Con la invasión de Ceuta por parte de miles de inmigrantes procedentes de Marruecos y de otros países africanos, se ha abierto en algunos medios el debate sobre las posibles sanciones que cabría establecer por parte del Gobierno español hacia el régimen de Marruecos, bien como represalia, bien como forma de presionarlo para que acceda a readmitir a sus naturales, ahora instalados de mala manera en la ciudad española. Las medidas propuestas en el debate público contra el régimen marroquí son, en su mayor parte, económicas, colocando en un lugar menor las medidas políticas, pero el problema es que las medidas que afectan al comercio o a las relaciones comerciales están basadas, a mi entender, en una mala o muy mala teoría económica. Son casi todas ellas fruto de ideas mercantilistas que, a pesar del tiempo, se resisten a desaparecer, o de su actualización al tiempo en que vivimos en forma de lo que antes se denominaba economía nacional. Los análisis geopolíticos que subyacen a este tipo de interpretación económica no dejan de tener interés, pero descansan en una visión de la economía trasnochada y sin rigor alguno, aunque muy presente en la mente de los gobernantes y más aún en la visión popular de las relaciones económicas.
La cuestión es que, si este análisis económico es incorrecto, su aplicación a la geopolítica sólo puede generar confusión y, en el peor de los casos, podría ser contraproducente para conseguir los objetivos buscados, incluso desde el propio paradigma de la economía nacional. Esto es, si la aplicación de medidas de guerra económica contra otro Estado daña a sectores muy relevantes del que inicia la sanción, la capacidad económica de este se verá reducida y, con ella, la posibilidad de sostener una influencia duradera en el espacio internacional. La vieja política de arruinar a tu vecino, tan característica de la economía nacional clásica, para que no pueda ser un rival acaba por arruinar a los dos, en beneficio de terceras potencias, que sin duda aprovecharán la oportunidad.
Se propone cortar el comercio con Marruecos dejando de importar sus productos y dificultando el acceso de estos a los mercados europeos, bloqueando el acceso marítimo por el Estrecho o incluso impidiendo la carga de camiones o su circulación por las carreteras con los productos de su agricultura o su industria. De hecho, no dejan de surgir denuncias contra la “invasión” de productos agrarios marroquíes, e incluso se critica el incremento de las ventas de pescado con el mismo origen en las lonjas españolas. También se propone dificultar el tráfico de los originarios de Marruecos en sus viajes de vacaciones a su tierra de origen desde distintos países europeos, especialmente de los provenientes de Francia, con controles en las carreteras u obstaculizando su acceso a los ferris de transporte de personas y vehículos que operan desde Algeciras. En fin, se trataría de ocasionar molestias a las industrias y personas del reino vecino. Por supuesto, hay también propuestas de repatriación de inmigrantes ilegales y medidas de corte más político, pero lo primero que se resalta es causar daños económicos y empobrecer al vecino.
La política de empobrecer al vecino es típica de algunos idearios geopolíticos —no de todos, obviamente— y defiende que es conveniente que tu vecino no florezca económica, militar o culturalmente porque, si lo hace, podría dominarnos u ocupar un lugar mejor que el nuestro en el escenario internacional. Es el discurso que subyace en la llamada trampa de Tucídides, que afirma que muchas guerras se producen cuando la potencia dominante decide atacar a la emergente antes de que esta pueda convertirse en un competidor. Tiene cierta lógica si se piensa en un mundo de suma cero, en el que uno domina, pero a costa de subordinar a otros. Al ser un discurso muy extendido entre las clases dirigentes de los países y sus asesores, es el que se aplica muchas veces en la dinámica internacional, y asume que las relaciones entre los Estados son siempre de conflicto y nunca de cooperación. Que lo hayan sido con frecuencia en el pasado no quiere decir que esta forma de entender las relaciones entre Estados tenga por qué mantenerse siempre de la misma forma en el futuro.
La única ganancia de empobrecer al vecino, como se propone con este tipo de sanciones, es la de evitar que adquiera fuerza para poder disputar con la potencia ya desarrollada. El coste es empobrecer también a esta, al tener que renunciar a mercados ya consolidados para vender y tener que adquirir los insumos hasta ahora importados de otros lugares, por lógica más caros o de peor calidad. Es muy probable que, de consumarse la ruptura, el país sancionador también se empobrezca si lo medimos de forma agregada, pero el problema está en que este empobrecimiento no se producirá de forma igual para todos; esto es, existirán sectores económicos concretos o empresas que se arruinarán por completo, al estar su comercio centrado en el otro país o proceder de este sus insumos; otros a los que les será más o menos indiferente, y otros que incluso ganarán al librarse de la competencia del otro país. No hay un reparto uniforme del empobrecimiento, y esto casi seguramente despertará tensiones políticas.
