Los acontecimientos internacionales de 2026 están obligando a los gobiernos a revisar supuestos que hace apenas unos años parecían relativamente cómodos. La continuación de la guerra en Ucrania, la operación estadounidense en Venezuela, la guerra de Estados Unidos e Israel contra el régimen iraní, las graves perturbaciones en el estrecho de Ormuz, las tensiones en el estrecho de Taiwán y el renovado debate sobre la defensa europea forman parte de un entorno internacional mucho más incierto. No constituyen un único conflicto, pero sí están relacionados por un elemento fundamental: todos los gobiernos observan lo que sucede en otros escenarios y actualizan sus expectativas sobre lo que aliados y adversarios están dispuestos —y son capaces— de hacer.
Precisamente por eso debemos ser prudentes con las predicciones. No creo que podamos determinar de antemano un año concreto en el que Xi Jinping vaya necesariamente a utilizar la fuerza contra la República de China en Taiwán. Tampoco podemos deducir exactamente lo que Donald Trump hará en un escenario futuro simplemente observando lo que ha hecho en Venezuela o frente al régimen iraní. Los gobernantes toman decisiones con información incompleta. Pueden subestimar al adversario, sobrevalorar sus propias capacidades, interpretar incorrectamente las intenciones de otros países o identificar correctamente un problema y, sin embargo, equivocarse en la solución o en el orden de aplicación de las políticas. Por tanto, la cuestión fundamental no es si los gobiernos se equivocan. Todos los gobiernos se equivocan. La verdadera cuestión institucional es qué ocurre después del error.
Ahí se encuentra, a mi juicio, una de las principales ventajas de la democracia liberal, la división del poder y las instituciones descentralizadas frente a un sistema autoritario. La democracia no garantiza buenos gobernantes ni buenas políticas económicas. La historia de Estados Unidos ofrece suficientes ejemplos de lo contrario. Su ventaja es otra: permite que el error siga siendo discutible. Un presidente puede perder las elecciones, una política puede ser revertida, el Congreso y los tribunales pueden limitar al Ejecutivo, la oposición puede reorganizarse y una idea rechazada por una generación puede volver a competir ante los ciudadanos años después.
La corrección democrática puede ser lenta, imperfecta e incluso producir nuevos errores. Pero una sociedad que conserva mecanismos para corregirse dispone de una ventaja fundamental frente a otra en la que un círculo político cada vez más reducido determina no solo las decisiones, sino también qué información resulta políticamente conveniente transmitir al poder.
La democracia no es una máquina para acertar
Existe una tendencia a defender la democracia enumerando sus éxitos. Creo que es más interesante observar sus errores. La política estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial ha oscilado repetidamente entre distintas concepciones del Estado, el mercado, la seguridad nacional y el papel internacional de Estados Unidos. Una orientación política aparentemente dominante puede entrar en crisis una década después. Una idea derrotada electoralmente puede sobrevivir, reformularse y convertirse años más tarde en parte de un nuevo consenso.
Dwight D. Eisenhower constituye un buen punto de partida. Su administración no fue libertaria. Mantuvo elementos fundamentales del New Deal, amplió la Seguridad Social e impulsó el sistema interestatal de autopistas. Sin embargo, mostró una disciplina fiscal considerablemente mayor que muchos gobiernos posteriores. El gasto federal como porcentaje del PIB descendió del 20,4 % al 18,4 % durante su presidencia y tres de sus ocho presupuestos estuvieron equilibrados. Buena parte de los años cincuenta combinó crecimiento económico con una inflación relativamente baja.
John F. Kennedy ofrece otro caso interesante. Kennedy defendió una importante reducción de impuestos para estimular la actividad económica, aunque la reforma fiscal se aprobó finalmente en 1964, después de su asesinato y bajo Lyndon B. Johnson. Su actuación durante la crisis de los misiles de Cuba muestra, además, la importancia del juicio político bajo condiciones de incertidumbre extrema. Kennedy rechazó tanto la pasividad como un ataque militar inmediato y optó por una cuarentena naval mientras mantenía abierta la negociación con la Unión Soviética. Pero el mismo Kennedy había sufrido poco antes el desastre de Bahía de Cochinos.
Esta diferencia es importante. Un presidente puede ejercer un juicio extraordinariamente prudente en una crisis y equivocarse gravemente en otra. Una buena política fiscal no convierte automáticamente en correcta su política exterior. Una victoria militar tampoco demuestra la calidad de su política económica. Los políticos no deberían analizarse como paquetes ideológicos que debemos aceptar o rechazar por completo.
