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Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (III): ss. IV-V d.C.

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A inicios del siglo IV, el Imperio romano se había convertido en una realidad económica completamente diferente a lo que había sido a principios del siglo I. El eje principal de su sistema monetario durante los dos primeros siglos, el denarius argenteus, había virtualmente desaparecido desde mediados del siglo III, siendo sustituido a su vez por el argenteus antoninianus o el argenteus aurelianianus, numerales de mayor valor teórico, pero de cada vez menor valor real. Los excesos públicos en el presupuesto civil y militar, los incesantes sobornos y regalos, las reiteradas subidas de impuestos, el incremento de la burocracia estatal y las continuas requisiciones de bienes y metales preciosos habían extenuado la economía romana hasta niveles insospechados. Como broche de oro para esta desastrosa realidad, la inflación había pasado del 0,7% anual de los siglos I y II al 35% anual a finales del siglo III y comienzos del IV, empobreciendo a marchas forzadas a todas las capas sociales del Imperio. Diocleciano quiso poner fin a este descontrol mediante la promulgación del célebre Edictum De Pretiis Rerum Venalium de finales del año 301, en el que se prohibía subir los precios por encima de un determinado nivel bajo pena de muerte a casi 1300 productos y servicios esenciales. En el preámbulo del edicto se culpaba de la inflación a los agentes económicos, tachándoles de especuladores y de ladrones, y se los comparaba con los bárbaros que amenazaban el Imperio. La mayoría de productores e intermediadores, por tanto, optaron o bien por dejar de comercializar los bienes producidos, o bien por venderlos en el mercado negro o, incluso, por utilizar el trueque para las transacciones comerciales. Este debilitamiento de la oferta hizo crecer aún más los precios reales, en una espiral alcista que deterioró aún más el complejo sistema económico romano. Tan sólo 4 años después, en el 305, el propio Diocleciano abdicó en Nicomedia y se retiró a su palacio en Split, abrumado por su fracaso político y económico.

Un año después de la abdicación de Diocleciano, un joven Constantino, hijo del tetrarca Constancio Cloro, fue proclamado emperador por sus tropas en Eburacum, la actual York. Unos seis años después, en el 312, se hizo con el control de Occidente y, después, en el 324, también con el de Oriente, reunificando el Imperio nuevamente bajo su mandato. Considerado como el nuevo Augusto, Constantino llevó a cabo, al igual que el primer emperador, una ambiciosa y profunda reforma del sistema monetario. En el año 310 creó un nuevo solidus, rebajando su peso a 4,5 g. y con un título del 96-99% de oro puro. Esta moneda se convirtió en el nuevo eje de todo el sistema monetario bajoimperial, sustituyendo a los devaluados numerales de plata del pasado. El solidus constantiniano se convirtió en la unidad oficial para precios y cuentas y se establecieron nuevos impuestos exclusivamente en esta moneda. Así, gracias a la confiscación de importantes reservas de oro atesoradas en los templos paganos, que pasaron a estar desprotegidos por el Estado romano, se pudo soportar el valor real de esta nueva moneda, emitida en grandes cantidades, hasta el punto de que sirvió de valor refugio en el Imperio bizantino hasta el siglo XI. Junto al solidus, Constantino también creó, en el año 324, otros dos numerales de oro: el semis, de 2,25 g. y un título del 96-99%, y otra moneda de 1,7 g. y 96-99% de oro puro. El sistema se completaba con tres monedas nuevas más supuestamente de “plata”, el miliarensis pesado (5,45 g.), ligero (4,5 g.) y la siliqua o argenteus (3,4 g.), y con otras dos monedas más de bronce bañadas en plata, el nummus (3,4 g.) y el centenionalis (entre 2,7 y 1,7 g.). No obstante, estos numerales de “plata” y bronce se acuñaron en enormes cantidades y se devaluaron continuamente a lo largo de los años, perjudicando a sus usuarios más habituales, las clases sociales medias y bajas, mientras que las monedas de oro, utilizadas por el Estado romano y las clases sociales más altas, mantuvieron en todo momento su título y su peso originales. De esta manera, Constantino estableció el monometalismo áureo por primera vez en la Historia de Roma.

