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La moneda fíat como problema, y la banca libre como solución

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El crecimiento está en la esencia del Estado, pues todos tratan de ocupar e intervenir –en mayor o menor medida– distintas áreas de la vida social y privada de los individuos. Entre estos, destaca especialmente cómo el ámbito monetario ha quedado inundado por regulaciones, privilegios y monopolios estatales. Históricamente, hemos pasado de un patrón monetario fundamentado en una combinación entre activos reales y financieros a la moneda fiat, lo cual nos ha abocado a una pérdida incesante de poder adquisitivo y a ciclos económicos cada vez más pronunciados. Se trata de un patrón cuya esencia estriba en la coacción del Estado, que fracasa en ofrecer los servicios de liquidez óptimos propios del dinero ideal (Menger, 2013), tal y como ilustra la historia reciente desde la creación de la Reserva Federal en 1913 y, en menor medida, desde la caída del sistema de Bretton Woods en 1971.

Sin embargo, gran parte del dinero que empleamos no es creado por los Estados, sino por los distintos bancos comerciales que, mediante el crédito circulatorio (Mises, 2012), crean nuevos medios fiduciarios –activos financieros pagaderos a la vista como los depósitos y billetes de banco– de forma autónoma, que actúan como medios de pago en nuestras economías. Por tanto, el Banco Central controla, pero no planifica centralizadamente toda la oferta monetaria que los agentes económicos emplean. Desde la óptica de los gobernantes, es lógico que los Estados traten de controlar este ámbito, y las nuevas tecnologías les ofrecen nuevas oportunidades para nuevos usos de la prerrogativa gubernamental sobre la emisión de base monetaria a través de las Central Bank Digital Currencies (CBDC).

Dinero y velo de la ignorancia de Rawls

En muchas ocasiones, se argumenta que el dinero debería manejarse centralizadamente porque es un bien que afecta a toda la economía, a la estructura productiva y a la preferencia temporal de los agentes económicos, por lo que este no debería depender de agentes privados como bancos y cámaras de compensación, pues emitir más o menos medios fiduciarios distorsionaría el tipo de interés y el proceso de mercado.

Sin embargo, la evidencia empírica demuestra que los períodos de mayor depreciación de la moneda en Estados Unidos y Gran Bretaña han sido –excluyendo la Guerra Civil Americana y otros acontecimientos bélicos– en el siglo XX, cuando el gobierno ya se había arrogado la autoridad del monopolio de la moneda. Cabe mencionar, empero, que ambos sistemas no estaban exentos de problemas en el sistema de pagos y en la estabilidad de precios. Por ello, los teóricos de la banca libre han centrado su análisis histórico en la banca escocesa del siglo XIX como una aproximación más apropiada al modelo que proponen.

La prerrogativa gubernamental sobre la emisión monetaria ha pervertido la neutralidad del dinero, subvirtiéndolo a fines bélicos y fiscales –véanse las compras masivas de deuda pública, verbigracia. El dinero debería seguir el principio de justicia al que Rawls (1999) designó velo de la ignorancia, bajo el cual ninguna persona aceptaría ninguna norma manifiestamente injusta ni privilegios hacia ciertos grupos.

En este sentido, el dinero ideal no debería otorgar privilegio alguno a ningún individuo, ya sea mediante la revalorización de los saldos de tesorería o el incremento del precio de los bienes de consumo. De lo contrario, el dinero podría utilizarse para redistribuir la riqueza a discreción entre diferentes grupos de interés.

La función del dinero

La función del dinero es antagónica a esta pretensión. Ello se debe a que es una institución social cuya función es maximizar los intercambios en el espacio y en el tiempo. Para ello, su valor ha de ser estable, porque de lo contrario este dinero se convertiría en un medio de cambio imperfecto, pues ejercería de forma subóptima su función como depósito de valor, al ser un dinero con una liquidez oscilante. Además, tampoco serviría adecuadamente como instrumento de intercambio, ya que perturba el mecanismo coordinador que dentro del mercado ejercen los precios como trasmisores de información.

En efecto, la evidencia empírica señala que la moneda fiat se aproxima más a la definición de medio de cambio imperfecto que al dinero ideal (Nash, 2015). Concretamente, el dólar –que es la moneda de reserva internacional de referencia– ha sacrificado su liquidez en aras de unos objetivos macroeconómicos que acaban abocando a las economías al estancamiento y socavan la eficiencia dinámica del sistema, que es necesaria para ampliar y profundizar la estructura productiva mediante la canalización del ahorro real (Huerta de Soto, 2020).

