En una época donde la incertidumbre, polarización y cambios tecnológicos son el pan de cada día, muchos vemos con desconcierto cómo grandes potencias y países impulsores de ideales vertebradores de las sociedades libres, parecen estar participando de un lento pero constante suicidio colectivo. Son muchos los problemas: desempleo, inmigración descontrolada, vivienda, inflación… la lista es infinita. De esta realidad no se desmarca (y a veces parece encabezarla) la tierra que permitió la primera globalización, el establecimiento de un incipiente código de derechos humanos y las bases fundamentales de una sana convivencia social con el poder, marcado por límites morales y legales, que permitieron (y permiten) la confección de una sociedad próspera. Ese es nuestro país, España.
Durante los últimos años, como en tantos otros países, vemos cómo la amoralidad, la división social y los eslóganes vacíos parecen haber carcomido las bases de la sociedad española. No hay día sin escándalo, y peor aún, año sin que miles de jóvenes emigren al extranjero[1] a buscar una vida mejor, mientras algunos se empeñan en promover un influjo de inmigrantes sin control alguno (siendo quien escribe estas líneas, uno que hace algunos años también vino apegado al marco de la legalidad y la razón). Frente a esta realidad, parece muy fácil tirar la toalla, darse por vencido y abandonar cualquier esperanza de que las cosas pueden cambiar.
Sin embargo, un par de elementos me han permitido darme cuenta de que el país tiene arreglo y puede prosperar y liderar una recuperación de las sociedades occidentales. El primero de ellos (aunque aparentemente superficial), es la Selección Española de Fútbol. Mientras escribo estas líneas, nos encontramos en la semifinal del mundial (y guardo la esperanza de ver culminada con éxito la competición cuando se publique este artículo). ¿Por qué es este grupo de 26 chavales y un auténtico entrenador motivo de esperanza?
Primeramente por el plano visual, porque cualquier persona —bien por rasgos físicos o por la personalidad de algún miembro— se puede ver reflejada en el esfuerzo colectivo de jóvenes (muchos de ellos con apenas la mayoría de edad) luchando por un objetivo común frente a las críticas inmisericordes de quienes muy pronto auguraban un desastre tras un sorpresivo primer empate contra Cabo Verde; es un equipo en el que todos nos podemos ver reflejados, pues estos jugadores vienen de todos los rincones; y ahí están… buscando en nombre de un país ser los mejores del mundo.
En segundo término, este equipo nos ha permitido darnos cuenta de que no estamos tan divididos, que, aunque sea por 90 minutos una o dos veces por semana, la mayoría podemos estar unidos en algo, apoyando, creyendo y celebrando. Aunque el hecho en sí sea efímero y cargado de sentimientos (el famoso «circo» de la Sátira X del poeta satírico Juvenal), demuestra que no somos una sociedad incapaz de celebrar algo junta, de abrazar al desconocido y ayudar (eventos mucho más inclementes como DANA e incendios ya lo han demostrado frente a un abandono de ciertas autoridades). Esta realidad permite concluir que las semillas de una sociedad mejor siguen presentes.
El segundo elemento, más sobrio y racional (aunque con fuerte carga emocional a su vez), fue la visita del Papa León XIV a España. Con un indudable éxito de formas y fondo en tres ciudades españolas, el Papa vino a traer esperanza, sobre todo a los más jóvenes, quienes, ausentes muchas veces de referentes y esperanza, veíamos emocionados cómo alguien se atrevía a decir: “hay futuro”. Uno de los elementos más serios y quizás menos emotivos (a primera vista), fue el discurso de su Santidad en el Congreso de los Diputados. Ahí, ese hombre oriundo de Chicago y esculpido en las aldeas más pobres del Perú recordó a una de las naciones más antiguas e influyentes de la humanidad lo que es capaz. Dijo el Papa:
Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.”[2]
Y con esta frase, el Papa lo resumía todo. Fue España la pionera de las relaciones internacionales y del poder con la sociedad. Por medio de personas como a quien honra este instituto con su nombre, Juan de Mariana, se establecieron las bases morales y legales que queríamos darnos para alcanzar la prosperidad y la justicia. Una sociedad que fomentase la libertad, creatividad, colaboración e innovación. Eso fue España quien lo hizo, antes que John Locke o los ilustrados franceses. Ya antes se había unido el mundo, construido una nueva sociedad, ganado Lepanto, escrito el Quijote y establecido la libertad como derecho fundamental del hombre por el hecho de ser un hijo de Dios.
Por consiguiente, si el pasado está ahí, y la capacidad de unión también, ¿por qué no nos abocamos a la ardua tarea de construir un mejor futuro? Este texto no pretende trazar el camino para conseguirlo, sino ser un simple recordatorio esperanzado de que sí existen elementos que permiten tener esperanza. Y ante ello hay que tomar decisiones, leyes que hacer y derogar, elecciones en las que participar y sobre todo liderazgo que exigir. Creo que se puede conseguir, procuraré poner mi granito de arena para ello, y sé que muchísimos ya lo hacen, pues España no se resigna a sacrificar su libertad y razón de ser.
[1] Solo entre 2024 y 2025, 135 000 españoles emigraron del territorio nacional según apunta el Ministerio de Juventud e Infancia en su informe “Juventud en Cifras” (2025).
[2] León XIV. (2026, 8 de junio). Discurso del Papa ante las Cortes Generales. Congreso de los Diputados, Madrid, España.