La muerte de Constantino en el 337 y el posterior reparto del Imperio entre sus hijos Constantino II, Constante y Constancio II no cambió radicalmente el sistema monetario, pero sí hizo que se volviesen a alterar los numerales de “plata” y bronce: a partir del 348 surgió una nueva moneda de 5 g. de bronce y 2,5% de plata, llamada pecunia maiorina por el Código Teodosiano, además de otras dos de 4 y 2,5 g. de bronce y 1 y 0,1% de plata, respectivamente. En el año 355 surgió una nueva moneda de 9 g. de bronce y 2% de plata, llamada por los especialistas AE 1, mientras que la siliqua fue rebajada de peso hasta los 2 g. de “plata”. La última gran reforma monetaria del Imperio fue establecida por Valentiniano I y Valente alrededor del año 368. El oro se afianzó como el eje estable del sistema monetario bajoimperial: tanto el solidus como el semis alcanzaron un título del 99% de oro puro, incorporando, tras la muerte de los dos emperadores, al tremis, de 1,5 g. de oro, una moneda que adquirió gran popularidad y difusión en las décadas posteriores. Esta estabilización de los numerales de oro, de un firme control en el peso y gramaje de los mismos, de diversas reformas contra la corrupción en la burocracia junto a un constante programa de aumento de los impuestos y de retirada del exceso de pasivo aun circulante por el Imperio ayudó notablemente a que la inflación se ralentizase anualmente. Sin embargo, este control de los numerales de oro no se aplicó al resto del sistema en “plata” y bronce. La siliqua, por ejemplo, se rebajó cada vez más, hasta los 1,14 g. de “plata”, y se convirtió en una moneda cada vez más rara de ver, mientras que el recién creado AE 1 perdió prácticamente todo su contenido de metal precioso, abandonándose para siempre la costumbre de bañar en plata las monedas de bronce. Este sistema monetario se mantuvo, sin grandes cambios, hasta la caída del Imperio romano de Occidente en el 476 y hasta las reformas de Anastasio en Oriente en el 498. El monometalismo áureo de Constantino, en cambio, sobrevivió hasta las últimas décadas del siglo VIII, cuando Carlomagno lo sustituyó por un monometalismo argénteo.

Durante los siglos IV y V la economía romana acabó por deteriorarse del todo, llevándose por delante a la sociedad y, en consecuencia, también a las ambiciones de los políticos del momento, convirtiendo al Imperio romano en un proyecto fallido y caduco. El continuo exceso del gasto público entre los siglos I y III obligó a los dirigentes romanos a devaluar la moneda de manera casi continua. Esta devaluación crónica, junto con el descenso de la población y de la actividad económica a lo largo del siglo III, disparó la inflación en todo el Imperio, un fenómeno que los romanos no sabían bien cómo manejar. La merma de poder adquisitivo efectivo de las clases medias y bajas intentó ser moderada por sus dirigentes mediante lesivos controles de precios, como el Edictum De Pretiis Rerum Venalium del 301, que acabaron de retirar la poca oferta de productos que quedaba en el mercado blanco, encareciéndolos en el mercado negro. Resulta verdaderamente chocante constatar como muchos políticos y partidos populistas de todo signo ideológico siguen proponiendo estos mismos “remedios” incluso hoy en día. Al mismo tiempo, los emperadores romanos crearon un rígido sistema de impuestos basados en pagos en especie para garantizar anualmente las entradas del Estado. Estas requisas públicas restringieron la libre oferta de productos en el mercado común y empobrecieron, así, a artesanos y comerciantes por todo el Imperio. Para garantizar estos impuestos, los gobernantes romanos impidieron que los campesinos y profesionales abandonaran sus domicilios y actividades originalmente registrados, creando, así, castas hereditarias de trabajadores e impidiendo que los factores productivos y los capitales transitaran hacia los sectores más necesitados de mano de obra e inversión en capitales.

