Lindsay Clancy es una estadounidense tristemente célebre en las últimas semanas por asesinar a sus tres hijos menores de edad, Cora, Dawson y Callan. El hecho tuvo lugar en 2023, aunque el caso ha vuelto a la actualidad porque se acaba de celebrar, o se ha intentado, el primer juicio en su contra. Decimos que se ha intentado porque el juicio ha terminado en nulo (mistrial) porque el jurado no ha sido capaz de ponerse de acuerdo.
Según el sistema legal estadounidense, y que tanto vemos en las películas, una garantía de los ciudadanos consiste en ser juzgados por sus semejantes, esto es, un jurado popular, y no por jueces que dependan del poder estatal. En primer lugar, el fiscal del distrito, que se elige por votación y no por dedazo del gobierno de turno, tiene que llevar el caso a un Gran Jurado. Este está formado por un número de dieciséis a veintitrés personas, depende del Estado, y da permiso al fiscal para acusar a una persona. Es lo que aquí sería la fase de instrucción.
Este minijuicio es más sencillo, ya que se celebra a puerta cerrada y lo preside el propio fiscal, el cual muestra las pruebas que tenga para intentar condenar a la persona en un futuro juicio. Si el caso pasa el Gran Jurado, es cuando suele producirse una sentencia de conformidad. Superado este trámite, y simplificando mucho, el caso pasa a un juicio con jurado, donde doce personas deben decidir sobre la culpabilidad o inocencia de una persona. Pues bien, el problema en este caso es que once personas (nueve mujeres y dos hombres) quería absolver a la acusada con el pretexto de una enfermedad mental, mientras que un único jurado se ha mantenido firme en la condena. Esto ha llevado al juez a declarar juicio nulo y tener que empezar con la selección de otro jurado nuevo para comenzar el proceso.
El 24 de enero de 2023, en Duxbury (Massachusetts), Lindsay Clancy, enfermera de profesión y de 32 años, aprovechó que su marido había salido a realizar unas compras para estrangular a los tres hijos de pareja en el sótano de la vivienda familiar. Los menores se llaman Cora (5 años), Dawson (3 años) y Callan (8 meses). Después de esto, Clancy se lanzó desde el primer piso de la vivienda, pero no ocasionó su muerte. El marido, Patrick Clandy, se encontró la escena cuando volvía en su vehículo y vio el cuerpo de su esposa tirado en el jardín.
Pero aquí entramos ya en el resbaladizo terreno jurídico. Clancy había ingresado voluntariamente en una clínica psiquiátrica por ansiedad severa y pensamientos intrusivos (entiéndase aquí lo peor). Le habían recetado doce medicamentos psiquiátricos, entre lo que había antidepresivos, ansiolíticos y sedantes. En la otra balanza, se encuentran sus actos el día de los hechos. Buscó en Google restaurantes lejanos a los que mandar a su marido a comprar comida, redactó unos diarios explicando sus intenciones y mostró una lucidez pasmosa en sus declaraciones a la policía y al fiscal. Pues aquí tenemos el meollo de la cuestión: ¿Estaba Lindsay Clancy en sus cabales cuando hizo lo que hizo? Eso es lo que tenían que decidir doce personas que no se han puesto de acuerdo por 11-1.
Desde su traslado a los juzgados se montaron manifestaciones alrededor para apoyarla (¿). Organizaciones femeninas organizaron una recogida de fondos y han llegado a reunir la sorprendente cantidad de diez millones de dólares. La defensa de Clancy no niega los hechos, bastantes claros por otra parte, y pide la absolución por no considerarla penalmente responsable debido a su estado mental. Su abogado busca que sea internada en un centro psiquiátrico, nunca en una prisión. Por su parte, la acusación argumenta que no se trató de un brote psicótico, sino de una acción plenamente organizada y planificada con antelación. El fiscal llamó a declarar a psiquiatras que rechazaron que Clancy mostrara signos visibles de psicosis. El hecho de que fuera de mayor a menor, haciendo más sencillo el darles muerte, así como utilizar unas cuerdas para ejercicios, esto es, la necesidad de tardar varios minutos en cometer los tres infanticidios demuestra una intención continua, nada de un hecho puntual.
Dejando de lado la cuestión legal, lo que llama poderosamente la atención es el circo mediático que se ha montado alrededor del caso, algo habitual por aquellos lares. El movimiento feminista ha salido en defensa de Clancy bajo la excusa de que la maternidad le había provocado tal trastorno que no podía continuar adelante. Inclusive dentro del movimiento feminista hay división. Por ejemplo, Clancy es blanca, de barrio privilegiado y había dejado de trabajar para criar a sus tres hijos. Algunas se preguntan qué hubiera pasado si, por el contrario, se hubiera tratado de una madre soltera, negra y sin ingresos.
La prensa demócrata ha intentado convertir a esta señora en una especie de mártir del sistema: que si no se trata la depresión posparto, que si se ignora a las mujeres en el sistema de salud nacional, que si no hay seguimiento después de dar a luz, etc. En esencia, se trata de llevar el sola y borracha quiero llegar a casa a sus últimas consecuencias: una mujer no puede ser responsable de nada. Nunca. Bajo ningún concepto. Ni cuando realiza un crimen tan atroz de forma planificada.

