Argumento para no temer a la revolución de los tostadores

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I. El pánico de turno

Una mañana de mediados del siglo XIX, un hombre abre el periódico y se entera de la catástrofe que se avecina. El ferrocarril. Viajar a semejantes velocidades producirá en los pasajeros trastornos mentales de severidad variable, porque ningún cerebro humano está hecho para ver el mundo convertido en una mancha borrosa al otro lado de la ventana. Treinta y cinco kilómetros por hora.

Cada generación se encarga de asignarse su propio repertorio de temores, y la nuestra no iba a desafiar la tendencia. El nuestro se llama inteligencia artificial: reemplazaría a los humanos en la producción hasta reconocernos superfluos, para decidir eliminarnos bajo toneladas de metal mediando un frío cálculo de eficiencia maximizadora.

Lo interesante no es el miedo, del cual hay vasta oferta, sino una de las respuestas que ha suscitado. Participando de la noción, los gerentes de las mayores empresas de inteligencia artificial han salido a clamar de rodillas por algo particular: que un millar de agentes estatales enfile su atención a desacelerar la innovación que su propia industria le propone al resto de los hombres. Lo que tienen entre manos, nos confiesan, es un arsenal demasiado peligroso como para confiárselo únicamente a ellos mismos.

No les creo.

Estoy hasta el cogote con el relato de terror, acerca de cómo los robots van a acabar con la humanidad. Doy en donación este argumento para dejar callados aquellos que nos dañan los almuerzos con el cuento de que muy pronto vendrán por nosotros en la mitad de la noche a aniquilarnos a punta de golpes de coaxial.

II. Para asustar, la máquina tendría que ser empresario

Una máquina que voltee hamburguesas no asusta a nadie. Para que el relato funcione, el robot tendría que reemplazar no al trabajador frente a la parrilla, sino al empresario: aquel que profesionalmente se dedica a anticipar las necesidades de los consumidores y a afanarse alrededor de esa imagen.

Piénsese en una panadería. Con la misma harina, el mismo horno y las mismas doce horas pueden hacerse panes o ponqués, o puede cerrarse el negocio y arrendarse el local. Supongamos que la máquina amasa mejor que cualquiera: la pregunta del empresario no es cómo amasar, sino qué producir, sabiendo que cada hora dedicada al pan se le quita a los pasteles. El “agente” de inteligencia artificial —desafortunadamente llamado así— tendría que conocer los costos de oportunidad de los infinitos usos que se le puede dar al capital y destilar, de los proyectos tecnológicamente viables, aquellos que además lo son económicamente. Que algo sea posible no lo hace viable: un puente de oro macizo es perfectamente construible y nadie lo construye.

No sería, pues, el comité central ni el partido, sino el algoritmo el que sabría cómo emplear recursos escasos hasta crear las condiciones de abundancia material, prescindiendo de una economía capitalista que permita saber si la gente quiere emulsión de hígado de bacalao con sabor a cereza o no. Es una versión más de una promesa vetusta: organizar la producción por fuera de las “inconveniencias” del libre mercado y planificarla centralmente. Superada la propiedad privada sobre los factores de producción, eso sería tecno-socialismo y no socialismo científico a secas. He ahí el nombre del monstruo a maldecir.

Permitámonos la asimilación: las razones por las cuales el socialismo no cumple sus fines de abundancia son exactamente las mismas por las cuales el reino de las máquinas, con el algoritmo al mando y no el comité central, ni va a reemplazarnos en la producción ni, por consiguiente, va a eliminarnos. La cuestión no es la moralidad de los fines —abundancia prometen por igual el socialismo, el robot y el mercado libre, sino la de los medios.

III. La cadena

Los individuos y los robots inteligentes enfrentamos la misma condición: los medios son escasos y con ellos solo puede satisfacerse un puñado de necesidades. Esa limitación nos compele a enfrentar a diario un problema de coordinación: qué satisfacer con urgencia, qué dejar para después y qué sacrificar del todo, porque así es la vida en la mayoría de los casos. Para comportarnos de esa manera distintivamente económica hay que entender el concepto de economizar; y para economizar, hay que calcular económicamente. Ahí comenzamos a restarle importancia a Terminator II.