De Johnson a Reagan: cuánto puede tardar una corrección
La presidencia de Lyndon B. Johnson permite observar hasta qué punto puede cambiar rápidamente la orientación política de un país. Su administración impulsó una legislación de derechos civiles de enorme importancia histórica, que conviene distinguir de la discusión económica sobre la Great Society. Al mismo tiempo, sus programas sociales ampliaron considerablemente el papel del Gobierno federal, mientras la escalada de la guerra de Vietnam generó enormes costes humanos, fiscales y políticos.
La elección presidencial de 1964 resulta especialmente interesante. Barry Goldwater sufrió una derrota extraordinariamente amplia frente a Johnson. Si hubiéramos detenido la historia estadounidense en noviembre de 1964, habría parecido razonable concluir que sus propuestas de limitar el crecimiento del Estado, reducir impuestos y adoptar una posición más firme frente al comunismo soviético habían sido rechazadas definitivamente por los votantes. Pero una democracia no termina el día después de unas elecciones. Goldwater perdió. Sus ideas no fueron prohibidas.
El discurso de Ronald Reagan en apoyo de Goldwater, A Time for Choosing, se convirtió en uno de los momentos decisivos de la trayectoria política de Reagan. Dos años después sería elegido gobernador de California y, dieciséis años después de la derrota de Goldwater, llegaría a la Casa Blanca.
Este caso ilustra bien lo que entiendo por capacidad de corrección democrática. Una sociedad puede tardar mucho tiempo en reconsiderar una determinada orientación política. Puede necesitar años de resultados decepcionantes, debate intelectual, cambio generacional y emprendimiento político.
Richard Nixon fue parte de la reacción política contra el desorden de finales de los años sesenta, pero sería incorrecto presentarlo como un precursor económico directo de Reagan. Su administración recurrió a controles de precios y salarios e incluso introdujo temporalmente un recargo del 10 % sobre las importaciones. La elección de un presidente republicano no produjo automáticamente una corrección liberalizadora. En política exterior, sin embargo, Nixon realizó un cambio estratégico de enorme importancia mediante su apertura hacia Pekín. No se trataba de altruismo diplomático. Estados Unidos aprovechó la ruptura sino-soviética para mejorar su posición frente a Moscú.
Este episodio continúa siendo relevante porque las alianzas internacionales rara vez se basan en la caridad. Los Estados cooperan cuando sus intereses convergen. Arabia Saudí puede colaborar con Estados Unidos frente al régimen iraní porque una reducción del poder iraní beneficia también a Riad. Europa puede necesitar el compromiso militar estadounidense y, simultáneamente, discrepar con Washington en materia comercial. Estados Unidos puede defender a determinados aliados porque esa defensa también protege sus propios intereses estratégicos.
Las alianzas son más fáciles de comprender cuando analizamos incentivos e intereses en lugar de convertir la política internacional en una historia de amistades y enemistades permanentes.
Carter y Reagan: la corrección nunca es tan sencilla
Las crisis económicas de los años setenta transformaron nuevamente la política estadounidense. Inflación elevada, shocks petroleros y bajo crecimiento pusieron en cuestión la confianza en la capacidad del Estado para gestionar la economía mediante políticas convencionales de demanda. La revolución iraní, la crisis de los rehenes y la invasión soviética de Afganistán reforzaron además la percepción de debilitamiento estadounidense. Sin embargo, tampoco sería correcto convertir a Jimmy Carter en una caricatura simplemente porque Reagan lo derrotó.
Carter impulsó importantes procesos de desregulación en sectores como las aerolíneas, el transporte por carretera y el ferrocarril. También avanzó en la liberalización de los precios energéticos. Y fue Carter quien nombró a Paul Volcker presidente de la Reserva Federal en 1979. El fuerte endurecimiento monetario que acabaría siendo decisivo para derrotar la inflación comenzó antes de la llegada de Reagan a la Casa Blanca.
Reagan, no obstante, representó un cambio ideológico mucho más claro. Redujo considerablemente los tipos marginales del impuesto sobre la renta, impulsó la desregulación y defendió una visión mucho más escéptica sobre la capacidad del Estado para dirigir la economía. El tipo marginal máximo del impuesto federal sobre la renta pasó del 70 % cuando llegó a la presidencia al 28 % al finalizar su mandato.
