El inexistente declive económico americano

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Hay una escena que se repite con una puntualidad casi irónica cada vez que se anuncia el final del liderazgo económico estadounidense. Aparece una crisis, se acumulan los titulares negativos, los analistas desempolvan la tesis del declive y, durante unas semanas, parece razonable pensar que esta vez sí, que el centro de gravedad financiero del mundo va a empezar a moverse de forma definitiva hacia otro sitio. Ocurrió en 2008, cuando la caída de Lehman Brothers permitió presentar la crisis financiera como el certificado de defunción del modelo anglosajón. Ocurrió después, con el ascenso chino, cuando se dio por hecho que la combinación de escala, disciplina industrial y crecimiento acabaría desplazando a Estados Unidos del centro del sistema económico global. Y vuelve a ocurrir ahora, con los déficits norteamericanos, la deuda pública, la guerra comercial, la fragmentación geopolítica y la conversación recurrente sobre la desdolarización.

El problema de esa narrativa no es que sea absurda. Estados Unidos tiene problemas serios, y algunos son de una magnitud que conviene no minimizar. Su situación fiscal es cada vez más incómoda, su política se ha vuelto más errática, su situación política es cada vez menos estable y la tentación de utilizar el poder financiero como herramienta geopolítica ha llevado a muchos países a preguntarse si no deberían reducir, aunque sea lentamente, su exposición al dólar. Todo eso existe. Pero frente a esa lista, que es real, hay un hecho igual de real y bastante mástangible: el capital sigue llegando a Nueva York. No sale. Llega.

Esta es la parte de la historia que a veces se infravalora. Las narrativas de declive son atractivas porque ordenan el mundo con una lógica casi literaria. Auge, exceso, caída. Pero los mercados no funcionan como novelas. El capital no se mueve hacia donde el relato es más elegante, sino hacia donde encuentra profundidad, liquidez, seguridad jurídica y capacidad de convertir innovación en beneficios. Y en esa combinación, por incómodo que resulte para quienes llevan años esperando la sustitución del liderazgo americano, Estados Unidos sigue sin tener un rival equivalente en todo el mundo.

La primera razón es aburrida, pero decisiva: la infraestructura financiera. Los mercados estadounidenses no son solo grandes; son extraordinariamente profundos. El mercado de bonos del Tesoro sigue siendo lo más parecido que existe a un activo sin riesgo, líquido y global. Según datos recientes de SIFMA, hay más de 30 billones de dólares en deuda del Tesoro estadounidense en circulación y el volumen medio diario negociado supera el billón de dólares, una cifra difícil de replicar por cualquier otro mercado soberano. Esta profundidad importa mucho más de lo que parece. Un banco central, un fondo soberano o una aseguradora que gestiona cientos de miles de millones no puede colocar su dinero en cualquier activo que parezca barato. Necesita entrar y salir sin mover el mercado contra sí mismo. Necesita colateral aceptado por todos. Necesita una referencia común. Y, nos guste o no, esa referencia sigue siendo la deuda pública estadounidense.

Europa tiene escala económica, pero no tiene un activo federal único comparable. Tiene bonos alemanes, franceses, italianos, españoles, holandeses. Tiene distintos riesgos de crédito, distintas primas, distintas sensibilidades políticas. La unión monetaria existe, pero la unión de capitales avanza con la misma lentitud desesperante con la que Europa suele tratar los proyectos que requieren ceder soberanía real. Se habla mucho de construir un mercado de capitales europeo capaz de competir con Wall Street, y la dirección es correcta, pero la ejecución sigue atrapada en vetos nacionales, marcos regulatorios fragmentados y una cultura financiera mucho menos proclive al riesgo. La consecuencia es sencilla: cuando el dinero global busca escala, sigue mirando primero a Estados Unidos.

