‘En el principio era la Acción’; el hombre ante su creación: la política y la Inteligencia Artificial

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Durante las últimas semanas, aproximadamente, desde el 9 de septiembre en adelante, los medios de comunicación, tanto generalistas como especializados, desde las modernas redes sociales hasta la tradicional televisión, han bombardeado a sus consumidores con las palabras de un tal Jacob Coxon, investigador de Anthropic. Un completo desconocido cuya voz, sin embargo, ha tronado por todo el orbe, cual trompeta del Apocalipsis, pues viene a anunciar como una posibilidad factible el fin de la humanidad dado el cariz que está tomando el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA), según ha percibido. Pero es en un nivel más analítico donde emerge el sustrato político que subyace en una buena parte de los dilemas con los que nos acucia esa miscelánea convencionalmente llamada “Inteligencia Artificial”: la seguridad. No en vano, solo la percepción de inseguridad, la incertidumbre, la posibilidad ―supuesta, fingida o real― del desorden pueden insuflar miedo y demandas de algún grado de protección por parte del pueblo hacia las instituciones sociales.

Son las reivindicaciones de seguridad el auténtico inductor de las revoluciones y las reformas, aunque éstas se revistan con la bandera de la libertad, como señalaba Dalmacio Negro. Los movimientos sociales que se mueven impelidos por una necesidad de seguridad representan los verdaderos movimientos políticos, que se caracterizan y distinguen por su capacidad para motivar transformaciones en las instituciones sociales. Así, solo cuando quedan satisfechas las demandas de protección, puede decirse que ha ocurrido un cambio en el orden político y, por ende, en los demás ámbitos sociales, desde la ética a la economía. Asimismo, para que se conforme un movimiento político, es preciso que el pueblo advierta que existe un grupo capaz de proveerle las cuotas de protección que reclama. De suerte tal que el cambio político culmina con la erección de una nueva instancia investida de legitimidad y, consecuentemente, dotada de poder para mandar y hacerse obedecer espontáneamente.

Por ello, el papel de los medios de comunicación en este asunto debe reseñarse. Ante un horizonte catastrófico y cargado de urgencia, era de esperar que los noticiarios transcribieran y reprodujesen las advertencias del investigador de Anthropic con ansias inusitadas, cegados, sin embargo, más que por la alarma que segregan sus palabras, por una morbosidad que se me antoja un insulto para con la audiencia. Insulto por cuanto se aborda la cuestión superficial y sensacionalmente; aunque pudiera ocurrir que la afrenta procediera de la propia audiencia, que consume y asiste impasible, sea por ignorancia o por efecto del descrédito granjeado por la prensa, ante una materia que, ciertamente, le concierne. En cualquier caso, con el mero hecho de elevar unas declaraciones a la categoría de noticia, se contribuye, deliberadamente o no, a suscitar y orientar corrientes de opinión pública que estimulen el posicionamiento y adhesión a los intereses de los grupos implicados en el desarrollo de la IA. Sin embargo, hasta que tal corriente se conforme y cristalice en una acción política con la que guiar el futuro tecnológico en uno u otro sentido, el tema que nos concita plantea interrogantes sobre el Poder y la autoridad, que se presentan como presupuestos de cualquier acción posterior. De este modo, el testimonio de Coxon ofrece, a la verdad, un canal para convertir una controversia sobre el desarrollo técnico en una cuestión que atañe a la decisión política. Con su alusión a la problemática de la seguridad, abre la posibilidad de debatir sobre quién ha de garantizar el orden ante el desorden pronosticado ante la irrupción de la IA, y con qué fines.

La posibilidad de la extinción humana que plantea Coxon ha motivado discursos en torno a los peligros de la técnica; ha permitido la especulación sobre los intereses que estas declaraciones pudieran ocultar; incluso ha traído consigo planteamientos geopolíticos en los que resuenan los ecos de una guerra fría que intercambia el contexto nuclear por aquél en que una máquina parece y aparece henchida de voluntad y autonomía. Empero, pocos se han preguntado por qué, de ser la IA un riesgo inasumible para la existencia, ha de regularse y con qué mecanismos, dado que los corrientes resultan ineficaces, incluso, ante amenazas menos gravosas como las que entraña Internet; quién cuenta con la autoridad para decidir sobre ello; y qué espera un grupo humano, concreto y acotado, que se proteja con esta decisión más allá de una abstracta y grandilocuente supervivencia como humanidad. Las respuestas que se ofrezcan, y no la mera toma de posición a favor o en contra de la necesidad de establecer cortapisas al desarrollo tecnológico, constituyen el verdadero cambio de paradigma en lo que a la configuración del orden político se refiere.