Historia de la manipulación monetaria

Bajo esta retórica heredada de la Teoría General, el dólar perdió entre 1970 y 2020 el 85% de su poder adquisitivo, lo que equivale a una tasa de depreciación media de un 3,7% anual. Se ignora, por tanto, que el dinero no es un instrumento para aumentar la demanda agregada, sino un bien cuyos servicios de liquidez son esenciales para el cálculo económico y los procesos de mercado. En caso opuesto, tendrían lugar distorsiones económicas como la ilusión monetaria, bajo la cual los empresarios confunden precios nominales con precios reales. En suma, toda teoría macroeconómica que defienda la manipulación monetaria carece de una premisa elemental, a saber, que el dinero no puede estar sujeto a manipulaciones, sino que debe mantener su liquidez.

Tal y como señala Hayek (1976) refiriéndose a la historia de la prerrogativa gubernamental sobre la emisión de la moneda,

Cuando uno estudia la historia del dinero uno no puede evitar preguntarse por qué las personas han aguantado durante tanto tiempo a los gobiernos ejerciendo un poder exclusivo durante más de 2000 años que era usado regularmente para explotar y defraudarles (traducción propia).

Friedrich A. Hayek. La desnacionalización del dinero.

Las CBDC suponen precisamente la perpetuación de este marco monetario, que únicamente atraerá una mayor inestabilidad a nuestras economías. Este sistema no solo facilita más aún la expansión artificial del crédito, sino que reducirá la liquidez agregada del sistema. Además, no podrá planificar la oferta monetaria adecuada para mantener la liquidez del dinero fiat.

La propuesta de las CBDC

La implementación –por el momento hipotética– de las CBDC sustituiría tanto a los depósitos a la vista de los bancos como a los depósitos de los bancos comerciales contra el Banco Central, aunque existen otras propuestas como la del token descentralizado. Sobre los depósitos de los bancos comerciales en el Banco Central, esto no supondría ningún cambio a priori, ya que actualmente estas operaciones ya se dan en la ventana de descuento y en la remuneración de las reservas, por lo que las CBDC no supondrían cambio alguno.

En contraposición, la sustitución de los depósitos de los ciudadanos acarrearía un cambio de paradigma en el sistema bancario, ya que los bancos comerciales perderían la mayor parte de su financiación, al proceder esta fundamentalmente de los depósitos de los clientes. Esta sería la propuesta del sovereign money, que colocaría al Banco Central en el centro de la jerarquía de las instituciones financieras, relegando a todas las demás a un plano subsidiario.

Problemas de cálculo económico y desintermediación financiera

Aunque pueda aparentar que esta medida tratará de estabilizar el sistema de pagos, resulta una justificación un tanto inocua. En primer lugar, porque las leyes de curso forzoso, que impiden que los depósitos a la vista coticen con descuento, impiden que esto pueda suceder, lo cual elimina este límite exógeno a la expansión crediticia y engendra el riesgo moral en la banca. En segundo lugar, porque un sistema de banca libre sin privilegios ni intervención estatal posee un mecanismo coordinador bajo el que ningún banco está dispuesto a sobreemitir medios fiduciarios. De lo contrario, estos acabarán siendo condonados y devueltos al propio banco, debilitando su posición financiera, tal y como describe la Ley del Reflujo de Fullarton.

La desintermediación financiera inherente a las CBDC es, por contraste, harto preocupante. Bajo este nuevo sistema, los bancos dejarán de generar la mayoría de los medios de pago de la economía, centralizando la emisión del dinero y el crédito, tal y como sugería la célebre propuesta revolucionaria del Manifiesto Comunista de Karl Marx. Aunque resulta difícil pensar que el crédito circulatorio dejará de existir, no es descabellado afirmar que este tendrá un papel subsidiario.

Los límites a la planificación

Por esta razón, esta propuesta centralizadora adolecerá de todos los problemas descritos por Mises y Hayek en el debate sobre el cálculo económico en el socialismo. Incluso si el objetivo de los burócratas fuera generar estabilidad en el nivel de precios, esto sería imposible. Ningún comité planificador posee la información como para determinar cuál es la oferta monetaria óptima en cada momento. Sólo se puede alcanzar por medio de un proceso de descubrimiento y competencia que conduce constantemente al sistema al equilibrio monetario.

