Los recientes acontecimientos en relación con la transición política en Venezuela dan pistas de que el gobierno norteamericano está priorizando una estrategia cortoplacista y rentista frente a un proyecto liberal e independiente a largo plazo. Dos señales a destacar son:
- La evidente exclusión de María Corina Machado (MCM) y la promoción de líderes alternativos como Enrique Márquez o Dinorah Figuera como potenciales representantes formales de la oposición venezolana; figuras que no guardan relación con MCM ni con su partido, Vente Venezuela.
- El reciente proyecto de restauración del sistema eléctrico, que se ha enfocado en poner los parches necesarios para garantizar el aumento de la producción y exportación petrolera.
No cabe pensar que la exclusión de MCM es algo transitorio para evitar roces con el chavismo gobernante. No es que se la esté manteniendo al margen, pero conservando el liderazgo o influencia de su figura; está siendo excluida de cada acción importante para que su nombre se borre gradualmente de la cabeza de los venezolanos y estos sean más receptivos con otros actores.
¿Es la consecuencia inevitable del 3 de enero?
Una visión antiintervencionista puede plantear que lo que ocurrió el 3 de enero iba a llevar a un resultado como el que estamos viendo: un aprovechamiento de los recursos de Venezuela por parte de los norteamericanos sin intención de forzar un cambio que les pueda generar incertidumbre, mayores costos o perjudicarlos a ellos. En otras palabras, si el gobierno estadounidense invirtió en sacar a Maduro es porque quiere retornos rápidos e concretos, no porque tenga interés en cualquier otro resultado político o institucional a largo plazo.
Pero esto no es necesariamente así. Ese trabajo que hicieron los norteamericanos al pactar con Delcy, capturar a Maduro y tomar control de las decisiones políticas venezolanas se podría recompensar política y económicamente en un escenario de transición política completa y más independiente. Sin embargo, posiblemente ellos están descartando ese escenario por presiones internas en el partido republicano o por el reciente fracaso en Irán.
Trump no dio luz verde a la operación en Venezuela porque quiere ser recordado como el presidente que bajó el precio de la gasolina; él parece que quiere ser recordado como el que resolvió los conflictos en el mundo (la guerra en Ucrania, el chavismo, el castrismo y el régimen de los Ayatolas). Pero sus logros han sido mediocres, y el que mejor le salió, Venezuela, puede contaminarse nuevamente.
Visto como una empresa grande que rescata a una empresa pequeña de algún elemento parasitario que la está perjudicando, no es necesario que la empresa grande tome un control total y arbitrario de la pequeña, excluyendo al resto de accionistas y exprimiendo su producción para potenciar a la matriz. La empresa grande puede hacer un rescate y reestructuración buscando darle autonomía a la empresa pequeña para que genere su propia rentabilidad y favorezca a todos los accionistas.
¿Es la exclusión de MCM y el rentismo cortoplacista una ruta “Institucional y Pragmática”?
No lo es, ni para los estadounidenses ni para los venezolanos. Las instituciones que importan para el desarrollo económico son más complejas y profundas que un simple orden impuesto desde arriba. Este orden, aunque establezca políticas menos socialistas y genere resultados económicos más positivos que los del chavismo que lo precedió, deja a la sociedad sin la posibilidad de construir evolutivamente sus propias normas y códigos, así como de explorar los límites de su libertad.
El resultado de este tipo de tutelaje político puede ser paradójico desde el punto de vista liberal, porque a lo mejor la liberalización económica de Venezuela avance más rápido en el corto plazo de lo que lo habría hecho en una transición completa, pero también puede que se estanque mucho antes de lo que lo haría luego de una transición de abajo hacia arriba.
Un riesgo real de este enfoque es que no estamos transitando hacia un libre mercado independiente, sino hacia un capitalismo de amiguetes (crony capitalism) regulado. En este esquema, solo prosperan los actores económicos que cuentan con el visto bueno de Caracas y Washington. Este modelo es capaz de generar un rebote económico rápido inicial, pero toca techo muy pronto porque carece de una seguridad jurídica universal que proteja al pequeño y mediano inversor, perpetuando la asignación arbitraria de privilegios.