Considero positiva buena parte de aquella orientación, pero aplicar el principio de policy before party significa reconocer también sus contradicciones. Reagan incrementó considerablemente el gasto militar, no consiguió reformar de manera fundamental los grandes programas de prestaciones y gobernó con importantes déficits fiscales. Bajar impuestos no basta para limitar al Estado si no se controla simultáneamente el gasto.
La secuencia Goldwater-Reagan sigue siendo, sin embargo, extraordinariamente ilustrativa. Entre la derrota electoral de 1964 y la victoria de Reagan en 1980 transcurrieron dieciséis años. Las ideas pueden perder elecciones sin desaparecer. Los movimientos políticos pueden aprender. Los votantes pueden cambiar de opinión. Prefiero la imperfección de ese proceso competitivo a la aparente eficiencia de un sistema en el que el poder político decide qué ideas pueden competir.
Clinton y Bush: aprender también significa poder desaprender
Bill Clinton demuestra por qué este proceso tampoco puede interpretarse simplemente como una sucesión de republicanos corrigiendo a demócratas. Durante los años noventa, sectores importantes del Partido Demócrata habían incorporado parte de las lecciones políticas y económicas de las décadas anteriores. Clinton apoyó el NAFTA, firmó la reforma del sistema de welfare y gobernó durante un periodo de importante consolidación fiscal. A finales de los noventa, el presupuesto federal registró superávits. Clinton no se convirtió por ello en un republicano reaganiano. El fenómeno interesante es otro: la competencia política puede obligar también al partido contrario a aprender.
Una política que obtiene buenos resultados no pertenece permanentemente al partido que originalmente la defendió. El adversario puede incorporarla, modificarla y combinarla con otras ideas. La corrección democrática no se produce únicamente sustituyendo un gobierno por otro; también puede producirse cuando los partidos cambian internamente.
George W. Bush demuestra, a continuación, que ninguna corrección es irreversible. Bush redujo impuestos, algo que desde una perspectiva liberal puede estar justificado, pero no acompañó esa reducción con una disminución equivalente del gasto público. Aumentaron diferentes partidas de gasto, se expandieron compromisos públicos y las guerras de Afganistán e Irak añadieron enormes costes. El presupuesto federal volvió rápidamente al déficit.
Aquí aparece una confusión frecuente en el debate político: un Estado no se hace pequeño simplemente porque recaude menos. Si continúa gastando mucho más de lo que ingresa, la factura no desaparece. Se traslada al endeudamiento, a los contribuyentes futuros o a otros desequilibrios económicos. La corrección democrática, por tanto, no sigue una línea recta. Una corrección puede convertirse en exceso. Una reforma puede ser revertida. Un partido puede aprender y posteriormente olvidar. Los votantes pueden sustituir una mala política por otra mala política. La ventaja de la democracia no consiste en impedir todo esto. Consiste en mantener abierta la posibilidad de volver a corregir.
Trump: acertar en el problema no significa acertar en todas las soluciones
Esta historia explica también mi forma de evaluar a Donald Trump. No considero intelectualmente útil ni la admiración incondicional ni la condena automática. Trump ha identificado correctamente algunos problemas que buena parte de las élites políticas occidentales subestimaron durante años. Europa debe asumir una mayor responsabilidad por su propia defensa. Los regímenes autoritarios no deberían llegar a la conclusión de que Estados Unidos ha perdido completamente su voluntad de emplear poder. Una regulación excesiva puede frenar la inversión y el emprendimiento, mientras una fiscalidad demasiado elevada puede reducir los incentivos para producir e invertir.
Pero identificar correctamente un problema no garantiza que todas las soluciones sean coherentes entre sí. Trump parece aproximarse a la política con parte de la mentalidad de un empresario que quiere obtener resultados visibles en un periodo limitado. Esa actitud puede generar energía y capacidad de decisión. Pero también puede provocar un problema de secuenciación de políticas: todo se vuelve urgente al mismo tiempo. Aranceles, inflación, reducción de impuestos, gasto público, defensa europea, política industrial, relaciones con Canadá, relaciones con la Unión Europea, Oriente Medio y competición estratégica con el Partido Comunista Chino interactúan entre sí. Una política puede dificultar los objetivos de otra.
Europa constituye un buen ejemplo. Estoy de acuerdo con Trump en una cuestión fundamental: los miembros europeos de la OTAN deben asumir una parte mayor del coste de su propia defensa. Europa no puede esperar indefinidamente que el contribuyente estadounidense financie una parte desproporcionada de su seguridad mientras el gasto militar queda subordinado a compromisos políticos internos. Pero si Washington necesita simultáneamente la cooperación europea frente a Rusia, el régimen iraní y otros desafíos estratégicos, abrir conflictos comerciales con sus principales aliados puede debilitar precisamente la coalición que pretende reforzar. Lo mismo ocurre con Canadá.
