¿Somos las mujeres más fáciles de engañar? La pregunta circula con la ligereza de una broma de sobremesa, pero merece una respuesta seria: no. Lo que sí hubo —y en Cuba hay evidencia suficiente para documentarlo— fue una manipulación concreta, dirigida a toda una sociedad, que se presentó durante décadas bajo el nombre de liberación femenina.
A partir de 1959, la propaganda revolucionaria construyó un relato ordenado: la mujer cubana, atrapada hasta entonces en el hogar y subordinada al hombre que sostenía la economía familiar, sería emancipada por la Revolución a través del trabajo. El relato tenía una parte de verdad —muchas mujeres accedieron por primera vez a educación técnica y a una vida profesional propia— y una omisión decisiva: la economía centralizada no incorporó a la mujer al trabajo por convicción igualitaria, sino porque necesitaba mano de obra barata y abundante en el momento exacto en que el Estado se disponía a ocupar el lugar que hasta entonces ocupaba la familia.
Esa sustitución tuvo instrumentos precisos: los círculos infantiles, los comedores obreros, la doble jornada convertida en virtud cívica. No se trataba solo de que la mujer trabajara, sino de que el cuidado de los hijos, la alimentación y la organización de la vida cotidiana dejaran de depender del hogar y pasaran a depender del Estado. La familia, como unidad que se sostenía a sí misma antes de cualquier plan quinquenal, perdió terreno frente a una administración central que prometía sustituirla con ventaja.
El resultado no quedó en el terreno de las impresiones. En 1958, la participación femenina en la fuerza laboral cubana era del 12%; hacia 1995 había subido al 42,3%. En ese mismo período, la proporción de mujeres que rompían el vínculo marital —por divorcio o separación— creció un 134% entre 1970 y 1981, y la tasa de divorcialidad alcanzó su punto más alto en 1993, con seis divorcios por cada mil habitantes, en plena crisis del período especial. Especialistas cubanos que estudiaron el fenómeno en esos mismos años señalaron el cambio en la posición social de la mujer a partir de 1959 como uno de los factores que explican esas cifras, junto a una natalidad que dejó de garantizar el reemplazo generacional.
Los mismos especialistas señalaron otro dato que rara vez se menciona junto a las cifras de divorcio: la edad promedio a la primera unión se redujo a 18,4 años hacia finales de los años ochenta, en lo que los estudios demográficos cubanos describieron como un «rejuvenecimiento de la nupcialidad». Ese adelanto llegó acompañado de la subvaloración de las dificultades reales de la vida en pareja, la idealización de que el matrimonio resolvería por sí solo lo que aún no se había resuelto, y la ausencia de un modelo de comunicación adecuado entre los cónyuges, todo ello agravado por un déficit crónico de vivienda que obligaba a las parejas jóvenes a convivir hacinadas junto a otra generación. Leído junto a estos factores, el aumento del divorcio no es evidencia de que la mujer cubana se volviera más libre ni de que empezara a elegir peor: es el síntoma de un sistema que aceleró las uniones y, al mismo tiempo, desmontó las condiciones materiales y formativas que cualquier persona necesita para elegir bien.
La otra mitad de esa sustitución —la que rara vez se cuenta— es lo que le ocurrió al hombre. El Estado revolucionario no solo desplazó a la familia como unidad que organizaba el cuidado: reclamó también al hijo varón, incluso antes de que llegara a ser padre, como recurso disponible para sus propios fines, por encima de cualquier obligación con su hogar. Desde 1963 el Servicio Militar General es obligatorio para todo varón cubano al cumplir los dieciocho años, un mínimo de dos años que el Estado impuso sin reconocer la objeción de conciencia. Antes de esa edad, la Escuela al Campo y la Escuela en el Campo —que en 1972 llegaron a internar a más de 750.000 adolescentes en edad escolar— normalizaron que el hogar cediera al hijo por semanas o meses enteros en nombre de forjar al «hombre nuevo». Y durante décadas, las movilizaciones agrícolas y el trabajo voluntario reclamaron también el tiempo del hombre ya adulto, bajo la lógica de que su fuerza de trabajo pertenecía primero a la producción y después, si sobraba algo, a la familia. Puesto a producir de ese modo —sin margen real para decidir dónde trabajar, cuánto tiempo dedicarle a los suyos o cómo sostener económicamente su propio hogar sin depender de una asignación estatal—, el hombre cubano quedó tan desplazado como la mujer, solo que en otro terreno: el cuartel, el campo, la fábrica, en lugar del hogar que el relato oficial le había prometido liberar a ella.
