(El artículo ha sido escrito por Gustavo Morales y José Francisco Morales Domínguez).
Un anciano jesuita es encarcelado por escribir sobre moneda. No por conspirar, ni por llamar a las armas, ni por organizar una revuelta, sino por escribir. Por escribir cuestionando públicamente la alteración del vellón (moneda de curso de la época) y denunciar que la manipulación monetaria no era una simple decisión técnica del poder, sino una forma encubierta de expolio.
A comienzos del siglo XVII, Juan de Mariana sabía perfectamente el riesgo que asumía. Había escrito antes sobre los límites del poder político en Del rey y de la institución real. Conocía la naturaleza de las cortes, las susceptibilidades del poder y el peligro de desafiar públicamente ciertas decisiones de Estado… y aun así escribió.
Resulta inevitable preguntarse hoy si aquello fue una temeridad política o la expresión de una determinada concepción de la persona. Porque quizá el aspecto más contemporáneo de Mariana no sea únicamente su crítica al poder arbitrario, sino algo más profundo: la idea de que existe un deber moral de conservar el juicio propio incluso cuando hacerlo implica costes personales.
La figura de Mariana resulta hoy sorprendentemente cercana. Vivimos en sociedades que celebran verbalmente la individualidad mientras castigan cada vez más el disenso real. Sociedades donde el miedo al coste reputacional, a la exclusión simbólica o a la desaprobación del grupo lleva a muchas personas a callar aquello que realmente piensan. En ese contexto, la vieja figura del jesuita talaverano adquiere una fuerza inesperada.
En nuestra última obra La persona singular intentamos precisamente reflexionar sobre esa tensión entre individuo y masa. Pero la persona singular no es simplemente alguien excéntrico o llamativo. Tampoco es el narcisista contemporáneo obsesionado con diferenciarse superficialmente de los demás. Y desde luego no equivale al individualismo consumista que reduce la libertad a una sucesión infinita de preferencias triviales.
La persona singular es, antes que nada, alguien que intenta no traicionarse. Y es que, mientras que hay personas que desean parecer diferentes, otras simplemente intentan conservar intacta su conciencia. La diferencia entre ambas actitudes es enorme. La primera busca aprobación mediante la apariencia de originalidad. La segunda acepta incluso la incomodidad social si con ello evita renunciar al propio criterio.
Mariana pertenece claramente a esta segunda categoría. Publicar De monetae mutatione no era rentable, ni cómodo, ni prudente en términos personales, no proporcionaba prestigio cortesano ni protección política. Más bien al contrario, suponía exponerse al castigo del poder en una época en la que el poder todavía conservaba medios bastante directos para castigar a quienes lo incomodaban.
Y sin embargo, Mariana escribe contra la manipulación de la moneda. Porque entiende que existe una responsabilidad intelectual inseparable de la verdad. Y quizá ahí se encuentra una de las grandes diferencias entre el individuo masa y la persona singular: el primero adapta su discurso al entorno; el segundo intenta adaptar su vida a aquello que considera verdadero.
A menudo se presenta a Mariana como un pensador audaz o incluso provocador. Pero quizá esa lectura sea insuficiente. No parece actuar como un revolucionario impulsivo ni como un agitador movido por el resentimiento. Lo que aparece en sus textos es más bien otra cosa: una profunda convicción de que el poder político debe reconocer límites y de que existen ámbitos de la vida humana que no pueden quedar completamente subordinados a la arbitrariedad del gobernante.
En Del rey y de la institución real, Mariana desarrolla una idea que atraviesa buena parte de la tradición salmantina: el poder político no es absoluto porque existe un orden moral que lo precede y lo limita. De ahí que, cuando aborda la manipulación monetaria (de manera somera en el capítulo VIII del libro III de Del rey y, con mayor profundidad, en De monetae mutatione), no la trate como una mera cuestión técnica o financiera. Alterar artificialmente el valor de la moneda significa apropiarse, de forma encubierta, del fruto del trabajo y del patrimonio de los ciudadanos. Es una forma de expolio y, por tanto, una cuestión de justicia antes que de economía.
