Skip to content

El lenguaje económico (III): la retórica bélica

Compartir

Share on facebook
Share on linkedin
Share on twitter
Share on pinterest
Share on email

1. El lenguaje bélico

Toda la literatura económica está contaminada por el lenguaje bélico, y digo «contaminada» porque el uso de tropos[1] lleva frecuentemente al error. Periodistas y políticos, en particular, son muy dados a las metáforas bélicas: se refieren a las «campañas» que van a realizar, las «batallas» que deben ganar o los «enemigos» que deben combatir. El Manifiesto del Partido Comunista, en 1848, proclamaba la «creación de ejércitos industriales» (Marx y Engels, 2013: 76).

Algunos economistas, por su parte, también quedan fascinados con la jerga castrense y afirman que las empresas tienen «poder» de mercado. Sin embargo, al contrario que los estados y mafias, las mercantiles no «conquistan», «dominan» o se «aniquilan» entre sí. En ausencia de privilegios gubernamentales —origen exclusivo del monopolio— una empresa sólo obtiene mayor cuota de mercado si es capaz de satisfacer, mejor que otras, las necesidades y deseos de los consumidores. Desafortunada es la expresión category killer[2] para referirse a los grandes distribuidores especializados como Ikea, Leroy Merlin, Decathlon, Toys “R” Us, MediaMarkt, etc.; ninguno de estos gigantes «asesina» a un pequeño comercio de su ramo. Son exclusivamente los consumidores, buscando su propio interés, quienes asignan las respectivas cuotas de mercado a cada empresa. La gran distribución obtiene, entre otras ventajas, economías de escala y puede ofrecer precios más bajos. En el libre mercado, las empresas que más crecen —Mercadona, Inditex, Amazon, Google— son aquellas que mejor sirven a los consumidores; como afirma Bastos (2005: 30): «El monopolio es decidido por el consumidor porque claramente le beneficia».

2. La guerra comercial

El comercio es una actividad pacífica. «La economía de mercado presupone la cooperación pacífica» (Mises, 2011: 969). Por tanto, «guerra de precios» es una mala metáfora. Las empresas (como los deportistas) no guerrean o luchan a muerte entre sí, tan solo compiten, entre otras formas, ofreciendo precios bajos a los consumidores. La mal llamada «guerra comercial» no es un fenómeno mercantil, sino político. Los comerciantes no sienten la necesidad de invadir, conquistar y robar pues obtienen lo que desean mediante el pacífico intercambio. La doctrina alemana del «espacio vital» —Lebensraum— y la japonesa «Esfera de coprosperidad de la Gran Asia Oriental» eran espurias, innecesarias y solo sirvieron para justificar la invasión militar de las naciones vecinas.

En tiempo de paz, las autoridades sólo pueden interferir el comercio dentro de su ámbito jurisdiccional: prohibiendo o restringiendo en sus fronteras la entrada y/o salida de bienes. Por ejemplo, en 2014, tras la anexión ilegal de Crimea y Sebastopol por parte de Rusia, numerosas personas y empresas fueron sancionadas por los gobiernos de EEUU, Canadá y la Unión Europea[3] por «acciones contra la integridad territorial de Ucrania». La respuesta del Kremlin fue bloquear la importación de alimentos perecederos[4] procedentes de esos países.[5] A resultas de esta «guerra comercial», el presidente Rajoy, en un derroche de cinismo, declaró que el veto ruso sería «un estímulo y un acicate» para los productores españoles; mutatis mutandis, los contribuyentes deberíamos aplaudir las subidas de impuestos porque cada nuevo rejonazo fiscal supone un «estímulo» para administrarnos mejor.

Las mutuas sanciones económicas —prohibiciones, cuotas, embargos, aranceles— entre gobiernos solo perjudica especia específicamente a exportadores, importadores, inversores y, en general, a los consumidores que se ven privados de ciertos productos o que deben adquirirlos en otros mercados en condiciones menos favorables. Toda guerra arancelaria interfiere la división del trabajo, reduce el número de intercambios y merma la calidad de vida de los consumidores. Habitualmente, los causantes de la intervención comercial no sufren personalmente los perjuicios ocasionados a la población, tal y como sucedía en la extinta URSS, donde las élites gubernamentales disfrutaban de las raspredelitel o «tiendas especiales restringidas».

Otras veces se dice que los productos foráneos «invaden» o «aniquilan» el comercio nacional. Lo justo es reconocer que determinados empresarios (i.e. chinos) se expanden porque son más competitivos: ofrecen precios bajos, horarios más amplios, trabajan todos los días del año, etc. Los mal llamados productos «invasores» son una bendición porque elevan el nivel de vida de los consumidores.