Para poner fin a la galopante inflación, Constantino estableció un monometalismo áureo mediante el control del peso, las dimensiones y el título de los diferentes numerales de oro. El férreo control de la producción de monedas de oro frenó la escalada de los precios y alivió las tensiones en las cuentas del Estado, del mismo modo que hoy en día algunos países deciden combatir la inflación de sus divisas mediante la dolarización de sus economías, como es el caso reciente de la República Bolivariana de Venezuela. Sin embargo, el resto de numerales de plata y bronce, los más utilizados por las clases medias y bajas, quedaron a merced de una continua y desgastante inflación, provocando la pobreza y la descapitalización continua de las clases más humildes. En consecuencia, se acuñaron numerosas monedas locales, diferentes en cada sitio y todas ellas de baja calidad, a la vez que se veían favorecidos cada vez más los intercambios en especie o el trueque. Todo ello desincentivó el comercio de larga distancia y las producciones industriales de escala, convirtiendo cada vez más las diferentes áreas del Imperio en economías locales de subsistencia. Los habitantes de las ciudades, abrumados por las excesivas cargas fiscales y la falta de trabajo, se fueron trasladando cada vez más al campo, donde la economía se organizaba en lujosas villas rústicas, que se fueron convirtiendo paulatinamente en castillos. En conjunto, los efectos agregados del exceso de gasto público y de la inflación en la economía romana de los siglos I-III provocaron, en última instancia, un debilitamiento estructural sin precedentes de la capacidad económica de la sociedad de los siglos IV y V, que se vio reflejado en la incompetencia de sus gobernantes y élites para mantener el Imperio unido frente a las amenazas externas, que, citando al propio Ludwig von Mises, “no eran en modo alguno superiores a aquellas otras fácilmente vencidas por las legiones imperiales poco antes. Roma era la que había cambiado; su estructura económica y social pertenecía ya al Medioevo”.

6 Comentarios

  1. Mi tesis doctoral versa justo sobre el tema, así que el resumen me resulta harto inexacto, voluntarista y ahistórico, como si el objetivo fuera manipular los hechos para justificar la exactitud de una cita de Mises. Ni el proceso fue así (ni keynesianismo, ni trueque, ni monedas locales, ni fin del proceso con la aparición del sólido) ni la Edad Media tan fuera como se la pinta, por no mencionar que la mitad del Imperio sobrevive.

    http://www.investigo.biblioteca.uvigo.es/xmlui/handle/11093/2893

    • Estimado Alberto,
      Si tienes algún problema con algo del texto que te haya resultado inexacto o si, más en general, quieres simplemente ofrecer tu visión sobre el tema, siéntete libre de escribirme a daserran@ucm.es.
      Cordiales saludos.

      • Lo haré; aunque me temo que no es una cuestión de «visión», sino de hechos objetivos documentados que comento «in extenso» en el texto enlazado; a estas alturas del siglo XXI no se puede hablar de las castas hereditarias tardorromanas, la inexistente vuelta al trueque, la terrible y oscura Edad Media, etc, como si fuera 1980. O soslayar el protagonismo de la moneda de vellón/bronce en el inflacionismo de los ss. IV a VIII, seguir vendiendo la narrativa catastrofista de la caída del Imperio Romano como si Oriente no hubiera sobrevivido con las mismas monedas. La investigación ha avanzado bastante en los últimos cuarenta años. ¿Vincular la abdicación de Diocleciano con el Edicto de Precios, tan fracasado que probablemente no estuvo en vigor más de un mes? No se pueden hacer esos triples salto mortales, como tampoco ajustar la Historia a una cita de Mises. Un saludo.

        • Estimado Alberto,
          Me temo que has malinterpretado el texto y el mensaje que deseaba transmitir en estos tres capítulos. Si vuelves a releer las conclusiones de tu propia tesis o de tu artículo en Documenta et Instrumenta, verás que coincidimos en el 80% de las cuestiones. Espero que podamos seguir colaborando juntos por el bien de la escuela austríaca y no enfrentados por detalles insignificantes.
          Un cordial saludo.