Hay entonces una cadena que conviene enunciar. Sin propiedad privada sobre los medios de producción no hay mercado de medios de producción. Sin ese mercado no hay precios relativos. Sin precios relativos que reflejen escaseces relativas no hay cálculo económico racional de los usos alternativos que compiten por ellos. Y sin cálculo económico no hay manera de saber si lo que se hace crea o destruye riqueza.

Hay una tonelada de cobre y nada en ella dice si el uso más urgente es el cableado doméstico, un motor eléctrico o los componentes de un servidor. Lo dice el precio, que solo existe porque alguien es dueño del cobre y puede venderlo o abstenerse de venderlo. La capacidad de computación de la inteligencia artificial no entra en ninguno de esos pasos, por la sencilla razón de que el problema de coordinación no es de cálculo matemático: es de cálculo económico. Ludwig von Mises no pierde sueño.

IV. El conocimiento no está dato

El cálculo económico resuelve un problema incesante de dinámica económica. El tecno-socialismo, en cambio, da cuenta de un resultado final: describe un estado de cosas —entre ellas la abundancia, pero no el proceso por el cual se alcanzaría. El conocimiento necesario para producir se supone dado; por eso allí, como en el socialismo científico, se habla de información dada, de data.

Y que la información esté dada —que no haya que salir a descubrirla— es justamente uno de los presupuestos del modelo de competencia perfecta y equilibrio general, punto en el cual se puede prescindir sin pena alguna del cálculo económico, porque su función de descubrimiento ya se habría cumplido por hipótesis. Ahí está el error fatal: es precisamente ese proceso de descubrimiento lo que hay que explicar si se quiere entender una economía capitalista, y más aún si lo que se quiere es reemplazarla por el megacomputador. Con el equilibrio desaparece además todo lo demás: sin cambio no hay crecimiento ni progreso, y el problema económico se reduce a la eficiencia estática en el uso de tecnologías, gustos y dotaciones dados. Ese, y ningún otro, es el verdadero significado del equilibrio: ni cambio, ni dinámica, ni adaptación, ni ajuste.

Quienes con sangre en las venas y aire en los pulmones producimos enfrentamos una situación bastante más dramática. El valor que experimentan los individuos depende de cada uno de ellos y es volátil: ignoramos profundamente qué preferirán y qué no. Tratar de conocer esos significados es tratar de tomar algo con las manos y ver cómo tiende a írsenos por entre los dedos, de lo contextual y fugaz que es ese conocimiento. Nadie tenía el dato de que la gente quería un teléfono sin teclado: no existía en base de datos alguna, porque ni los propios consumidores lo sabían, y apareció después, cuando hubo algo que comprar o que dejar de comprar. Solo nos acercamos a él por el descubrimiento que el cálculo económico hace posible: los juicios subjetivos de valor se traducen en información pública incorporada en los precios, que únicamente surgen en el contexto de los derechos de propiedad privada. No es cuestión de que esa información sea difícil de computar; es que no se deja expresar en variables matemáticas, atada como está a la incompletitud y la indecidibilidad que experimentan los agentes. Ahí está la distinción que el entusiasmo tecnológico borra sin advertirlo: conocimiento no es dato.

V. Computar no es descubrir

Hay, además, una razón más elemental. El robot no puede ejercer la función del empresario porque no puede reconocer la importancia de un significado económico sobre otro. En cada tarea adelantada por inteligencia artificial esa importancia viene especificada por un ser humano capaz de reconocer significados y de diferenciarlos. Es al agente a quien le importa conseguir ganancias, ganar el partido o no atropellar al peatón; a la máquina le da exactamente lo mismo una secuencia de movimientos que otra, una combinación de recursos que otra. Y a quien le da lo mismo no se le puede hacer responsable de una pérdida.

