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Assange, un traidor al servicio del castrismo

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Cuando saltó el escándalo de los cables diplomáticos hechos públicos por Wikileaks, hubo quien sostuvo que Julian Assange debía ser juzgado y condenado por traidor. Otros consideramos que esta postura es incorrecta, puesto que la documentación confidencial que desvelaba la citada web era material sensible estadounidense y Assange no tiene dicha nacionalidad. Sin embargo, lo que no se puede negar es que su alianza con Rafael Correa dejaba en entredicho su discurso a favor de la libertad de expresión, dado que se cobijó bajo el amparo del segundo mayor represor de este derecho en el continente americano, tan sólo superado por los hermanos Castro.

Recientemente, el fundador de Wikileaks ha dado un paso más que ahora sí le deja en evidencia como un traidor. No a ningún país, sino a los principios que proclama defender y a todos aquellos que creyeron en su proyecto como una manera de hacer más libre el mundo. Julian Assange participó mediante videoconferencia en una charla de una hora de duración con periodistas –tal vez sea mejor decir propagandistas– y blogueros oficialistas –los encargados del agitprop online castrista– cubanos.

Al discurso del australiano no le faltó ningún elemento de propaganda castrista. Habló del bloqueo –en realidad embargo, puesto que Cuba puede comerciar con cualquier país del mundo menos EEUU, y con este país puede hacerlo cada vez en más sectores–. El supuesto enemigo del espionaje elogió a los cinco espías cubanos encarcelados en EEUU, de los que dijo sin rigor alguno que luchaban contra el terrorismo (en realidad espiaban a la oposición en el exilio) y puso a la ‘Revolución’ (en realidad dictadura totalitaria) como ejemplo para Wikileaks.

Cargó contra los medios de comunicación privados, a los que acusó de manipular, y añadió:

El éxito y el poder de Wikileaks representa esa posibilidad y para Cuba representan la posibilidad de contar su propia historia a todos los que estén dispuestos a escucharla. Todavía tenemos una gran lucha en nuestras manos, Internet le permite a casi todo el mundo decir lo que piensa; pero hay algunas corporaciones gigantescas que están manipulando esta información y a veces se resisten a darle un sentido a esta verdad, solo tratan de enterrarla totalmente.

Es cierto que internet permite a casi todo el mundo decir lo que piensa. Pero hay una ínsula del Caribe donde no es así. En Cuba el acceso a Internet sigue estando muy restringido y la red está sometida a una férrea censura oficial. La represión llega hasta el punto de que el estadounidense Alan Gross lleva preso desde diciembre de 2009 por haber viajado a la isla para ayudar a las comunidades judías cubanas a conectarse a la red sorteando la censura del régimen. Assange silencia esto y prefiere hablar de supuestas corporaciones gigantescas que manipulan la información (aunque tengan nulo poder censor). Gross, y no el fundador de Wikileaks, es un auténtico héroe por la libertad en internet.

Y los crímenes contra la libertad del régimen del que ahora se ha hecho cómplice el famoso australiano van mucho más allá. Los demócratas que se oponen a la dictadura sufren arrestos arbitrarios, e incluso llegan a pasar muchos años en prisión, o son sometidos a palizas y actos de repudios. Hay casos de presos políticos que fallecen en huelga de hambre, como Orlando Zapata Tamayo, y disidentes que mueren en circustancias sin aclarar, como la dama de blanco Laura Pollán o el líder del MCL, Oswaldo Payá.

Por supuesto, no hay ningún tipo de espacio para la crítica al Gobierno ni para cualquier actividad política que pase por la disciplina del Partido Comunista. Todo lo anterior por no hablar de los cientos de fusilados en el pasado y terribles estragos causados por décadas de una política económica tan centralizada como demencial.

Julian Assange ahora es cómplice voluntario de todo eso, al aceptar convertirse en propagandista del castrismo. No debe ser llevado ante los tribunales por ello, pues la libertad de expresión ampara hasta a los defensores de este tipo de aberraciones. Merece, eso sí, la condena moral de todos aquellos que defienden la libertad.

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