La nueva hermenéutica de la sospecha: Kahneman y los sesgos

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Carlos Marx sostenía que detrás de las ideas y valores de la sociedad —es decir, de la superestructura ideológica— se escondían los intereses económicos y las relaciones de poder de la burguesía. Nietzsche, por su parte, desconfiaba de los valores tradicionales y de la moral cristiana dominante de sus contemporáneos, argumentando que en ellos se camuflaba la voluntad de poder. Finalmente, Freud nos advertía que no podemos controlar nuestro inconsciente; que nuestra conciencia es limitada y que, por lo tanto, nuestra conducta está condicionada por fuerzas reprimidas.

Los tres pensadores tenían algo en común, más allá de la gran influencia que tuvieron en su época y siguen teniendo: sospechaban de la razón ilustrada y de la falsa conciencia humanas. Se presentaban a sí mismos como conocedores últimos de las fuerzas ocultas y de la verdadera realidad, el filósofo francés Paul Ricoeur acuñó para ellos la célebre etiqueta de «filósofos de la sospecha».

Economía del comportamiento

Dando un aparentemente extraño salto, detengámonos en la economía del comportamiento o economía conductual (behavioral economics). Este campo de estudio de la economía es relativamente reciente y se presenta en los entornos académicos como supuestamente innovador. Tanto es así que hoy se imparte en numerosas facultades reconocidas como una asignatura novedosa y atractiva dentro de la Microeconomía. De manera resumida, podemos decir que se trata de una aplicación de la psicología cognitiva a la ciencia económica para analizar cómo toman decisiones los agentes.

Los psicólogos israelíes Daniel Kahneman y su compañero Amos Tversky, a raíz de un influyente artículo a finales de la década de 1970, inauguraron esta disciplina. Junto a figuras posteriores como Richard Thaler y Cass Sunstein, se les considera los padres fundadores de esta especialidad. Kahneman, de hecho, recibiría el Premio Nobel de Economía en el año 2002 y publicaría su conocido libro Pensar rápido, pensar despacio (2011). Esta vertiente, indudablemente, ha realizado importantes contribuciones a la ciencia económica en el ámbito microeconómico, especialmente en lo referente a sesgos cognitivos, heurísticas y la teoría de las perspectivas. Sin embargo, en su esencia misma y en sus conclusiones políticas late una vieja tentación intelectual.

La falsa originalidad del sesgo

La economía del comportamiento suele enunciarse como una novedosa «refutación» empírica a la «racionalidad» económica y al homo economicus de la economía neoclásica. Los sesgos que padecen los individuos, así como los heurísticos a los que recurren —el Sistema 1 en términos de Kahneman— demuestran que no tomamos decisiones óptimas ni puramente lógicas.

Ante esta evidencia científica, demostrada por numerosos experimentos, llega la tentadora —y, como veremos, vetusta— conclusión: los individuos necesitan ayuda y guía en su toma de decisiones; necesitan, literalmente, empujones —nudges— para tomar decisiones correctas. «Los seres humanos a menudo necesitan ayuda para hacer juicios más acertados y tomar mejores decisiones, y en algunos casos, las políticas e instituciones pueden proporcionar esa ayuda», afirma Kahneman.[1] El autor va más allá y continúa: «la fe en la racionalidad humana está estrechamente relacionada con una ideología»[2], aludiendo directamente a Milton Friedman y a la Escuela de Chicago para advertir que la suposición de agentes racionales es la base intelectual de las políticas públicas libertarias.[3]

Sin embargo, esta supuesta originalidad en derribar el axioma clásico de la racionalidad económica es muy poco original, y la conclusión de que los ciudadanos requieren de reguladores expertos que los protejan de sus propias decisiones lo es aún menos. Este enfoque revela, en primer lugar, cierto desconocimiento de las aportaciones de la Escuela Austríaca de Economía. Mises fue pionero en afirmar que los seres humanos no son racionales en el sentido neoclásico —como agentes maximizadores—. Mises desarrolló el concepto praxeológico de hombre racional en tanto que toda acción es deliberada, intencionada, y orientada a alcanzar fines subjetivos. Es decir, que un individuo sea racional no exige que elija bien o maximice, la acción puede ser errónea y seguir siendo racional porque responde a fines subjetivos.

Por otro lado, la Teoría del Nudge y la propuesta de un «paternalismo libertario» en el que el Estado guíe sutilmente a los individuos no es más que una actualización de la vieja idea platónica de los filósofos reyes y del constructivismo racionalista. Aquí se muestra el olvido de Hayek, quien demostró que el conocimiento en la sociedad está disperso y fragmentado. Ningún comité de expertos puede centralizar dicha información, por lo que cualquier intento de diseñar las decisiones ajenas cae inevitablemente en la fatal arrogancia. La cuestión, por tanto, no es si los individuos se equivocan, sino por qué habríamos de suponer que quienes diseñan sus decisiones están libres de esos mismos límites.

La sospecha definitiva

Llegados a este punto, podemos concluir que la economía del comportamiento constituye una nueva hermenéutica de la sospecha: así como Marx sospechaba de la conciencia ideológica, Nietzsche de la moral y Freud del yo consciente, Kahneman sospecha de la capacidad del individuo para decidir de forma libre y coherente. En todos los casos, la tentadora idea de la necesidad de un filósofo, un economista o un experto que nos revele las fuerzas ocultas y nos saque de la caverna platónica.

Los filósofos de la sospecha desconfiaban de la conciencia del individuo; la economía del comportamiento desconfía de su capacidad de decidir. El liberalismo añade una sospecha final: desconfiar también de quienes afirman conocer mejor que nosotros lo que nos conviene.


[1] Daniel Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio, 10.ª ed. (Madrid: Debate, 2016), p.535.

[2] Ibid.

[3] Ibid.

Carlos Fuentes Nevado
Author: Carlos Fuentes Nevado

Estudiante de Economía e Historia en la Universidad de Salamanca, interesado en pensamiento político y liberalismo clásico.

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