El dinamismo político y, por extensión, el del conjunto de un grupo humano, depende de consideraciones morales y estéticas; el anquilosamiento de modelos y costumbres detiene la vitalidad. Y, así, debiera ser causa de conmoción los términos en los que se ha suscitado este debate, puesto que revelan el estado de descomposición en el que se halla la sociedad. Convendría marginar las variables y los enfoques utilitarios sobre la cuestión, tales como la utilidad y aplicación de la IA en diversos sectores, sopesando los beneficios y costes de tal uso, para privilegiar aquéllas de carácter ético referentes, por ejemplo, a si la IA debe emplearse en sectores de seguridad para preservar una convivencia en torno a unos valores compartidos y qué valores son los merecedores de la protección a la que puede servir la tecnología, entre los que se incluyen, por supuesto, los que han de predicar al soberano decisor en toda esta materia. No obstante, esta segunda categoría de dilemas cuesta tiempo. El individuo promedio, a pesar de verse sumido en la red de dependencias con la que la técnica teje el entorno en el que habita, no dispone del tiempo que requiere un debate ponderado sobre tamañas preguntas.

Por ende, mi objetivo aquí y ahora no es tratar de ofrecer respuestas a estas preguntas; preferiría limitarme a invitar a una reflexión sobre la pertinencia de su formulación, y hacerlo señalando que todas ellas deben hacerse después de conceptualizar la noción Inteligencia Artificial. Esto no supone perseguir una definición canónica y prescriptiva que, además, exponga todas sus especificidades técnicas; al contrario, implica poner de manifiesto qué entiende un grupo humano cuando enuncia las palabras Inteligencia Artificial, es decir, qué visión de la realidad subyace cuando las asume como parte del vocabulario cotidiano, y en la que está incluida la propia imagen que ese grupo tiene de sí mismo como colectivo conformado por hombres. En definitiva, planteo escudriñar qué motiva que el ser humano bautice como inteligencia a una técnica de la que él mismo es creador, y la adjetive, además, como artificial. Porque ese nombre entraña el modo en que el ser humano se comprende a sí mismo; de dicha comprensión se desprende la del conjunto de la realidad, y solo desde estos presupuestos puede darse la acción humana, desde la política a la económica. Estos aspectos del fenómeno suelen soslayarse y, paradójicamente, podrían llevar a concluir que hay cierta razón en las palabras de Coxon.

Ahora bien, yo no considero la técnica ―categoría en la que se integra la propia IA― como realidad sustantiva y autónoma respecto del ser humano, sino que ella misma es producto de la acción humana y, como tal, pasa a formar parte de la realidad en la que vive el hombre, condicionando, eso sí, su mundo, pero, también, abriéndole nuevas y más posibilidades para que continúe creando objetos técnicos. Una circunstancia que, para bien o para mal, resulta irreversible: el hombre produce su técnica y su cultura desde sí mismo; asimismo, se ve obligado por todo lo que ha producido a reforzar e intensificar la tendencia que desencadena su acción. De manera que el fin de la existencia humana, tal como la preconiza el investigador de Anthropic, no requiere concebir una técnica desembarazada de su creador y dotada de subjetividad o voluntad. Más bien, el descontrol de la IA podría manifestarse en la atrofia de las capacidades del hombre que le permitieron crearla y orientarla. De este modo, el debate debe partir, precisamente, de esa capacidad humana de crear y observar su relación con el concepto inteligencia.

Si la expresión inteligencia artificial presupone, por contraste, una inteligencia específicamente humana, cabe preguntarse qué elemento marca la frontera entre una y otra. Y ello, no porque mi tesis presuponga un antagonismo natural-artificial; en efecto, pensar la técnica como fruto de la propia acción humana me lleva, por lógica, a considerar todo objeto técnico como fruto de la natural capacidad humana para producir artificios de toda índole, desde máquinas, pasando por métodos de trabajo hasta ideas.
La denominación Inteligencia Artificial se ha hecho extensible a una miríada de sistemas computacionales del más diverso tipo, contribuyendo a diluir los límites semánticos de tal categoría. Esta afirmación sobre la polisemia de un término tan extendido en los últimos años podría resultar baladí; sin embargo, evidencia que el propio individuo que actúa desconoce la realidad en la que se hallan los objetos que ha de valorar para transformarlos en medios con los que conseguir sus fines. Hete aquí la correlación entre el concepto (idea que se tiene de algo concreto) y el estado de las cosas (la realidad). Pero la problemática en torno a la polisemia del término Inteligencia Artificial, más bien, viene a manifestar la disonancia propia de toda transición, de un proceso de transformación de las estructuras a consecuencia de la acción del sujeto, que se mueve por ideas. En el caso que nos ocupa, el individuo incorpora a sus planes sistemas cuya naturaleza desconoce, pese a poder valorarlos por los efectos que espera obtener de su uso y empleo.