          • Estimado David:

            EMHO no es una cuestión de confrontar, sino de precisar. Claro que estamos de acuerdo en lo esencial. Pero me parece también que la verdad histórica está por encima de los postulados extraeconómicos de la Escuela Austríaca, y lo que pasó realmente prima sobre lo que debería haber pasado según la teoría. Mises tenía razón en muchas cosas, pero no era historiador, y repetía en esa mitos hoy día ya refutados sobre la Edad Media. El ejemplo palmario de los problemas interpretativos del tradicional reduccionismo catastrofista Gibboniano es que la misma moneda inflacionaria que provoca la manida «caída del Imperio Romano», pero sólo en Occidente, y no afecta de igual modo a Oriente. Vamos, que es bastante más complejo el asunto (como con Huerta de Soto, que se me enfadaba cuando le decía algo tan evidente como que no había socialismo en época romana), el protagonista del inflacionismo de los ss. IV a VIII es la calderilla de vellón, no hay vuelta al trueque (¡si hasta hay documentadas letras de cambio!), sí desarollo bancario, y, en general, hay que precisar los hechos y no se puede rellenar con teoría lo que falta o ignorar lo que no cuadra (¡si en la Alta Edad Media se fundan cientos de ciudades y todo el norte y el este europeos salen de la Prehistoria!). Y por la parte económica el echar mano de Historia deseactualizada o directamente poco rigurosa para explicar fenómenos económicos resta crédito a la Escuela Austríaca. Y luego pasa lo que pasa, que fuera de determinados círculos uno dice que es austríaco y le miran con cara de «este un magufo indocumentado». Cuando son precisamente los keynecios y otras malas hierbas los que siguen ciegamente a sus santones, no caigamos en lo mismo.

            Un cordial saludo,
            A.

  2. Estimado Alberto,
    Como suponía desde el primer momento, hay un problema de interpretación de las palabras del texto.
    En primer lugar, nadie ha prejuzgado a la Edad Media de una forma o de otra. La frase de Mises funciona a modo de colofón final. Nada más. ¿Dime en qué momento menciono a Edward Gibbon o hago uso de la palabra socialismo?
    En segundo lugar, menciono el problema de la devaluación de las monedas de vellón (= aleación de plata o bronce con cobre o zinc) en los párrafos 3 y 5. No “soslayo” nada, como tú me acusas.
    En tercer lugar, el trueque está siempre presente en todas las economías de la Antigüedad en mayor o menor grado. Sin embargo, en momentos de mayor dificultad financiera o de deterioro acusado de la moneda, este se incrementa. Pero de ahí a acusarme de que afirmo que desaparece la moneda y se utiliza SOLAMENTE el trueque, hay un buen trecho. Eso no existe en el texto.
    En cuarto lugar, en ningún momento hablo de los siglos VI y VII. Me acusas de cosas que no he puesto ni de las que pensaba tratar en el texto.
    En quinto lugar, la bibliografía consolidada sobre los siglos III-V (que son los siglos que trato) habla de manera extensa sobre diversos temas que no se profundizan en el texto (ni es el lugar para ello), como, por ejemplo la importante diferencia económica entre los distintos ordines sociales, el grave dirigismo centralizador, el problema de la ruralización y el abandono de la ciudad de los curiales, el fenómeno cada vez más extendido del colonato y del patrocinium y sus graves consecuencias (bagaudas), la relativa rigidez de la movilidad social, o incluso de temas que hemos mencionado como la devaluación de la moneda de vellón respecto a la de oro o la practica nunca abandonada del trueque. NO SON INVENCIONES MÍAS, son temas tratados en profundidad por la investigación.
    Por todo ello, considero que los tres textos de la serie SOLAMENTE tratan sobre el gasto público y la consecuente devaluación de la moneda entre los siglos I-V, con algunos de sus efectos más nocivos. Nada más. Es un texto de DIVULGACIÓN. Para investigar hay otras plataformas y herramientas diferentes a esta serie de tres capítulos.
    Un cordial saludo.


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