En este año de 2026, se cumplen 500 años del acceso de Francisco de Vitoria (1483–1546) a su cátedra de Salamanca, en 1526. Vitoria, dominico y una de las figuras más importantes de la historia intelectual española, no fue simplemente un teólogo más del siglo XVI. Junto con Juan Luis Vives, y en la estela de Erasmo de Rotterdam, fue el iniciador de una verdadera revolución en el pensamiento: la Filosofía del Renacimiento. Vitoria sacó el pensamiento de los libros polvorientos y de las abstracciones medievales para aplicarlo a los problemas reales de su tiempo: la conquista de América, la economía y el poder político. No fue solo un teólogo de renombre, sino que fue el fundador del Derecho Internacional moderno y el iniciador y el alma de la recomposición de la filosofía en el Renacimiento, con la denominada Escuela de Salamanca.
Quizá sea oportuno recordar que la denominación “Escuela de Salamanca”, que se suele aplicar a los autores de la Filosofía Renacentista, es muy reciente. Data de 1943, y fue obra de José Larraz (1904-1973). Una denominación que éste creó con la pretensión de referirse al pensamiento económico de los maestros españoles del Renacimiento; también la usó después el profesor Truyol Serra (1913-2003), pero referida sólo a los pensadores principalmente dominicos que ejercieron su magisterio en las Universidades de Salamanca, Coimbra, y otras, pero desligados de los tratadistas de la Compañía de Jesús que conformaron, según Larraz, la segunda etapa de la Escuela de Salamanca.
Y es también muy impreciso usar la calificación de “escolásticos”, o neo-escolásticos, para definir a los pensadores renacentistas. Los autores dominicos y jesuitas hispánicos del Renacimiento lo que realmente hicieron fue crear la Filosofía Moderna. Y, además, se ha de tener en cuenta que esa denominación de “escolásticos”, casi siempre empleada con intención peyorativa, es muy ambigua: la “escolástica” inspiró a todo el pensamiento renacentista y posterior, tanto a los maestros hispanos, más influenciados por la “escolástica dominica”, como a los llamados (desde Hegel, nunca antes) “filósofos modernos”, hondamente influidos por la “escolástica franciscana”: Descartes por Duns Escoto, o Hobbes por Guillermo de Ockham, por ejemplo.
La renovación de la Filosofía
La separación de la filosofía de sus precedentes medievales es muy anterior a Descartes. La escolástica medieval entró en su crisis terminal a finales del siglo XIV, crisis profundizada y prolongada durante el siglo XV. El abandono definitivo de la escolástica fue la obra de Vives y sobre todo de Vitoria, rematada finalmente por Suárez. Después de Vitoria ya no volvió a haber pensamiento medieval, ligado y subordinado a la teología, pues había nacido la filosofía moderna. Una filosofía “racionalistas”, pues los autores renacentistas españoles (siglos XVI y XVII) fueron realistas y objetivistas, a diferencia de los subjetivismos idealistas o empiristas adoptados por Descartes o por Hobbes, por influjo de la escolástica franciscana.
La filosofía renacentista evolucionó abandonando tesis y métodos de la filosofía medieval, pero sin rupturas. Un cambio efectuado desde la tradición “realista” del aristotelismo y el tomismo. Y, aunque los pensadores renacentistas cuestionasen por “ingenuo” el realismo aristotélico o el tomista, lograron superar las limitaciones del “escolasticismo” sin renunciar al pasado. Más bien buscaron adaptarse a los nuevos conocimientos científicos que se empezaban a sistematizar en la época renacentista, que requerían corregir los ya estrechos límites de la filosofía medieval, que los grandes descubrimientos geográficos y los desarrollos de los nuevos saberes científicos habían desbordado.
El cambio lo inició en la metodología. Antes de Vitoria, la escolástica (el método de enseñanza filosófica de la Edad Media) se había vuelto rígida y abstracta. Vitoria lideró un renacimiento basado en el regreso a las fuentes: Priorizó el estudio directo de Santo Tomás de Aquino (la Summa Teológica) por encima de los comentarios de Pedro Abelardo y los de autores medievales más tardíos. Vitoria inició un método nuevo de enseñanza, las denominadas “relecciones”. El método de las “relecciones” consistía en lecciones magistrales donde analizaba temas de actualidad con un rigor lógico realmente impresionante.
Y del comentario (“relección”) se pasaba al estudio de alguna cuestión práctica. Así, Vitoria rompía con la rigidez del pasado introduciendo cambios metodológicos fundamentales, abriéndose a la realidad más actual de la época. En lugar de discutir únicamente sobre las esencias teológicas, Vitoria utilizaba sus “relecciones” para analizar temas de actualidad: la conquista de América, la economía, el poder del Papa y, sobre todo, la guerra. Con ello Vitoria se separaba de la escolástica medieval y preludiaba la filosofía moderna, secularizada, al separarla de la teología, como también había hecho Vives.
