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La teoría del cierre categorial y la economía IV: Del subjetivismo al materialismo, y de ahí a la historia

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Mencionábamos en el anterior artículo un párrafo que, como un óvulo polifecundado, contiene ideas que luego se van a desarrollar luego completamente, y que están vinculadas unas a otras. De modo que lo vamos a citar de nuevo: “El materialismo filosófico entiende la idea de hombre como un conjunto de relaciones que constituyen el espacio antropológico a través de las cuales podemos entenderlo en sus determinaciones histórico-morfológicas”.

Más allá de que el materialismo entienda la idea del hombre, o no, lo pertinente aquí es que no se trata de cualquier materialismo, sino de este que se combina con el criterio de demarcación científica del cierre categorial. Un criterio que, a despecho de otros elementos, necesita categorías para construirse. Bien, cualquier ciencia, en cualquier sentido que le podamos dar al término, necesita de categorías. De otro modo no podría ni expresarse. A lo que me quiero referir es a que el materialismo de Gustavo Bueno y sus discípulos no buscan esas categorías en la acción del hombre.

Esto es lo que ha elaborado la Escuela Austríaca de economía, desde Menger. Actuar consiste en perseguir fines, y para ello recurre a medios. La consecución de los fines no es inmediata, por lo que la acción se desarrolla en el tiempo. Como la mente humana es creativa, tenemos la capacidad de proponernos nuevos fines más allá de lo que nos lo permiten los medios y el tiempo disponibles, de modo que se produce una escasez que es inerradicable. Como los medios son escasos, tenemos que elegir el curso de acción. Lo hacemos por aquéllos fines a los que otorgamos un mayor valor, que es la significación subjetiva que tienen para el actor. Ese valor que achacamos a los fines lo proyectamos sobre los medios. Como tenemos que descartar algunos fines, y estos también tienen un valor para nosotros, llamaremos coste al valor del fin descartado más apreciado. Acción, fin, medio, tiempo, escasez, valor, coste… Son categorías de la acción humana, a las que podríamos añadir otras: conocimiento, tecnología, incertidumbre, bien de capital, et al. 

El materialismo de Bueno no puede construir así la ciencia económica. Esas categorías no tienen una esencia material, sino puramente subjetiva. Es cierto que esas categorías, por medio de una de ellas, la acción, tiene implicaciones en el mundo y, por tanto, dejan una huella material. Eso es lo que parece interesarle a la escuela de Bueno. Y por eso el estudio del hombre es el de su huella, y en consecuencia el de su historia.

La Escuela Austríaca es dualista en el sentido hayekiano. Lo es necesariamente porque, aunque dentro hay posiciones filosóficas distintas, todos los autores reconocen un elemento esencialmente creativo en la mente humana. E incluso un autor que estudió en profundidad estas cuestiones, y que plantea una explicación de la mente en términos estrictamente materiales, como es Hayek, reconoce que nunca daremos con una explicación precisa de nuestras ideas en esos términos. 

Luis Carlos Martín evita todo esto. Nada de creatividad de la mente humana (todas nuestras acciones están determinadas, y no nos pertenecen; nos vienen dadas). Los individuos, no tenemos nada que decir ni sobre lo que decimos, porque nuestras acciones son espasmódicas, reacciones sin propósito ni voluntad propia, o acomodaciones a normas exteriores que nosotros no hemos diseñado. 

Insisto: dice en la página 130: “Como contrafigura a la idea espiritualista monadológica, le atribuimos un carácter corpóreo, operatorio, práctico, prudencial. De este modo, su esencia es proléptica, finalística, apotética”.

En su batalla contra el subjetivismo de la Escuela Austríaca, no deja prisioneros. Y hace bien, ya que ve en ella un inmenso error. Dice en la página 54: “Son las teorías subjetivistas del valor las que más confusión ofrecen. Por su metafísica mentalista reducen las categorías económicas a convenciones de los sujetos y toda la ciencia económica a juegos imaginativos. Anmarcocapitalistas que darán un nuevo auge a la praxeología de Mises, como Murray Rothbard; utilizan ‘experimentos mentales’ para entender un campo que se levanta desde el modelo de un Robinson que ahorra, representándose un fin mental que luego ejecuta”. Como cuando en Alicia se separan las partes del gato hasta quedarse en la sonrisa. 

Dice (página 55), que Ludwig von Mises es “tal vez del caso más desenfocado de la gnoseología económica, dado que el ‘individualismo metodológico’ como base del resto de ‘leyes económicas’ es justo el proceso contrario que sigue la cientificidad de una ciencia (pues sólo el grado en que se elimina a los individuos y sus operaciones del campo alcanza algún nivel de verdad). Tal ‘praxeología’ tendrá que anclarse a posiciones mentalistas del dinero que pese a su pretendida positividad le hacen perder de vista las unidades estatales monetarias”. 

Martín recoge, así, la misma posición que expresa Hayek sobre las leyes del mundo físico: Ahí la ciencia ha avanzado a medida que ha eliminado las observaciones subjetivas del hombre. La ciencia no exige que el científico diga que un cuerpo está caliente o frío, sino que recurre a un termómetro. Tampoco dice que un color es verde, sino que realiza una colorimetría con un instrumento (1). 

Lo que no advierte Martín, o más bien no comparte, es que como objeto de estudio, el hombre y el átomo, o el hombre y las placas tectónicas, ¡o el hombre y su cuerpo!, son objetos de estudio de naturaleza distinta. El propio Hayek reconoce que todo avance significativo en la ciencia económica procede del subjetivismo como método. Es más, y esto es fundamental para comprender las pretensiones de la escuela austríaca: a diferencia de la química o de la geología, en el caso de la economía como ciencia de la acción humana, el científico participa de la naturaleza del objeto de estudio. 

Por eso el economista sabe que el hombre tiene fines y acude a medios. Es más, no podría negarlos sin buscar un fin (negar la existencia de fines) ni acudir a un medio para lograrlo (expresar un conjunto de palabras).

Si el materialismo pudiera explicar nuestras acciones, todo lo que plantean los autores de la escuela austríaca sería farfolla. Pero el materialismo tiene el decoro de no intentarlo siquiera (2). Simplemente toma nota de sus huellas, forma categorías sobre su persistente pasado, e intenta construir desde ahí un edificio. 

Lo hace de forma arbitraria, lo cual le crea unos problemas enormes. El autor de El mito del capitalismo se ve obligado a luchar contra dos profesiones, economistas e historiadores, sobre la pertinencia de conceptos como dinero, mercado o comercio. Yo comprendo su desesperación, pero no veo cómo podría no caer en ella. 

Volviendo a las palabras de Martín, donde busca las categorías con las que elaborar una nueva teoría económica es en la historia. La escuela de Bueno le dedica una enorme atención a la historia, y es feraz en la creación de grandes interpretaciones del pasado humano. Son edificios atractivos, que nos ayudan a interpretar grandes procesos históricos, pero su construcción en ocasiones es forzada, y no logra levantarse sobre el suelo. Pero eso queda para un próximo artículo.

(1) Hayek, The Sensory Order. An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology. University of Chicago Press, Chicago, 1976 (1952), pp 2-8.

(2) Ibid, pp 25-30 para un demoledor ataque al behaviourismo, que comparte un mismo fondo filosófico que el determinismo del comportamiento humano que aquí se observa.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

(III) El liberalismo como atomismo

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