China, por su parte, tiene tamaño, ahorro y una base industrial formidable, pero no ofrece la apertura que los grandes pools de capital necesitan para sentirse cómodos. Sus mercados están parcialmente cerrados, el control de capitales forma parte del modelo y la seguridad jurídica se interpreta siempre a la luz de una prioridad política superior. Desde el punto de vista de Pekín, esto puede tener sentido. El Partido no quiere una economía financiera completamente abierta porque sabe que esa apertura debilitaría parte de su capacidad de control. Pero lo que es racional para el poder político chino reduce, precisamente, el atractivo de su mercado como sustituto del americano. El capital internacional puede entrar en China, pero no quiere depender de un sistema en el que la puerta de salida se percibe como menos segura que la de entrada.

La segunda razón es el dólar. Aquí conviene separar el ruido de los datos. Es verdad que muchas economías, especialmente tras las sanciones a Rusia, han empezado a diversificar reservas en el margen. Es verdad que algunos bancos centrales han comprado más oro, que hay más conversaciones bilaterales en monedas locales y que el uso geopolítico del sistema financiero estadounidense ha generado incentivos para buscar alternativas. Pero una cosa es diversificar en el margen y otra sustituir el corazón del sistema. Según los últimos datos del FMI, el dólar sigue representando alrededor del 57 por ciento de las reservas oficiales de divisas, muy por delante del euro y a enorme distancia del renminbi. Además, en los mercados de divisas, el dólar continúa siendo la pieza central del sistema: el BIS estimó que la negociación diaria en divisas alcanzó 9,6 billones de dólares en abril de 2025, y el dólar sigue estando presente en la mayoría de esas operaciones.

Esto no es una cuestión de cariño a Estados Unidos. Es un efecto red. El dólar se usa porque los demás lo usan. Se factura en dólares porque los proveedores aceptan dólares. Se financia en dólares porque los mercados son líquidos. Se cubre el riesgo en dólares porque los derivados son profundos. Y cuanto más se usa, más útil resulta. Romper ese círculo exige algo más que voluntad política. Exige una alternativa que combine tamaño, convertibilidad, confianza jurídica, profundidad de mercado y disponibilidad de activos seguros. Hoy no existe. El euro tiene algunas piezas, pero le falta unión fiscal y capital markets union real. China tiene tamaño, pero no convertibilidad plena ni confianza institucional suficiente. El resto de monedas no tiene escala. Por eso la desdolarización avanza mucho mejor como tema de conversación que como realidad operativa.

La tercera razón tiene que ver con las instituciones, y aquí conviene no caer en ingenuidades. Estados Unidos no es el país perfecto que a veces se ha plasmado en el imaginario colectivo. Su sistema político es cada vez más disfuncional, sus tribunales no están plenamente blindados frente a la polarización y la calidad del debate público se ha deteriorado. Pero, comparativamente, sigue ofreciendo algo que el capital valora enormemente: contratos exigibles, tribunales con capacidad real de limitar al poder político y un marco donde una empresa puede defender sus derechos con una expectativa razonable de procedimiento. Es una frase poco épica, casi burocrática, pero en el mundo real la seguridad jurídica es uno de los factores más relevantes. Muchos países prometen rentabilidad. Bastantes menos prometen, y cumplen de manera consistente, la posibilidad de discutir una expropiación, ejecutar un contrato o resolver una disputa sin que el resultado dependa por completo de la voluntad del Gobierno.

Esa credibilidad institucional es fácil de dar por descontada hasta que falta. Y cuando falta, el capital no siempre huye de golpe, pero empieza a pedir primas de riesgo más elevadas, a acortar plazos, a reducir exposición. Estados Unidos está tensionando algunos de esos activos, y debería preocuparnos. Pero todavía conserva una reserva de confianza acumulada durante décadas que otros no han conseguido construir. En economía internacional, la reputación institucional funciona como una especie de capital invisible. Se tarda muchísimo en generarla y bastante menos en deteriorarla, pero mientras dura ofrece una ventaja extraordinaria.

