Es hora de replantearnos la pobreza

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Debemos replantearnos la pobreza. Durante décadas se ha presentado como un simple problema de falta de recursos; países pobres necesitan dinero, países ricos pueden dárselo. Bajo esa lógica, la cooperación internacional parece no solo razonable, sino moralmente obligatoria. Sin embargo, después de más de medio siglo de ayuda masiva, los resultados obligan a hacer una pregunta: ¿y si el problema nunca fue solo la falta de dinero?

La cooperación internacional moderna se construyó sobre la idea de que expertos externos saben qué políticas generan desarrollo. Pero la propia historia del desarrollo muestra que esas «recetas» han cambiado constantemente. Primero inversión estatal masiva, luego ajuste estructural, después sustitución de importaciones, democracia, reformas de segunda generación, etc. Cada fracaso se justificó diciendo que lo anterior era «necesario, pero no suficiente», alargando indefinidamente la lista de condiciones y evitando reconocer errores de fondo.

Es clave señalar y entender que no es que la economía no sepa nada sobre desarrollo, sino que no sabemos cómo imponer desde fuera las condiciones que lo generan. Sabemos que los mercados relativamente libres y las buenas instituciones están asociados al desarrollo, pero no sabemos cómo construirlos externamente ni en qué orden. Además, aunque intentáramos construirlos sería imposible, ya que surgen de manera espontánea y ahí está el secreto, en la espontaneidad. La ayuda parte entonces de una sobre confianza en la ingeniería social a escala nacional.

Los datos tampoco respaldan el optimismo. En África, por ejemplo, cientos de miles de millones de dólares en ayuda han coincidido con décadas de crecimiento per cápita cercano a cero en muchos países. Los grandes receptores de ayuda no son los casos de éxito del desarrollo contemporáneo. Países como India, China y Vietnam han crecido recibiendo poca ayuda en proporción a su PIB.

Ahora bien, Peter Bauer fue uno de los críticos más tempranos y claros de este modelo. Definía la ayuda exterior como una transferencia del contribuyente de un país rico al gobierno de un país pobre, no directamente a los pobres. Su argumento central era que la ayuda suele fortalecer a gobiernos antes que a ciudadanos, y que puede destruir incentivos económicos, financiar proyectos improductivos y sostener élites políticas poco responsables. La evidencia acumulada en décadas posteriores ha sido, en gran medida, consistente con su escepticismo.

El caso de Haití es ilustrativo. Tras recibir al menos 20 mil millones de dólares en seis décadas, sigue siendo uno de los Estados más frágiles del mundo. Las causas son múltiples —regímenes disfuncionales, desastres naturales, errores de política exterior— pero un patrón se repite. Es el de las élites políticas con poco o nulo interés en el desarrollo de largo plazo y una ayuda que ha reforzado dinámicas de dependencia y mala gobernanza.

En África subsahariana, por ejemplo, se muestra otro mecanismo preocupante. Grandes flujos de ayuda pueden debilitar la gobernanza. Cuando los gobiernos dependen más de la ayuda que de los impuestos internos, su rendición de cuentas frente a los ciudadanos disminuye. La relación fiscal entre Estado y sociedad —históricamente clave para la construcción institucional— se erosiona. Además, la ayuda puede alimentar corrupción, clientelismo y expansión burocrática ineficiente.

Nada de esto implica que toda ayuda sea inútil o que no existan intervenciones humanitarias valiosas. Significa que el modelo dominante de «transferencias masivas para desarrollar países» ha mostrado límites claros. También implica reconocer que la pobreza no se reduce automáticamente con inyecciones de capital externo, al contrario, la aumenta y perpetua.

La pobreza tiene raíces institucionales, políticas y de incentivos. Tiene que ver con reglas del juego, seguridad jurídica, expectativas de largo plazo, y con si las personas pueden invertir, emprender y planificar su futuro. Deirdre McCloskey aporta aquí una distinción crucial. Lo que las sociedades necesitan no es redistribución de recursos, sino igualdad de permiso (equality of permission). Es decir, que cualquier persona —sin importar origen, clase o conexiones políticas— tenga la posibilidad real de crear, emprender, innovar y trabajar sin trabas arbitrarias. El desarrollo no surge cuando se reparten fondos, sino cuando se eliminan obstáculos para que millones de personas puedan intentar, fallar, aprender y volver a intentar. El desarrollo no es un proyecto que se implemente desde afuera como si fuera infraestructura; es un proceso que emerge de decisiones locales, aprendizaje institucional y cambios internos.

La cooperación extranjera cuando reemplaza responsabilidades internas, distorsiona incentivos o sostiene gobiernos poco responsables, puede terminar haciendo lo contrario de lo que promete.

Por eso, debemos replantearnos la pobreza. No como una simple carencia de dinero que otros deben suplir, sino como un fenómeno ligado a instituciones, incentivos y gobernanza. Mientras sigamos tratando la pobreza solo con transferencias externas, sin mirar las estructuras que la sostienen, corremos el riesgo de perpetuarla en nombre de combatirla.

Replantear la pobreza no es abandonar la solidaridad. Es tomarla en serio.

Müller
Author: Müller

Estudiante de Ciencia Política en el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (EPRI) en la Universidad Francisco Marroquín. Colaboradora en iniciativas orientadas a la promoción de las ideas de la libertad y economía de la Escuela Austriaca.

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