El problema económico de la broma del “Estado 51”
Si retomamos el ejemplo de la empresa grande que absorbe a la pequeña, vemos que cuando el mercado entiende que la empresa pequeña no tiene independencia, no sabe muy bien cómo valorarla ni cómo ponerle precio. De nuevo, en el corto plazo, la broma de Venezuela como el «Estado 51» da la impresión de que el país está subvalorado; pero en el largo plazo la perjudica enormemente porque su potencial real tiene un techo más bajo. En el corto plazo, mientras más intervenga Estados Unidos, mejor estará Venezuela; pero en el largo plazo lo más probable es que se estanque y empiece a generar problemas que luego repercutirán hacia USA.
Así como las colonias terminan demandando más de lo que ofrecen, o las subdivisiones no rentables de una empresa empiezan a lastrar a la empresa matriz haciendo necesario un spin-off, así debería ocurrir con Venezuela. Pero en la realidad no parece que estén preparando el escenario para ese spin-off, sino todo lo contrario: una relación parasitaria a largo plazo donde USA, como ocurrió con las potencias coloniales en el pasado, puede estar sobreestimando su beneficio a largo plazo.
El costo del búmeran geopolítico para Washington
Esta relación parasitaria no es gratis para los estadounidenses. Al priorizar el flujo de crudo inmediato sobre la reconstrucción institucional profunda, Washington está sembrando las semillas de su propio dolor de cabeza a mediano plazo. Un gobierno tutelado que solo responde a la matriz externa carece de incentivos para sanear el Estado, lo que perpetúa el colapso de los servicios esenciales y la inseguridad jurídica fuera de las burbujas petroleras.
La consecuencia inevitable de este abandono estructural es el efecto bumerán: sin una economía diversificada ni certidumbre el ciudadano común puede no ver futuro, lo que reactive la emigración venezolana, reavive el antimperialismo norteamericano y desestabilice la región. Al vaciar de legitimidad la política local y erosionar el tejido social, Estados Unidos no está asegurando un socio confiable; está creando un enclave frágil y costoso de mantener, expuesto a la insurgencia interna y al desgaste crónico. Lo que empezó como una operación rápida de rescate estratégico puede terminar como un pasivo permanente en el balance geopolítico de la Casa Blanca, especialmente si el proyecto se distorsiona en los siguientes mandatos presidenciales en Estados Unidos.
La ausencia de una misión de país
El tutelaje político puede anular el surgimiento de una auténtica misión de país. Lo que generó los grandes saltos hacia arriba en el último siglo de economías como la de Japón, Corea, Polonia o Singapur no solo fueron las políticas económicas menos incorrectas, sino también la institución compartida e implícita de una misión de país en la población. Para ello, es necesaria la sensación de que los ciudadanos, aunque tengan poco control sobre la dirección política y económica, al menos poseen un mínimo de control.
Desde la teoría de las instituciones, sabemos que para que una sociedad adopte una misión compartida y coopere a largo plazo, necesita señales costosas y creíbles (lo que en análisis evolutivo y cultural se denomina CREDs: Credibility Enhancing Displays) por parte de sus líderes. Si los venezolanos perciben que los actores de la nueva mesa paritaria son fichas impuestas desde arriba por un pacto de conveniencia entre Washington y el interinato de Rodríguez, se destruye toda credibilidad institucional. Sin esas señales de ruptura real, no habrá el incentivo cultural ni la confianza necesarios para activar al máximo dos motores importantes del desarrollo: el retorno del capital humano exiliado y la inversión local genuina.
Conclusión
Al final del día, el objetivo real debería ser un spin-off donde los americanos funcionen como socios y accionistas de una Venezuela que, con el apoyo internacional, sea capaz de construir sus propias instituciones y normas. Está bien que USA meta un impulso base al principio para destrancar el juego, y la verdad es que todavía es muy temprano para asegurar que su única estrategia va a ser el rentismo cortoplacista de poner parches. Las transiciones son enredadas y la foto de hoy puede cambiar.
Pero las cosas como son: si las señales siguen apuntando en esa dirección y ese spin-off no termina de arrancar como es debido, el desenlace va a ser el mismo del resto del tercer mundo estancado y frustrado. Ni los venezolanos vamos a estar contentos con una libertad a medias y un país estancado, ni los gringos van a estar felices lidiando con los problemas y los costos de un satélite inestable que no tiene instituciones propias ni puede caminar solo.