Ninguno de estos datos prueba que la mujer cubana estuviera mejor encerrada en casa. Prueban algo más: que lo que se vendió como evolución fue, en buena medida, una redefinición conveniente de lo que la mujer debía ser para que el sistema funcionara. El empoderamiento real no se mide en tasas de participación laboral que el Estado necesita, sino en la capacidad de elegir —trabajar o no, casarse o no, cuándo y con quién— sin que esa elección dependa de lo que a otro le resulte útil. Eso fue justamente lo que faltó: no hubo una sociedad que decidiera libremente reorganizar la vida familiar; hubo un poder que necesitaba trabajadoras y que llamó liberación a la manera más eficiente de conseguirlas.
Ese mecanismo —una autoridad que se arroga el derecho de decidir quién cuenta, según lo que en ese momento le resulta útil— no se agotó en Cuba ni en el siglo pasado. Reaparece, con otro vocabulario y en un terreno bastante más inquietante, cada vez que se discute quién califica como persona.
En 2012, los filósofos Alberto Giubilini y Francesca Minerva publicaron en el Journal of Medical Ethics un artículo titulado «After-birth abortion: why should the baby live?». Su argumento, expuesto sin eufemismos, sostiene que el infanticidio debería ser moralmente aceptable en los mismos casos en que lo es el aborto, incluidos aquellos en que el recién nacido no tiene ninguna discapacidad. Para sostenerlo, redefinen «persona» como todo individuo capaz de atribuirle a su propia existencia un valor tal que perderla represente un daño para sí mismo. Como un recién nacido aún no razona en esos términos, no calificaría, según los autores, como alguien con derecho a la vida.
El artículo generó decenas de réplicas críticas en la propia literatura académica, y no se cita aquí como una posición mayoritaria, sino como evidencia de hacia dónde conduce una idea concreta: que la dignidad humana no es algo que se reconoce, sino algo que se mide. Basta con desplazar la definición —bastan unos meses de neurodesarrollo, un criterio de autoconciencia elegido por quien escribe el argumento— para que alguien que ayer era intocable hoy quede fuera de la protección. La línea, una vez que se acepta que puede moverse, ya no la pone la naturaleza del que nace: la pone quien tiene autoridad académica, política o institucional para redactar la definición.
Es la misma estructura aplicada a dos objetos distintos. El Estado cubano decidió qué contaba como emancipación femenina en función de lo que la economía centralizada necesitaba en cada década. Cierta filosofía académica decide hoy qué cuenta como persona en función de una capacidad que ella misma elige medir. En ambos casos desaparece algo que no dependía del poder para existir: un orden previo a cualquier decreto, hecho de vínculos —la familia, la dignidad del que nace— que la sociedad sostenía por sí misma antes de que nadie se los otorgara.
Por eso la pregunta inicial termina respondiéndose sola, aunque no del modo en que se formuló. No es que las mujeres seamos particularmente fáciles de engañar. Es que cualquier sociedad lo es, en el momento exacto en que deja de preguntarse quién tiene autoridad para mover la línea que decide quién cuenta —y bajo qué conveniencia lo está haciendo.
Bibliografía
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Centro de Estudios Demográficos, Universidad de La Habana / ONE. Citado en “Divorcios en Cuba se han triplicado”, Cubadebate, 2011. http://www.cubadebate.cu/noticias/2011/05/11/divorcios-en-cuba-se-han-triplicado/
“La transición demográfica y la evolución de la nupcialidad en Cuba. ¿Procesos asociados o independientes?”, ALAP, 2010. https://files.alapop.org/congreso4/files/pdf/alap_2010_final190.pdf
“LA FAMILIA CUBANA ANTE LA CRISIS DE LOS 90”, Mareelén Díaz et al., CLACSO / CIPS. https://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/cuba/cips/caudales05/Caudales/ARTICULOS/ArticulosPDF/1118D019.pdf
“El descenso de la natalidad en Cuba”, ResearchGate / Scielo, 2003. http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0864-34662003000200008
Giubilini, A. y Minerva, F. (2012). “After-birth abortion: why should the baby live?”, Journal of Medical Ethics. https://philpapers.org/rec/GIUAAW
“Servicio Militar Obligatorio en Cuba, una tenaza que el castrismo se niega a aflojar”, DIARIO DE CUBA. https://diariodecuba.com/comment/63227
“La otra cara de la enseñanza en Cuba: la Escuela en el Campo”, DIARIO DE CUBA. https://diariodecuba.com/comment/103665