Dicho de otra manera, la intermediación financiera coordinada temporalmente y descentralizada es esencial para sostener la actividad productiva y atender la demanda monetaria de los agentes económicos, bien sea de transacción, especulación o precaución. Por esta razón, es imposible teóricamente que los medios de pago se ajusten óptimamente a la demanda de los mismos bajo un sistema planificado como el del sovereign money.

Ciclo económico

Se ha argumentado, en un artículo autorizado por el Banco Central Europeo (Bindseil, 2020), que una de las magníficas posibilidades que ofrecen las CBDC consiste en la política de tipos de interés negativos. Esta falsa esperanza se debe, en parte, a la consideración de que el tipo de interés es un instrumento de manipulación macroeconómica y no una expresión de la preferencia temporal de los agentes económicos. Es la valoración subjetiva que se le concede a los bienes futuros sobre los presentes. En el momento en que se genera esta bifurcación entre el ahorro real y la política monetaria, se da pie a las políticas monetarias laxas que, a través del mecanismo de transmisión entre el Banco Central, los bancos comerciales y, en última instancia, la economía real, dan lugar al ciclo económico.

En gran parte, la mentalidad de las autoridades monetarias no es tratar de evitar la recesión económica. Es la de proveerse de todo tipo de instrumentos –como los programas de estímulo o de flexibilización cuantitativa– para llevar a cabo políticas contracíclicas que mantengan el gasto agregado. Más preocupante aún es, incluso, el abandono de la teoría del capital y del ciclo económico. Esa teoría pone de manifiesto la necesidad de la coordinación temporal del ahorro y de la estructura productiva.

Banca libre

Con todo, hay una alternativa compatible con la libertad bancaria y la estabilidad monetaria, a saber, la banca libre y descentralizada. Todos los problemas de los que adolece la moneda fiat y que se exacerban con las CBDC, desde el abuso de la prerrogativa estatal hasta la imposibilidad del cálculo económico, se resolverían aplicando los principios del proceso de mercado a la banca. La evidencia empírica recopilada por White y Selgin arroja pocas dudas sobre la capacidad del mercado y de sus procesos coordinadores para otorgar un patrón monetario compatible con los principios de la economía de mercado.

Esta propuesta no está ni mucho menos siendo considerada por los Estados –más bien hemos visto que todo lo contrario–. Pero podríamos dividir a los teóricos de la banca libre en dos sectores. El primero es el de aquellos que defienden la existencia de la reserva fraccionaria, como White, Selgin, Hayek (nótese que a este respecto sigue habiendo polémica) y Glasner. Los segundos son los teóricos que abogan por el coeficiente de caja del cien por cien, entre los que hallamos a Rothbard, Mises, Hoppe, Huerta de Soto, Fisher, Simons etc.

Estas posturas se remontan a las discusiones que ya mantuvieron la Escuela Bancaria y la Escuela Monetaria. En las últimas décadas han traspasado los límites de la Ciencia Económica hacia posturas incluso jurídicas y filosóficas. La premisa fundamental de estos teóricos es que la emisión monetaria no constituye ninguna excepción al mecanismo coordinador del mercado. Por ello, la gestión descentralizada de la misma poseería numerosas ventajas comparativas respecto a patrones intervenidos por organismos burocráticos y gobiernos. Es evidente, por tanto, que existe una alternativa a la evolución monetaria actual.

Bibliografía

Bindseil, U. (2020) Tiered CBDC and the Financial System.

Hayek, F.A. (1976). The Denationalisation of Money. Institute of Economic Affairs.

Huerta de Soto (2020). Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos. Unión Editorial.

Menger, C. (2013). El Dinero. Unión Editorial.

Mises, L.v. (2012). La Teoría del Dinero y el Crédito. Unión Editorial.

Nash, J. F. (2015). Ideal Money. Southern Economic Journal, 82(1), 5–12.

Rawls, J. (1999). A Theory of Justice. Harvard University Press.

Ver también

La banca Simmons y la estabilidad monetaria y económica. (César Táboas).

La banca con reserva fraccionaria. (Francisco Capella).

Dinero, deuda, banca, y reserva fraccionaria. (Francisco Capella).

La necesidad de un banco central. (Eduardo Blasco).

El Suffolk Bank. (José Carlos Rodríguez).

Críticas infundadas a la banca libre y al coeficiente de caja del 100 por ciento. (José Carlos Rodríguez).

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