Desde una perspectiva liberal clásica, además, existe una contradicción evidente entre defender un Estado más limitado y recurrir simultáneamente a nuevas transferencias públicas de gran escala. La misma crítica fiscal que aplicaríamos a un gobierno demócrata debe aplicarse a una administración republicana. Cambiar el partido no cambia las leyes económicas.
Irán, energía y el regreso de la geopolítica a la economía
La guerra de 2026 contra el régimen iraní hace todavía más visibles estas contradicciones. Las primeras operaciones militares demostraron una capacidad militar estadounidense e israelí considerable. Resultaría sorprendente que Pekín no estuviera estudiando cuidadosamente estas operaciones y sus posibles implicaciones para su propia planificación militar. La disuasión depende en parte de lo que el adversario crea que estamos dispuestos y somos capaces de hacer. Pero la guerra también demuestra los límites del poder militar.
La perturbación del tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz ha afectado al mercado energético internacional. Aproximadamente una quinta parte de los flujos mundiales de petróleo y gas natural licuado transitaban por este estrecho antes del conflicto. Los efectos han alcanzado directamente a Europa, Estados Unidos y China continental.
Hace poco, durante una clase sobre inflación, pedí a mis estudiantes que analizaran con inteligencia artificial diferentes factores que podían explicar la evolución de los precios. La energía apareció inmediatamente como una variable fundamental. Les mostré entonces la experiencia estadounidense de los años setenta y principios de los ochenta, cuando la inflación llegó a superar el 10 %, y les pedí que relacionaran aquellos datos con las guerras, revoluciones y crisis energéticas de Oriente Medio.
Es un ejercicio sencillo, pero ayuda a comprender algo fundamental: un conflicto situado a miles de kilómetros puede acabar afectando al precio que una familia paga por llenar el depósito, calentar su vivienda o comprar productos cuyo transporte y fabricación requieren energía. La división internacional del trabajo ha aumentado enormemente nuestra prosperidad, pero también significa que las economías están profundamente conectadas.
Para Pekín, por tanto, la lección de la guerra no puede reducirse a que “Estados Unidos atacó al régimen iraní y, por tanto, Xi está ahora más disuadido”. Las capacidades militares estadounidenses pueden reforzar la disuasión. Al mismo tiempo, el régimen iraní ha demostrado que un actor militarmente inferior puede imponer costes económicos significativos amenazando rutas de transporte e infraestructuras energéticas. Los adversarios aprenden también de nuestros éxitos.
Taiwán y el peligro de una decisión basada en información equivocada
Todo ello nos devuelve al estrecho de Taiwán. Soy escéptico ante los intentos de transformar escenarios militares en predicciones deterministas según las cuales Xi Jinping necesariamente utilizará la fuerza contra la República de China en Taiwán en un año determinado. Los planificadores militares necesitan escenarios y horizontes temporales. El análisis político no debería confundir esos escenarios con conocimiento sobre el futuro.
Ucrania importa. Irán importa. La política japonesa importa. Las elecciones estadounidenses importan. La capacidad defensiva de Taiwán importa. La situación económica de China continental importa. La credibilidad militar estadounidense importa. Y, sobre todo, importa lo que Xi Jinping y la dirección del Partido Comunista Chino crean acerca de todas estas variables. Muchas guerras no comienzan porque un dirigente desee conscientemente una guerra larga y costosa, sino porque espera una guerra breve y barata.
Un gobierno puede creer que el adversario no luchará, que una alianza se romperá, que las sanciones fracasarán, que la población no resistirá o que una operación militar terminará rápidamente. Cuando esas expectativas son incorrectas, una decisión aparentemente racional dentro de un conjunto de supuestos equivocados puede convertirse en una catástrofe. Por eso la seguridad de Taiwán depende en buena medida de impedir que Pekín llegue a la conclusión de que una acción militar sería barata.
La disuasión necesita capacidad militar, pero también comunicación. Una cierta imprevisibilidad estratégica puede aumentar la prudencia del adversario; demasiada imprevisibilidad puede aumentar el riesgo de error. Fuerza sin comunicación puede favorecer la escalada. Comunicación sin fuerza creíble puede incentivar el oportunismo. Encontrar el equilibrio es uno de los principales problemas de la política internacional.