Otro problema añadido es que contar con vecinos pobres no es precisamente una garantía de estabilidad y buena vecindad. España, por ejemplo, no sólo no tiene grandes conflictos con sus vecinos ricos, sino que, cuando hay dificultades en alguno de ellos, sean catástrofes naturales o dificultades económicas, como la crisis de 2008, existe algún tipo de ayuda mutua. Es más fácil que ayude el que tiene recursos que el que no los tiene, aun queriendo este último. Tener vecinos ricos también ayuda a contar con mercados solventes para nuestros productos, por la misma razón antes expuesta: compra más el que puede que el que no puede hacerlo. La prosperidad es, además, una suerte de seguro de estabilidad social y de que no se den grandes movimientos de población entre territorios.
Supongamos ahora que España empobrece a su vecino del sur. ¿Qué consecuencias podría tener?
La primera es destruir un mercado en el que España no funciona mal, pues hasta este año el saldo comercial le fue positivo, en términos agregados, como antes se recordó. Un país mucho más pobre en nuestra frontera incrementará no sólo el número potencial de inmigrantes que deseen acceder a territorio español, sino también el interés y las ganas de hacerlo. Esto podría conducir también a desestabilizar políticamente al país vecino, lo que podría dar lugar a conflictos con otros países vecinos y también a una mayor presión migratoria, que afectaría a otros países europeos.
Económicamente, como ya recordó David Hume hace varios siglos, no interesa para nada tener un vecino pobre. Es una fuente de gastos, una pérdida de ingresos, la destrucción de muchas empresas y, además, al no tener nada que perder, una fuente permanente de conflictos. Es más, interesaría todo lo contrario: un país vecino rico y pacífico que tuviese algo que perder con un conflicto. Esto es algo que los viejos liberales ya advirtieron hace mucho tiempo, llegando incluso a proponer seguir comerciando con el agresor, como bien recuerda Edmund Silberner en su olvidado clásico La guerra en el pensamiento económico. Destruir los intercambios económicos contribuye bien poco a finalizar los conflictos, mientras que mantenerlos sirve para exhibir lo absurdo de la situación.
No faltan ejemplos recientes, como la supresión del comercio energético con Rusia, que sólo ha logrado el declive económico de quienes imponen las sanciones, como Alemania, sin haber conseguido a cambio finalizar el conflicto o hacer desistir a los gobernantes rusos. Estos han conseguido comercializar sus productos o importar los bienes necesarios para su industria triangulando el comercio con terceros países.
Para confrontar amenazas híbridas acostumbra a ser mejor política usar estrategias semejantes, y existen unas cuantas que pueden lograr su objetivo sin romper con los intercambios económicos, que, como vimos, no sólo son contraproducentes, sino que afectan de forma desmedida a personas completamente ajenas a los orígenes del conflicto. En casos como este, no sólo es menos dañino, sino más eficaz, amenazar con usar estrategias de desestabilización política o buscar alianzas con rivales estratégicos del reino vecino. Por ejemplo, Sánchez está reforzando sus alianzas con Argelia, tanto en el ámbito económico como en el político. El verdadero rival estratégico del reino alauí es Argelia, no España; sólo hay que ver los mapas del Gran Marruecos para comprobarlo, y reforzar a esta república puede hacer que el Gobierno marroquí se sienta verdaderamente amenazado en sus intereses y reflexione sobre sus políticas.
También se puede reforzar a la resistencia saharaui, con apoyo económico o político, de tal forma que el régimen marroquí tenga que afrontar de nuevo un conflicto que ya daba casi por superado. La nacionalización española de los antiguos españoles del Sahara Occidental o de sus descendientes residentes en Marruecos es también una medida política que afecta a la estrategia marroquí; de hecho, puede estar detrás de la agresividad que está mostrando su Gobierno con respecto a España.
También se puede hacer uso de otras herramientas políticas, como la agitación política en el Rif, territorio que ha experimentado revueltas populares recientemente y que ha sido marginado durante mucho tiempo por el actual régimen. Los rifeños cuentan con una larga tradición de resistencia política, y muchos de ellos sostienen reivindicaciones de autonomía política, contando con el precedente de la República del Rif, de efímera existencia en los años veinte del siglo pasado. También se podría amenazar con respaldar revueltas de tipo social como las que han estallado hace poco tiempo en relación con las pocas expectativas de futuro de su juventud.
En definitiva, muchas de las políticas que se están proponiendo para afrontar las recurrentes crisis con Marruecos pueden ser contraproducentes, mientras que se ponen en un segundo plano medidas de otro tipo que sí podrían ser políticamente más eficaces, pero que se subordinan a la guerra económica.
Serie ‘Sobre el anarcocapitalismo’
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