También es falaz afirmar que tal empresa «domina» un sector económico o que fulano es el «rey» de la informática. El «imperio» informático de Bill Gates no se parece en nada al Imperio de Napoleón: el primero se construyó mejorando la vida de millones de consumidores mientras que el segundo, manu militari, causó seis millones de muertos en Europa.[6]

3. Economía de guerra

Si «la guerra es la salud del Estado» (Bourne, 2013) no es de extrañar que las autoridades pretendan equiparar cualquier crisis a un conflicto bélico. Así aparecen las (pseudo) guerras contra la pobreza, las drogas, el cambio climático y más recientemente contra el coronavirus. Nunca esas «guerras» se han ganado o perdido. «Sirve entonces como cobertura y justificación de las violaciones de las mismas libertades civiles y económicas que se supone que el Estado debe proteger» (Hülsmann, 2020). Sin ir más lejos, en la pandemia por Covid-19 los políticos han cometido las violaciones propias de una guerra: confinamiento indiscriminado de la población, toque de queda, controles policiales, cierres perimetrales, monopolización de servicios (vacunación), requisa de productos (mascarillas, geles), restricción de la movilidad, cierre forzoso negocios, controles de precios, prohibición de las posiciones cortas en bolsa,[7] etc. «Economía de guerra» es un oxímoron pues la intervención política del mercado, a resultas de un conflicto bélico u otra clase de emergencia, produce inevitablemente resultados antieconómicos para el conjunto de la población. La fatal arrogancia ­—como decía Hayek— de los políticos sólo consigue entorpecer y ralentizar la movilidad de los factores de producción para adaptarse a los cambios en la demanda. El intervencionismo gubernamental en tiempo de guerra o crisis, con frecuencia, desemboca en un auténtico «socialismo de guerra» (Mises, 2011: 974).

4. El caso de Michael Porter

El paradigma de lenguaje bélico lo observamos en el libro Estrategia Competitiva,[8] de Michael E. Porter, profesor en la Escuela de Negocios de Harvard y director del Instituto para la Estrategia y la Competitividad. Este autor se refiere a la actividad empresarial de forma falaz: las empresas «atacan», «provocan», «defienden», «represalian», «contratacan», etc. La retórica bélica de Porter (2009) es tan fecunda que citarla en toda su extensión haría este texto demasiado voluminoso. Solo citaremos los ejemplos más significativos: «¿Por qué deberíamos entablar una lucha en la industria y con qué secuencia de tácticas?» (p. 91); «¿Qué capacidad tiene el competidor de sostener una guerra larga?» (p. 111); «la estrategia consistirá en escoger el campo de batalla más propicio[9] para luchar con ellos (competidores)» (p. 114); «se trata de evitar que el ajuste desencadene una descarga de represalias y de guerras indeseables» (p. 121); «algunas empresas consideran las tácticas competitivas exclusivamente como un juego de fuerza bruta: acumulan recursos sin procesar y con ellos atacan al contrincante» (p. 137). El modelo de análisis de la competencia de Porter parece extraído de un manual de inteligencia militar: «Necesidad de un sistema de inteligencia de la competencia» (p. 116). Toda esta retórica es perniciosa. Las estrategias militar y empresarial son distintas. En la primera, los contendientes buscan la destrucción, neutralización o rendición del enemigo. En la segunda, los planes se refieren a la producción, expansión, alianzas, precios, marketing, costes, orgánica, cultura corporativa, etc. La estrategia empresarial no busca cómo destruir a los competidores, sino cómo satisfacer mejor las necesidades y deseos de los consumidores. Es un desatino que la literatura empresarial haya importado las enseñanzas de generales y estrategas como Sun Tzú, Julio César o Napoleón.

5. Lenguaje castrense

Otra forma que adquiere la retórica bélico-económica es el uso de terminología militar en el ámbito empresarial. Comenzaremos con la expresión Task Force, que literalmente significa «fuerza de tareas», pero una mejor traducción sería «fuerza operativa».[10] Se trata de una agrupación temporal de unidades militares —maniobra, apoyos de fuego, ingenieros, transmisiones, logística— que se constituye ad hoc para el cumplimiento de una misión específica limitada en el tiempo. Metafóricamente, una Task Force es un puzle de unidades bajo un mando. Algunas empresas se refieren a su equipo comercial como «fuerza de ventas». En otros casos, se externaliza la función comercial contratando una Sales Force. Los gobiernos tampoco se libran de esta moda: el presidente Trump y la gobernadora de Puerto Rico, Wanda Vázquez[11] constituyeron en 2020 sendos Coronavirus Task Force: comités científicos para actuar frente a la pandemia de COVID-19.