La cuarta razón es la innovación. Aquí el contraste se ha vuelto todavía más evidente con la inteligencia artificial. Las grandes plataformas, los laboratorios de frontera, los proveedores de infraestructura cloud, los fondos de venture capital y buena parte del talento técnico más escaso siguen orbitando alrededor de Estados Unidos. OpenAI, Anthropic, Meta, Google, Microsoft, Amazon, Nvidia. No son solo nombres de empresas punteras. Son piezas de un ecosistema en el que capital, universidad, talento extranjero, cultura empresarial y apetito por el riesgo se refuerzan mutuamente. La clave no es que Estados Unidos tenga un ecosistema de innovación perfecto. Es casi lo contrario. Su ventaja nace de una mezcla difícil de planificar: universidades que atraen talento global, fondos dispuestos a quemar capital durante años, empresas que compran y escalan rápido, trabajadores que aceptan moverse entre compañías y una cultura donde fracasar no condena de por vida.

Europa entiende bastante bien el problema, pero lo resuelve mal. Tiene ciencia, tiene talento, tiene ahorro y tiene empresas industriales de primer nivel. Lo que no tiene, o no tiene en escala suficiente, es la maquinaria que convierte riesgo tecnológico en compañías globales con rapidez. Hay demasiado capital fragmentado, demasiada aversión regulatoria, demasiada comodidad en el tamaño medio, demasiada tendencia a fijar el marco normativo antes de comprobar si existe una empresa capaz de competir dentro de él. China, por su parte, ha avanzado de forma espectacular en vehículos eléctricos, baterías, renovables y modelos de inteligencia artificial abiertos. Sería un error grave subestimarla. Pero su ecosistema innovador convive con una intervención política que puede cambiar las reglas de sectores enteros con una rapidez que el capital privado no olvida fácilmente.

Por eso el liderazgo estadounidense no es solo financiero, sino múltiple. Mercados profundos, dólar, instituciones y tecnología se retroalimentan. El capital llega porque hay oportunidades. Las oportunidades crecen porque hay capital. El talento llega porque hay empresas y financiación. Las empresas escalan porque hay mercado, regulación flexible y compradores globales. El dólar refuerza la centralidad financiera, y esa centralidad facilita que el sistema siga absorbiendo ahorro externo. No es una ventaja aislada, es un circuito. Y los circuitos de este tipo no se rompen porque aparezca una debilidad, sino cuando varias piezas empiezan a fallar a la vez.

Eso no significa que el excepcionalismo americano esté garantizado por ley. De hecho, la principal amenaza para Estados Unidos probablemente no venga de una capital extranjera, sino de Washington. El deterioro fiscal es serio. Una economía que se acostumbra a déficits elevados incluso en momentos de crecimiento termina reduciendo su margen de maniobra para la siguiente crisis. El pago de la deuda consume cada vez más recursos y puede acabar desplazando gasto en defensa, ciencia o infraestructura. La polarización política dificulta cualquier ajuste serio, porque subir impuestos se presenta como traición y recortar gastos como crueldad, de modo que el déficit se convierte en el resultado por defecto de un sistema incapaz de elegir.

A eso se suma una segunda amenaza doméstica: la erosión de los activos que hicieron fuerte al país. Si Estados Unidos restringe de manera absurda la inmigración cualificada, debilita sus universidades, politiza sus instituciones públicas, castiga la investigación científica o convierte la política comercial en una secuencia de amenazas improvisadas, estará dañando justo aquello que lo diferencia. Es perfectamente posible conservar durante años la primacía financiera y, al mismo tiempo, ir sembrando las condiciones de su deterioro futuro. La hegemonía rara vez desaparece de golpe. Se va volviendo más cara, más discutida y más dependiente de inercias pasadas.