La noción inteligencia artificial es, pues y, ante todo, una idea que orienta la acción creadora; en concreto, es una idea sobre el logos humano. De ahí que una de las principales corrientes de opinión que presentan a la IA como una amenaza subraye su capacidad para almacenar y procesar datos dispersos y, a partir de una recombinación de los mismos, ofrecer una imagen o conocimiento de la realidad. Según los críticos, el uso de esta facultad por parte de las empresas que la desarrollan supone que las mismas no solo penetren en la intimidad de los usuarios, redundando en un problema de seguridad ―en este caso, de seguridad personal―, sino también que intervengan en la articulación de la información de la que depende la implementación y ejecución de medidas de seguridad ―en este caso, materia de seguridad pública―. Pero, con todo, estaríamos en presencia de una cuestión cognoscitiva relativa a la capacidad de conocer del ser humano (recopilar información; discriminarla; elaborarla; y actuar en consecuencia).

Esta cuestión no es ajena a Peter Thiel, y traerlo aquí no es una licencia caprichosa. Su posición como cofundador de una empresa de software dedicada a asistir en la competencia estatal de seguridad y defensa, lo coloca en la intersección entre seguridad-IA, dotando de interés una observación que hizo, precisamente, sobre el concepto inteligencia artificial. En 2019, en la trigésima tercera Walter B. Wriston Lecture, celebrada anualmente en el Manhattan Institute, sostuvo que:

[…] en la práctica, las principales aplicaciones de la IA de las que parece que se habla se refieren al uso de grandes cantidades de datos para, en cierto modo, vigilar a las personas y saber más de ellas de lo que ellas mismas saben […].

El empresario no está exponiendo qué entiende por “IA”, sino una comprensión ampliamente extendida en la sociedad sobre aquélla; y lo aprovecha, además, para aludir a la Escuela Austríaca, una escuela cuya doctrina es, ante todo, epistemológica, es decir, una explicación sobre el conocimiento humano. Así, prosigue Thiel:

Y en el caso límite, puede resolver muchos de los problemas propios de la Economía Austríaca, en los que se puede llegar a conocer a las personas hasta tal punto que se sabe más de ellas que lo que ellas saben de sí mismas, y se podría, en cierto modo, hacer que el comunismo funcionase, quizás no tanto como un modelo económico, pero, al menos, sí como modelo político.

¿La inteligencia humana se agota en la capacidad de recabar y articular datos? Ésta será la pregunta de partida de la segunda parte de mi reflexión que detengo aquí. Pero, ya que vengo valiéndome de Thiel para desglosar mi argumento, recurro una vez más a sus palabras para enlazar el final de este artículo y el comienzo del siguiente. Pues el empresario sostuvo, en otro lugar, que Goethe fue el último ser humano capaz de aglutinar todo el conocimiento humano. En esta sentencia sí que es posible entrever qué entiende por inteligencia, ofreciéndonos pistas sobre dónde se hallan las dosis de razón de las declaraciones de Coxon. Por ello, como punto y aparte, dejemos hablar a Goethe por boca de su Fausto.

Escrito está: «En el principio era la Palabra» … Aquí me detengo ya perplejo. ¿Quién me ayuda a proseguir? No puedo en manera alguna dar un valor tan elevado a la palabra; debo traducir esto de otro modo si estoy bien iluminado por el Espíritu. ― Escrito está: «En el principio era el sentido» … Medita bien la primera línea; que tu pluma no se precipite. ¿Es el pensamiento el que todo lo obra y crea?… Debiera estar así: «En el principio era la Fuerza» … Pero también esta vez, en tanto que esto consigo por escrito, algo me advierte ya que no me atenga a ello. El Espíritu acude en mi auxilio. De improviso veo la solución, y escribo confiado: «En el principio era la Acción».
Fausto I.

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