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Danzad, danzad, malditos

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Hace un par de días presencié cómo una madre, que no superaba los cuarenta años, abroncaba como si no hubiese un mañana a su hijo de cinco o seis por haber rozado, con su mano desprotegida, el tronco de un árbol en el que podía estar agazapado el dichoso virus. La mayoría tenemos un miedo cerval a la muerte, y nos importa poco vivir de cualquier manera, con tal de arrancarle unos días a un final que, desde que comimos la manzana, es inevitable.

Pero entre nosotros hay gente, entre otros los católicos, que cree -creemos- que la muerte no es el final; y, para esos, no vivir de cualquier manera debería ser una cuestión básica, ya que de ello depende la forma en que vayamos a disfrutar de la eternidad. Al menos en teoría.

Como todos sabemos, durante una parte de los estados de alarma se cerraron las Iglesias y la mayor parte de los obispos suspendieron “las celebraciones públicas de la Eucaristía con participación de fieles”. Casi ningún católico dijo nada, no sé si porque hemos dejado de considerar la Eucaristía “fuente y culmen de la vida cristiana” y medio para unirnos a Cristo y que nos haga partícipes de su Cuerpo y de su Sangre (como dice el Catecismo); o porque hemos interiorizado –a lo mejor con acierto, quién sabe- que es una pura liberalidad de nuestros pastores, libres de facilitárnosla o de privarnos de ella a voluntad; o porque, digamos lo que digamos, la salvación del alma está muy bien, pero lo primero es lo físico…

Lo cierto es que el Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declaraba el estado de alarma –y que por reciente sentencia, de 14 de julio de 2021, ha sido considerado parcialmente nulo por inconstitucional- no impedía la asistencia a los lugares de culto (aunque sí la condicionaba a la adoptación de medidas para evitar aglomeraciones), a pesar de lo cual sufrimos los cierres y suspensiones apuntados, lo que a los católicos, como digo, pareció darnos igual. Como nos ha dado igual que el Tribunal Constitucional recuerde, de manera expresa, en la sentencia de 14 de julio a la que nos hemos referido más arriba, que  “las manifestaciones de la libertad religiosa y de culto tienen su límite (art. 16.1 CE) en el «mantenimiento del orden público protegido por la ley», en el que se integra, junto a la protección de otros bienes, la salvaguardia de la salud pública (art. 3.1 de la Ley Orgánica 7/1980 y STC 46/2001, de 15 de febrero, FJ 11) (…) Respetados estos límites, las libertades religiosa y de culto resultan inmunes a toda coacción (art. 2.1 de la misma Ley Orgánica y STC 154/2002, de 18 de julio, FJ 6); y ninguna coacción conllevó el que se condicionara la asistencia a lugares de culto y a ceremonias religiosas «a la adopción de medidas organizativas consistentes en evitar aglomeraciones» y en posibilitar determinada distancia entre asistentes”. Casi nadie, en su día, alzó la voz para pedir explicaciones, y muchos menos, ni entonces ni ahora, para pedir perdón; supongo que porque “lo pasado es pasado”, a pesar de lo cual hemos tomado buena nota para dar y exigir lo que pueda venir en el futuro, seguro.

El gran consuelo que tenemos es que vamos a poder dejar de preocuparnos desde el momento en que la tecnología ha venido a solucionar nuestros problemas: transhumanistas como Kurzweil van a permitir que nuestra vida terrena sea eterna; a costa de vivir como robots, pero eterna. Y la televisión e internet permiten ya que vivamos las experiencias que queramos, incluida la Misa, desde nuestro sofá; imaginemos cómo será cuando nos pongan un chip en el cerebro y la vivencia sea todavía más intensa. ¡Para qué complicarnos tratando de vivir sin miedo y exigiendo libertad!

Hay especies animales -normalmente bastante anodinas, la verdad- que son capaces de adaptarse, reproducirse y sobrevivir en casi cualquier ambiente. Estoy pensando, por ejemplo, en los millones de ratas que pululan, rodeadas de inmundicia, por la oscuridad de las cloacas. Su vida no es la más edificante, pero es vida. Parece que hemos tomado buena nota.

(El título hace referencia al título en España de la película de Sidney Pollack They shoot horses, don’t they?)

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