En el ámbito organizacional, tenemos un buen ejemplo: el «Ejército de Salvación», movimiento evangélico mundial cuya misión es la expansión del cristianismo a través de las obras de caridad. Esta organización religiosa, desde 1878, ha incorporado no solo una terminología castrense, sino la estructura, empleos, valores y simbología (uniforme, bandera e himno) típicos de una organización militar.[12] Su jefe, llamado «general», es asistido por un «jefe de estado mayor» que dirige el «Cuartel General Internacional» ubicado en Londres. Sus religiosos son «oficiales», sus voluntarios «soldados» y la parroquia se llama «cuerpo». Debemos señalar que, de todas las categorías analizadas de lenguaje bélico, esta última es la que menos confusión produce, pues se trata de una inocua trasposición de la terminología militar al ámbito organizacional.

Bibliografía

Bastos, M. (2005). «¿Puede la intervención estatal ser justificada cien
tíficamente? Una crítica». Procesos de Mercado, vol. II, n.o 1, pp. 11 a 51. 


Bourne, R. (2013) [1918]: War is the Health of the State. Recuperado de: <http:// www.Boune%201918%20Wa%20is%20the%20Health%20of%20the%20State%20A4.pdf?>

Hülsmann, J. (2020). «Una protesta desde Francia». Auburn: Mises Institute. www. mises.org. Mises wire 04/30/2020.

Marx, K. y Engels, F. (2013) [1848]. Manifiesto del partido comunista. Madrid: Fundación de Investigaciones Marxistas.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Porter, M. (2009). Estrategia competitiva. Madrid: Pirámide.

Salvation Army International (The). www.salvationarmy.org


[1] Según la RAE: Empleo de una palabra en sentido distinto del que propiamente le corresponde, pero que tiene con este alguna conexión, correspondencia o semejanza.

[2] «Asesino de la categoría».

[3] El 20 de junio de 2019, el Consejo Europeo prorrogó, hasta el 23 de junio de 2020, las medidas restrictivas en respuesta a la anexión ilegal de Crimea y Sebastopol por parte de Rusia.

[4] Frutas, verduras, carnes, pescados y productos lácteos.

[5] EE.UU., Canadá, Unión Europea, Australia, Noruega, Ucrania, Albania, Montenegro, Islandia y Liechtenstein.

[6] Existen diversas fuentes sobre los muertos y heridos causados por las Guerras Napoleónicas, entre 1797 y 1815. Los muertos en combate se sitúan entre 2,5 y 3,5 millones, y los civiles entre 700.000 y 3 millones. En España, según el coronel José Pardo de Santayana, experto en La Guerra de la Independencia española, si se compara la población que había antes de la guerra (11 millones) con la que quedó después, la reducción se aproxima al millón de habitantes. Cerca de 2 millones de franceses murieron por causa directa de la guerra.

[7] En marzo de 2020, Bélgica, España, Francia e Italia adoptaron esta medida.

[8] 2009. Madrid: Ed. Pirámide.

[9] Al menos, Porter emplea la cursiva en su analogía.

[10] En el Ejército de Tierra español se emplea el término «Grupo Táctico», si la unidad seminal es un Batallón o Grupo, y «Agrupación Táctica» para unidades de mayor tamaño (Regimiento).

[11]https://www.elnuevodia.com/noticias/locales/nota/lagobernadoraanuncianuevotaskforcemedicoparaatenderelcoronavirusenpuertorico-2554073/

[12] El Ejército de Salvación trabaja en 131 países. Fuente: www.salvationarmy.org (23/03/2020)

1 Comentario

  1. Avatar

    Muy interesante.


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más artículos

Bienestar Sustentable: capacidades y libertades

Plantear el Bienestar Sustentable desde el enfoque de capacidades, tiene como hipótesis que en la medida que existen mayores capacidades, oportunidades y libertades, habrá mayores posibilidades de que dichas condiciones generen sustentabilidad. Así, en el tiempo, las personas tendrán garantías para poder ser y hacer lo que valoran, incrementando sus libertades y su bienestar.

Mises no comprendió a Menger III

En la teoría de Mises no cabe la posibilidad de que un bien tenga valor solo por ser única y exclusivamente un medio de cambio. Para Mises, el bien tiene que ser de consumo