Que la computación procese datos existentes de manera increíblemente más rápida es algo distinto de descubrir el conocimiento relevante acerca de la demanda del consumidor, que es aquello alrededor de lo cual se afana la producción. Ese conocimiento no existe por fuera de la competencia rivalizante: entre productores por los insumos, entre consumidores por los productos, y en el acto mismo de comprar o de abstenerse de comprar. Emerge entre empresarios que son reclamantes residuales de derechos de propiedad privada y responden no solo por sus ganancias, sino sobre todo por sus pérdidas. Es la responsabilidad sobre la pérdida la que crea el contexto del aprendizaje y de la detección del error, y es exactamente eso lo que ninguna capacidad de cómputo puede sustituir: un algoritmo no quiebra.

Por eso ni los más sofisticados avances en computación salen bien librados de las objeciones que Mises y Hayek dirigieron a la planificación socialista hace más de un siglo. El tecno-socialismo podrá computar; lo que no podrá es calcular económicamente. Siendo esta una facultad humana, podemos descansar: no vendrá a por nosotros.

VI. Follow the money

Descartado que la inteligencia artificial pueda reemplazarnos en la producción, resta comprender qué es lo que económicamente podría lograrse por medio de las regulaciones propuestas. Y el dinero dice algo importante: las inversiones en inteligencia artificial no están resultando en las ganancias esperadas. La abrumadora mayoría de los intentos de incorporar herramientas generativas en las empresas fracasa en convertirse en fuente de ingresos, y un número considerable de altos directivos declara no ver todavía retorno financiero alguno. Que podamos saberlo es una ironía que conviene no dejar pasar: por fuera del contexto institucional que propicia el cálculo económico, ese hallazgo sencillamente no podría conocerse. El mecanismo de ganancias y pérdidas está haciendo su trabajo, y lo está haciendo sobre quienes proponen sustituirlo. Si no hay ganancias detrás de aquellas inversiones, nos resta concluir que se buscarán generar artificialmente: no participando en la arena económica del proceso de mercado, sino interviniéndola.

Las cinco propuestas hechas a su medida lo dicen todo: inspectores externos que examinen los modelos antes de que salgan al mercado; un acuerdo entre competidores para frenar juntos el desarrollo de los más avanzados; una exención de las leyes antimonopolio, para poder sentarse a pactar sin que los acusen de pactar; tratados internacionales al estilo de los acuerdos nucleares de la Guerra Fría; y un control del hardware que le dé al Estado la facultad de apagar el modelo que considere inseguro.

¿El nombre del juego? Contraer la oferta. La regulación funcionaría como un impuesto indirecto masivo: para Musk, Bezos, Altman y demás sobrevivientes del matoneo escolar, contratar ejércitos de auditores y abogados es una bagatela; para una empresa naciente, o para un desarrollador de código abierto, un costo prohibitivo. Estos serían expulsados del mercado para deleite de aquellos, que se quedarían con él por haber estado del lado bueno de la barrera de entrada. Es el truco del gremio medieval.

¿El premio? El precio de monopolio. Destruida la competencia latente, las empresas sobrevivientes adquirirían un poder de mercado que el cálculo económico les había negado: no por haber descubierto las preferencias de nadie, ni por eficiencia, sino por decreto es que compran más yates. Eso no es ganancia empresarial; es renta pura, extraída gracias al foso que, por medio del Estado, se habrían cavado para sí mismos. Y de propina, la degradación de la calidad: las exigencias de alineación, los filtros y las auditorías presionarían a las empresas a capar las capacidades técnicas de sus modelos para cumplir con la regulación y no con el deseo del consumidor. El resultado es una inteligencia artificial más cara, menos innovadora, más restrictiva y tan homogénea como la cerveza alemana.

¡A callar, pues, con sus odiosos cantos del advenimiento de la revolución de las máquinas! No más historias de su abnegado interés por el bienestar de la humanidad, protegiéndonos de la aspiradora asesina. Algo huele mal y se entrevé de sobra de dónde viene la pestilencia: del truco más viejo del manual. Joderle la vida a todos, menos a ustedes.

Santiago Dussan
Author: Santiago Dussan

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