Xi Jinping y el problema de corregir al poder
Aquí aparece la diferencia institucional más importante. No sostengo que un sistema autoritario sea incapaz de adoptar buenas decisiones. Precisamente lo contrario: la concentración del poder puede permitir una gran rapidez de ejecución, movilización de recursos y continuidad política. Cuando la decisión adoptada desde arriba es correcta, esa capacidad puede parecer extraordinariamente eficiente.
El problema comienza cuando la decisión es incorrecta. Bajo Xi Jinping, la elaboración de la política exterior de China continental se ha centralizado considerablemente alrededor de la dirección del Partido Comunista Chino. Esto no significa que Xi decida personalmente cada cuestión ni que los ministerios, empresas estatales, fuerzas armadas y administraciones territoriales hayan dejado de producir información.
La cuestión es otra: cuanto más depende una carrera política de transmitir hacia arriba información compatible con las preferencias del liderazgo, mayor es el riesgo de que la información incómoda llegue tarde, deformada o simplemente no llegue.
Aquí resulta útil Hayek. El problema fundamental no es que un gobernante sea poco inteligente. Un dirigente extraordinariamente inteligente continúa enfrentándose a conocimiento disperso que no posee personalmente. La información relevante se encuentra entre millones de individuos, empresas, administraciones, especialistas, consumidores, militares y gobiernos extranjeros. La concentración de poder no concentra automáticamente ese conocimiento.
Las democracias tampoco resuelven el problema. Lo que hacen es multiplicar los mecanismos capaces de revelar errores. La oposición puede criticar al gobierno. Los parlamentos pueden investigar. Los periodistas pueden revelar información. Los académicos y think tanks pueden cuestionar las hipótesis oficiales. Los tribunales pueden limitar determinadas decisiones. Los votantes pueden sustituir a los gobernantes.
Todos esos mecanismos pueden funcionar mal. Pueden ser partidistas, lentos, ruidosos e incluso irresponsables. Pero impiden que exista una sola interpretación políticamente permitida de la realidad. Un sistema autoritario puede avanzar más rápidamente precisamente porque elimina muchos de estos obstáculos. Esa rapidez constituye una ventaja mientras la dirección sea correcta. Cuando la dirección es equivocada, puede convertirse en una enorme desventaja.
La libertad como mecanismo de corrección
La historia estadounidense tampoco demuestra que la democracia se corrija automáticamente. Goldwater necesitó dieciséis años para pasar de una derrota electoral histórica a una transformación ideológica que culminaría con Reagan. La inflación sobrevivió a distintas administraciones. Carter inició reformas que Reagan continuó. Reagan obtuvo éxitos importantes y dejó también déficits considerables. Clinton incorporó elementos de una orientación más favorable al mercado. George W. Bush volvió a ampliar el déficit. No existe una marcha inevitable de la historia hacia un Estado más limitado.
La ventaja es más modesta y, precisamente por ello, más convincente: el error político no tiene por qué ser definitivo. Una sociedad libre puede reconsiderar sus decisiones. Lo mismo sucede en la economía. La superioridad del mercado no consiste en que los empresarios acierten siempre. Quiebran precisamente porque pueden equivocarse. Su ventaja es que existen mecanismos de pérdidas y ganancias, competencia y entrada que permiten descubrir y corregir errores sin que una única autoridad tenga que conocer de antemano la solución correcta.
No podemos trasladar mecánicamente este mecanismo al sistema político. Pero la intuición institucional es similar: cuando sabemos que las personas son falibles, debemos desconfiar de estructuras que convierten el error de una persona o de un pequeño grupo en una decisión difícil de cuestionar. Por eso mi defensa de la democracia liberal no se basa en creer que los políticos democráticos sean intelectualmente superiores a Xi Jinping ni a cualquier otro dirigente autoritario. Se basa precisamente en lo contrario. Nadie sabe lo suficiente como para gobernar sin límites.
Europa también tendrá que elegir
Europa se enfrenta ahora a su propia versión de este problema. Durante décadas, muchos países europeos pudieron combinar amplios Estados del bienestar con un gasto militar relativamente reducido, en parte porque Estados Unidos asumía una proporción extraordinaria de la carga de seguridad occidental. Ese modelo resulta cada vez más difícil de sostener ante la guerra en Ucrania, la inestabilidad de Oriente Medio, la vulnerabilidad energética y el aumento de la competición estratégica internacional.