Pero quizá lo más admirable no sea solo lo que Mariana escribió, sino la forma en que asumió las consecuencias de haberlo escrito. No recurrió al anonimato, no suavizó deliberadamente sus tesis ni buscó la protección de una facción poderosa. Publicó con su nombre y aceptó el riesgo que ello implicaba. Hay una profunda coherencia entre su pensamiento y su conducta: quien sostiene que el poder tiene límites debe estar dispuesto a aceptar el coste de recordárselos al propio poder.
Esa coherencia resulta especialmente llamativa en una época como la nuestra, donde con frecuencia confundimos el coraje con la comodidad de opinar desde el refugio de nuestro propio grupo. Muchas opiniones parecen audaces hasta que desaparece el aplauso que las protege. Mariana representa casi la actitud contraria: la conciencia individual antes que la seguridad colectiva.
Y, sin embargo, sería un error imaginarlo como un hombre encerrado en una torre de marfil. Uno de los pasajes más conmovedores de su biografía aparece en las páginas que dedica al doctor Calderón. Pasaron juntos un verano en el Piélago, cerca de Navamorcuende, mientras Mariana trabajaba en Del rey. Paseaban juntos al atardecer, conversaban y escribían. Pero también enfermaron, teniendo que pasar unas semanas en cama por unas fiebres, que ambos sufrieron. Se recuperaron y pudieron volver a Talavera. Pero semanas después, Calderón recaería “de las calenturas” y acabaría muriendo. Esa evocación, escrita con una sobriedad profundamente castellana (en Del Rey, Libro III, Capítulo XII), nos descubre a un Mariana distinto del polemista o del teórico del poder: el amigo que piensa caminando junto a otro amigo.
Hay algo profundamente humano en esa escena. Mariana no aparece encerrado, separado de los demás, sino caminando junto a un amigo con el que comparte enfermedad, reflexión y búsqueda intelectual. Y quizá ahí encontremos otra enseñanza olvidada.
La persona singular no vive aislada del mundo humano. Necesita amistad verdadera, conversación honesta y vínculos libres. El individualismo más profundo nunca consistió en convertir al hombre en un átomo solitario, sino en permitir que personas conscientes pudieran relacionarse libremente sin quedar disueltas en la masa ni sometidas por completo al poder.
Tal vez por eso nuestras sociedades producen simultáneamente hiperconexión y soledad. Nunca hemos estado tan acompañados digitalmente y, sin embargo, nunca ha resultado tan difícil mantener conversaciones honestas, amistades profundas o espacios reales de discrepancia intelectual. La masa contemporánea no siempre adopta la forma de uniformes o desfiles; a veces aparece bajo la forma mucho más amable de consensos emocionales permanentes y vigilancia reputacional difusa.
Frente a ello, Mariana sigue ofreciendo una imagen extraordinariamente moderna: la de un hombre que entiende que la libertad comienza en la conciencia y que la verdad tiene un coste que alguien debe estar dispuesto a asumir.
Pero también algo más. Porque la tradición liberal más profunda nunca entendió la libertad únicamente como ausencia de coerción. Desde Salamanca hasta Jefferson aparece también ligada a la posibilidad de construir una vida propia, digna y plenamente humana. La búsqueda de la felicidad no era originalmente una invitación al hedonismo, sino la aspiración a una vida compatible con la verdad, la responsabilidad y la libertad interior.
Quizá por eso resulta tan sugerente imaginar a Mariana caminando al atardecer junto a un amigo, conversando mientras cae la luz sobre los campos castellanos. No como símbolo de aislamiento, sino como recordatorio de que las sociedades libres dependen, en último término, de personas capaces de pensar por sí mismas sin renunciar por ello a la amistad, la verdad y la felicidad de los hombres libres.
Tal vez ese sea también el verdadero problema de nuestra época: no solo el exceso de poder, sino la renuncia voluntaria al juicio propio. Y quizá por eso Juan de Mariana sigue interpelándonos cuatro siglos después.