También sería un error despreciar las alternativas parciales. China no necesita sustituir al dólar para incomodar a Estados Unidos. Le basta con construir circuitos paralelos en materias primas, plataformas de pagos, tecnología industrial y financiación bilateral. Por su parte, Europa no necesita crear mañana un Tesoro europeo perfecto para reducir algo su dependencia de Wall Street. Le basta con avanzar en titulización, pensiones, capital riesgo y mercados de deuda más integrados. Los bancos centrales no necesitan abandonar masivamente el dólar para enviar una señal. Les basta con mover algunos puntos hacia oro u otras divisas. Cada una de esas cosas, por separado, no cambia el sistema. Sumadas durante años, pueden hacerlo menos cómodo para Washington.

Pero esa es precisamente la cuestión: menos cómodo no significa sustituido. La conversación sobre el declive americano suele confundir dirección con velocidad y tendencia con desenlace. Que el dólar pese menos que hace veinte años no implica que vaya a perder su papel central mañana. Que China lidere cadenas de suministro críticas no implica que su mercado financiero pueda absorber el ahorro global. Que Europa tenga mejores valoraciones bursátiles en algunos momentos no implica que haya construido una infraestructura de capital comparable. Que Estados Unidos tenga déficits preocupantes no implica que los inversores tengan un sustituto inmediato para los bonos americanos. El mundo no elige entre lo perfecto y lo malo, sino entre opciones imperfectas. Y, en esa comparación, Estados Unidos sigue siendo la opción menos reemplazable.

La pregunta verdaderamente interesante, por tanto, no es si el excepcionalismo americano morirá algún día. Todo régimen económico tiene ciclos. La pregunta es qué combinación de errores haría falta para que el sistema global realmente cambiara de centro de gravedad. Haría falta que el mercado de bonos americanos perdiera liquidez o confianza de manera sostenida. Haría falta que el dólar dejara de ser la moneda más cómoda para facturar, financiar y cubrir riesgos. Haría falta que las instituciones estadounidenses dejaran de ofrecer una seguridad jurídica diferencial. Haría falta que el ecosistema de innovación perdiera su capacidad de atraer talento y capital. Y haría falta, además, que otro bloque ofreciera simultáneamente una alternativa creíble en todos esos frentes. No es imposible. Pero es bastante más difícil de lo que sugieren los obituarios recurrentes del liderazgo americano.

Quizá por eso la imagen más útil no sea la del imperio que cae, sino la de una gravedad financiera que sigue funcionando incluso cuando el planeta que la genera tiene grietas visibles. Estados Unidos no atrae capital porque sea irreprochable, sino porque combina, todavía, las piezas que el capital global necesita para moverse a escala. Profundidad, liquidez, ley, innovación y red. Mientras esas piezas sigan conectadas, los titulares sobre su declive tendrán algo de verdad y bastante de impaciencia.

La paradoja es que Estados Unidos puede seguir siendo el centro del sistema durante mucho tiempo y, a la vez, estar gestionando mal esa posición. La centralidad no absuelve de errores; los amplifica. Cada amenaza institucional, cada exceso fiscal, cada ataque a la ciencia o al talento extranjero es más grave precisamente porque afecta a la columna vertebral de un sistema que no solo sostiene a Estados Unidos, sino a buena parte de la economía mundial. Por eso conviene tomarse en serio las señales de deterioro, pero sin confundirlas con un reemplazo inmediato que, de momento, nadie está en condiciones de ofrecer.

El declive americano se anuncia con frecuencia porque las debilidades son visibles. Su sustitución no llega porque las fortalezas siguen siendo extraordinariamente difíciles de replicar. Esa tensión, más que cualquier sentencia definitiva, es la que define el momento actual. Estados Unidos no es invulnerable. Pero todavía es el lugar al que va el dinero cuando necesita algo más que una historia bonita. Necesita mercado, ley, tecnología y salida. Y ahí, por ahora, Nueva York sigue teniendo una ventaja que no se desmonta con un gráfico ni con un deseo geopolítico.

Álvaro Martín
Author: Álvaro Martín

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