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El Papa, como Obama y Zapatero, debilidad ante el yihadismo

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Tras la masacre en la redacción de la revista Charlie Hebdo se ha producido una casi unánime condena en el mundo occidental del atentado –es una lástima que la solidaridad haya olvidado en buena medida a las víctimas del restaurante judío–. También se ha dado una generalizada defensa de la libertad de expresión por parte de los políticos y los medios de comunicación (algunos periodistas de rancio servilismo católico han preferido cargar contra las víctimas, pero son excepciones).

Dicha defensa no estaba exenta de hipocresía por parte de algunos gobernantes. Lo demuestra el hecho de que en la multitudinaria manifestación de París participaran representantes de Ejecutivos que destacan en la represión del periodismo y el libre uso de internet de sus países. Es el caso del primer ministro húngaro, Viktor Orban, el ministro de exteriores ruso, Serguei Lavrov (en cuyo país el Gobierno es el principal sospechoso del asesinato de varios periodistas hace unos años), o el rey de Jordania.

Un caso singular ha sido el del Papa Francisco, cabeza de la Iglesia Católica, al tiempo que jefe de un pequeño Estado europeo, el Vaticano, que no envió representante alguno a la manifestación. Aunque ha condenado el atentado contra Charlie Hebdo, ha puesto un «pero» muy peligroso. Olvidando cualquiera de los valores cristianos, se ha mostrado comprensivo con los yihadistas al decir que si insultan a tu madre, cualquiera responde con un puñetazo.

El Papa ha enviado un peligroso mensaje a los integristas, unos totalitarios que amenazan la vida y la libertad de millones de seres humanos. Les ha dicho que la máxima autoridad de la principal confesión cristiana, a la que ellos identifican de forma automática con el conjunto de Occidente, no está dispuesta a defender los valores de esa misma civilización occidental y hasta les ofrece cierta cobertura moral.

Existen diversos antecedentes de este tipo de mensaje. Son varios los políticos occidentales que en el pasado mostraron cierta comprensión ante la violencia islamista por viñetas sobre Mahoma o vídeos críticos con el Islam. En el caso español, Rodríguez Zapatero ha publicado en El Mundo un insulso artículo en el que condenaba el asesinato de los dibujantes de Charlie Hebdo. Pero en el pasado no actuó así.

Cuando en 2006 se produjo una oleada de violencia islamista por las viñetas del diario Jyllands-Posten, el entonces presidente del Gobierno adoptó una postura equidistante, condenando tanto a los radicales islámicos como al periódico del pequeño país del norte de Europa. De hecho, lo hizo en al menos dos ocasiones. Y en ambas actuó acompañado de sendos gobernantes con un pésimo historial en lo referido a la libertad de expresión.

Zapatero primero publicó una carta abierta junto con el turco Recep Tayyip Erdogan en la que condenaban tanto la violencia como las viñetas. Ambos decían:

La publicación de las caricaturas puede ser perfectamente legal, pero pueden ser rechazadas desde el punto de vista de la moral y la política.

Esta condena, sobre todo por el llamamiento al rechazo «desde el punto de la política», lanzaba un mensaje claro a los radicales: hay gobiernos que no están dispuestos a defender un valor tan supremo como es la libertad de expresión, si contra ella se usa la violencia.

Días después, en una intervención pública junto con Vladimir Putin, Zapatero volvía a la carga. Afirmaba que le gustaba la libertad de expresión «siempre que» se dieran una serie de circunstancias. Una de ellas era «el respeto» a las religiones. Una excepción que volvía a mandar un mensaje de debilidad.

El caso del actual presidente de Estados Unidos, que ni estuvo en la manifestación ni envió a un miembro de su Gobierno en su representación, es todavía peor. Ante una oleada de violencia en respuesta a una película ofensiva con Mahoma (y tan mala que es dudoso que alguien haya aguantado viéndola más de tres minutos) subida a Youtube, Obama reaccionó reclamando a Google que la retirara de su canal de vídeos:

Para nosotros, para mí personalmente, el vídeo es repugnante y reprensible. Parece tener el cínico propósito de denigrar una gran religión y generar odio.

Condenó con más fuerza el vídeo que la violencia con la que respondieron hordas de radicales musulmanes en muchos países. Afortunadamente, Google no cedió a las presiones de Obama para que retirara el vídeo en cuestión. Esa exigencia era un claro atentado contra la libertad de expresión y suponía una victoria moral del integrismo. El sentimiento de ofensa de muchos musulmanes era legítimo (nadie puede prohibir que te moleste determinada cosa), pero no la violenta respuesta.

Zapatero y Obama, como ahora el Papa Francisco, yerran profundamente. La libertad de expresión implica que nos puedan ofender. Las caricaturas molestas para una religión pueden ser de mal gusto, pero también tenemos derecho a actuar con dicho mal gusto. Además, si se comienza a ceder ante un totalitario que se siente ofendido, no hay límites.

Para los islamistas es ofensivo que se dibuje a Mahoma. Pero también lo es que alguien que no cree en el islam escriba que esa misma persona no era un profeta, puesto que Dios no le hablaba y ni le transmitió el Corán. Es legítimo que se molesten, como puede hacerlo un judío ultraortodoxo si se niega que Moisés recibiera las tablas de la Ley en el Sinaí o un fundamentalista cristiano si se rechaza la divinidad de Jesús. Pero su legítimo sentimiento de ofensa no puede restringir la libertad de otros. Es ilegítimo tratar de silenciar a quien pone en duda su fe.

Antes Zapatero y Obama, ahora el Papa, han enviado un peligroso mensaje de debilidad ante los islamistas que amenazan nuestra vida y nuestra libertad. Craso error: cuando no se muestra firmeza en la defensa de los propios valores ante los totalitarios, estos se sienten reforzados y animados a atacar con mayor dureza. Sobran los ejemplos en el terrible siglo XX.

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Wilhelm Röpke es un economista con una gran erudición y diálogo interdisciplinario, como historia, derecho y sociología. Sus investigaciones son una referencia y modelo para la ciencia económica, una ciencia muy empobrecida en las últimas décadas por paradigmas mecanicistas y matematizantes, tan atacadas por Röpke ya en su época.