De la Cristiandad a la Humanidad
Cuando Vitoria tomó posesión de su Cátedra en Salamanca, en 1526, hacía 34 años del descubrimiento de América, y cinco desde la conquista de Tenochtitlan por Cortes y de la vuelta al mundo de Elcano. Cuando llegó a su cátedra, hacía una generación que se había descubierto el Hemisferio Occidental y se había producido un giro trascendental en la visión tradicional del universo y del mundo. El heliocentrismo y la redondez del planeta se impusieron por la fuerza de los hechos y las conciencias de los hombres de entonces tuvieron que asimilar como pudieron tan importantes cambios. En ese contexto intelectual, Vitoria fue un gigante del pensamiento al formular la concepción moderna del mundo y de la humanidad, tanto en lo puramente teórico, como en lo jurídico.
Se ha dicho de Vitoria, a veces en tono de crítica, que realizó o, al menos, inició la secularización del Derecho Internacional al sustituir la categoría medieval de “cristiandad” por la del conjunto del género humano, la “humanidad”. Es decir, que, en el ámbito de lo teórico, Vitoria protagonizó el paso desde una conceptuación más bien “localista” del mundo, la cristiandad europea, a plantear una conceptuación universalista, referida al conjunto del planeta y a la totalidad de sus habitantes. Decía Vitoria que “el mundo entero es, en cierto modo, una sola república, que tiene el poder de dar leyes justas y convenientes a todos, como son las del derecho de gentes”.
El concepto de Cristiandad (Christianitas) se forjó en la Alta Edad Media. Con él se quería hacer referencia a la comunidad universal de los cristianos, más allá de los Papas y los Reyes. También se la ha denominado a veces Populus Christianus y República Christianae. La cristiandad era el lazo espiritual que unía a todo el pueblo cristiano por encima de naciones, territorios o reyes. Irreductible a cualquier comunidad política diferenciada y, a la vez, separada y diferente de la Iglesia institución. La Cristiandad englobaba a todos los cristianos que realizaban la obra colectiva de la defensa de la fe, frente al islam, por ejemplo. Un concepto que entró en crisis en los años finales de la Edad Media y que se desarboló y desapareció del todo con la reforma protestante, a partir de 1521, con las tesis de Lutero.
El Derecho de Gentes (Ius Gentium)
Con Vitoria nació la idea de la Comunidad Internacional. Al concebir la humanidad como una “república de todo el orbe” (societas naturalis de gentium), estableció la necesidad de que exista un derecho general, internacional, que permita y facilite a las naciones cumplir con su deber de colaborar, así como el derecho a comerciar pacíficamente entre sí. Unas relaciones que deben ser pacíficas, pues la guerra es un mal a evitar por las muchas calamidades que conlleva.
La renovación en el pensamiento jurídico-político de Vitoria es la piedra angular del Derecho Internacional moderno. En su obra Relectio de Indis, planteó que el mundo debe regirse por leyes que vinculen a todos los hombres, independientemente de sus reyes y religiones. Por ello, por ese explícito reconocimiento de la dignidad humana, defendió que los indígenas americanos tenían derechos de propiedad y soberanía por el simple hecho de ser seres humanos (seres racionales), rechazando en principio la posibilidad de que el Papa o el Emperador pudieran ejercer jurisdicción universal sobre ellos.
La Teoría de la Guerra Justa
Desde esa fundamentación, Vitoria abordó la actualización y renovación de la teoría de la “guerra justa”, sistematizada por Santo Tomás de Aquino. Es decir, puso al día los criterios para que un conflicto bélico pudiera ser considerado como éticamente aceptable. A diferencia de Maquiavelo, Vitoria jamás consideró la “oportunidad” como un criterio para iniciar una guerra. En esta materia se aprecia en Vitoria la influencia de Erasmo y de Vives, muy contrarios a Maquiavelo y al “maquiavelismo”. Influencia que recibió él mismo y que transmitió a la totalidad de los autores de la escuela española. Para Vitoria, incluso la diferencia de religión no era causa suficiente para declarar una guerra.
A estos efectos, Vitoria mantuvo como base las tres condiciones críticas establecidas por el aquínate para considerar como justa una guerra: 1) ha de ser declarada por una autoridad legítima, pues solo el Estado puede declararla; 2) ha de tener una causa justa, pues solo es admisible recurrir a ella en caso de que se haya de responder a una injuria grave recibida (defensa propia o reparación de un daño); y 3) ha de tener una recta intención, pues su objetivo final debe ser siempre alcanzar una la paz perdurable, no el exterminio de los enemigos ni la gloria personal.
La renovación filosófica abordada por Vitoria creó una auténtica escuela de pensadores renacentistas que desplegaron una amplia influencia posteriormente, como Domingo de Soto y Francisco Suárez. Una escuela que sentó las bases de la economía moderna, de los Derechos Humanos y, sobre todo, de las tesis de limitación del poder y la condena de la tiranía.
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