Europa no puede exigir simultáneamente autonomía estratégica, un gasto social creciente, energía barata, impuestos moderados, un esfuerzo militar mínimo y una garantía estadounidense permanente sin afrontar restricciones presupuestarias. La escasez no desaparece cuando hablamos de seguridad nacional.
Esto tampoco significa que Europa deba seguir automáticamente a Washington. Una Europa capaz de defenderse tendría precisamente mayor capacidad para discrepar de Estados Unidos cuando sus intereses no coincidan. La autonomía estratégica sin capacidad económica y militar es solamente retórica.
Del mismo modo, Estados Unidos debería entender que unos aliados económicamente fuertes son también aliados estratégicamente más útiles. Presionar a Europa para que gaste más en defensa y, al mismo tiempo, dificultar el comercio con Europa puede resultar contraproducente. El libre comercio entre aliados y una distribución más equilibrada de las responsabilidades de seguridad no son objetivos incompatibles.
La ventaja de poder decir: nos equivocamos
Los acontecimientos de 2026 no ofrecen una respuesta definitiva sobre Trump, Xi, el régimen iraní o Taiwán. Ofrecen nueva información.
Trump ha demostrado una disposición a emplear el poder estadounidense que puede reforzar la disuasión. La prolongación y los costes económicos de la guerra contra el régimen iraní recuerdan, al mismo tiempo, los límites de la intervención militar. La crisis de Ormuz muestra la vulnerabilidad energética de China continental, pero también demuestra que una potencia relativamente débil puede imponer costes a adversarios mucho más poderosos. Europa está descubriendo que no puede externalizar indefinidamente su propia seguridad. Pekín estudia las capacidades estadounidenses y Washington intenta comprender cómo Pekín interpreta esas capacidades. En un mundo así, el juicio político importa enormemente.
Mi preferencia por la democracia liberal, el Estado limitado, la propiedad privada y la economía de mercado no parte de la idea de que los gobernantes democráticos sean mejores seres humanos. Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Carter, Reagan, Clinton, Bush y Trump ofrecen demasiados ejemplos de aciertos y errores para sostener semejante afirmación.
El argumento a favor de una sociedad libre es más fuerte precisamente porque los seres humanos somos falibles. Si los gobernantes fueran omniscientes, concentrar el poder podría ser eficiente. Si el Estado conociera siempre la política económica correcta, la competencia política parecería innecesaria. Si un presidente pudiera anticipar perfectamente todas las consecuencias de una intervención militar, los límites institucionales parecerían una pérdida de tiempo. Pero ese mundo no existe.
El conocimiento está disperso. Los incentivos importan. La incertidumbre no puede eliminarse. Por eso los mercados necesitan competencia y el poder político necesita límites. El aparente desorden de una democracia puede ser precisamente el ruido que produce una sociedad cuando descubre que se ha equivocado.
La historia estadounidense desde Goldwater hasta Reagan, desde las reformas de Carter hasta la transformación de los años ochenta, desde la consolidación fiscal de Clinton hasta el regreso de los déficits con George W. Bush demuestra que la corrección puede tardar años y nunca queda asegurada para siempre. Una generación puede corregir un error y la siguiente crear otro. Aun así, prefiero un sistema en el que el péndulo pueda volver a moverse.
En el estrecho de Taiwán, esta diferencia institucional puede acabar siendo más importante que muchas predicciones sobre el año exacto de un hipotético conflicto. El peligro no consiste únicamente en que Xi Jinping pueda desear utilizar la fuerza. El peligro mayor sería que un liderazgo altamente centralizado llegara a convencerse erróneamente de que una guerra sería breve, barata y victoriosa, mientras los mecanismos internos capaces de cuestionar esa conclusión resultaran demasiado débiles.
Estados Unidos debe evitar el error contrario: confundir capacidad de disuasión con omnipotencia, o imprevisibilidad estratégica con incoherencia. La paz necesita fuerza, pero también información correcta, instituciones capaces de cuestionar al poder, economías resistentes, alianzas creíbles y gobernantes capaces de aceptar que algunas de sus propias hipótesis pueden estar equivocadas. El verdadero examen de un sistema político no consiste en comprobar si comete errores. Todos los sistemas políticos los cometen.
La cuestión decisiva es si, después de cometerlos, permite reconocerlos, decir públicamente que son errores, sustituir a quienes los cometieron cuando sea necesario y cambiar de rumbo antes de que sus consecuencias sean irreversibles. Esa capacidad de corrección no es una debilidad de una sociedad libre. Es una de sus mayores fortalezas.

