basta con que yo estime que un bien pueda tener valor para un tercero (de uso o de cambio, da igual) para que pueda tener valor de cambio para mi. Y para intentar encajar la relación con el pañal como valor de uso según la definición de Menger, no valdría argumentar que yo valoro el pañal porque creo que tiene valor de uso para otros y por tanto solo existe valor de uso. No, porque aun siendo así, a mi el pañal solo me podrá satisfacer necesidades de manera indirecta, y según Menger eso es valor de cambio para mi.

Que el objeto en cuestión acabe fracasando o teniendo éxito en satisfacer una necesidad directa (valor de uso) o indirecta (valor de cambio) tampoco cambia en nada la distinción inicial que realiza el sujeto en el destino que tiene planificado para ese bien.  No es ni más ni menos incierto el valor de cambio que el de uso, y en este sentido el valor de cambio no requiere de ningún matiz teórico especial ni distinto al valor de uso.

De modo que mientras yo crea que puedo vender el pañal, y así debería ser al menos durante un tiempo pues de lo contrario no me habría molestado en inventarlo, solo puede tener valor de cambio para mi.  Con la sandía de la mochila no es distinto, tiene valor de uso para mi mientras crea que está en condiciones de consumirse. También dejarían de tener valor el pañal o la sandía si aun siendo técnicamente útiles, por la razón que sea devinieran abundantes, es decir, que la cantidad disponible fuera mayor que la cantidad necesitada.

En definitiva el fenómeno del valor es un concepto inherentemente especulativo, proyectado siempre al futuro y sujeto a incertidumbre. Y con esto abro paso a la siguiente crítica de la tesis para el próximo artículo que sería la consideración de la especulación como un valor de uso.

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