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La tiranía invisible

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La realidad de los sistemas totalitarios se expresa sin ambages. Los gulags, las hambrunas provocadas y los asesinatos en masa son pruebas suficientes del horror soviético. Mao aniquiló a 70 millones de chinos y Pol Pot a un tercio de la población camboyana. Los balseros van de Cuba a Florida, no de Florida a Cuba, y los cientos de miles de "boat people" vietnamitas no estaban emigrando a climas mejores sino huyendo del despotismo. Sólo había francotiradores en el lado comunista del muro de la vergüenza y son las playas norcoreanas las que están cercadas con alambre de espino para impedir que la gente se fugue por mar. Basta comparar Alemania oriental con Alemania occidental en tiempos de la Guerra Fría o Corea del Norte con Corea del Sur para advertir que la planificación central de toda la economía va de la mano de la miseria más absoluta. Cualquier persona de bien que no esté cegada por prejuicios asocia sin dificultad el régimen totalitario con sus atroces consecuencias: están a la vista de todos y la relación causal es demasiado evidente. Pero a medida que la tiranía toma cauces menos perceptibles, se vuelve sutil en sus métodos y el nexo de relaciones causales adquiere complejidad, cuesta más identificar la injusticia y señalar al culpable.

A veces cuando en una discusión los liberales comparamos el Estado del Bienestar con el nazismo o el comunismo nuestro interlocutor se sorprende y niega que sea de recibo la analogía. "No es lo mismo", objeta. Naturalmente no lo es ni puede serlo, ya que plantear una analogía es poner en relación cosas distintas con atributos comunes. Nosotros lo que nos proponemos es enfatizar dichos atributos comunes y sugerir que la diferencia entre un sistema totalitario y el Estado del Bienestar democrático no es tanto cualitativa como cuantitativa o de grado. Pero nuestro interlocutor sigue rechazando la lógica de este planteamiento. "Hitler y Stalin asesinaban a la gente, los gobiernos democráticos no hacen nada de esto", puede decirnos. No, está claro que no matan a la gente por pensar diferente, ¿pero seguro que no son responsables de la muerte de nadie? No te envían a Siberia, sin embargo ponen en peligro tu vida cuando racionan la sanidad y te ponen en lista de espera, cuando restringen el comercio de órganos y retrasan la salida de medicamentos al mercado, cuando son ineficientes aplacando la delincuencia o cuando te prohíben portar un arma para defenderte. Al mismo tiempo ponen en peligro la vida de otras personas cuando obstaculizan el progreso del tercer mundo con medidas proteccionistas y patrocinan con ayudas públicas modelos de desarrollo obsoletos. Pero los efectos letales de la acción del Estado del Bienestar son indirectos y no se distinguen fácilmente. La relación de causa y efectos entre la muerte de un individuo inocente y la orden de fusilamiento de Stalin es directa y no escapa a la comprensión de nadie. La relación de causa y efecto, no obstante, entre la muerte de decenas de miles de personas y los controles de calidad públicos que retrasan artificialmente la salida de medicamentos al mercado no es menos real ni menos trágica, aunque sí más sutil.

"Pero los regímenes comunistas no permitían la propiedad privada y los gobiernos democráticos sí la respetan". Nominalmente sí, de facto… El expolio no deja de ser expolio por reducirse la cuantía del botín. Antes la gente trabajaba los 365 días del año para el Estado, ahora "sólo" la mitad del año. Esclavismo a tiempo parcial. El Estado usurpa los ingresos de los individuos y regula severamente el modo en que pueden emplear su cuerpo, su casa, su negocio… ¿Nos encontramos ante una diferencia cualitativa o de grado?

La cuestión es que la propiedad pública de todos los medios de producción acarrea una miseria terrible, mientras que el Estado social-democrático deja al mercado margen suficiente para crear una enorme riqueza. Así, la gente puede asociar de un vistazo el comunismo con la pobreza, pero no asocia el Estado del Bienestar con la pauperización económica. Las relaciones de causa y efecto son más profundas, menos visibles, y es preciso comprender los entresijos de los procesos sociales para identificar la enfermedad, el virus que la causa y la cura necesaria. Poca gente sabe que el alza general de precios es un fenómeno causado por la intervención pública en el ámbito monetario y que sus efectos asimétricos golpean especialmente a las capas menos pudientes, que tienen que asumir precios más altos antes de que suban sus salarios. Para llegar a esta conclusión hace falta saber qué es el dinero, cómo se forma su precio y por qué la introducción de nuevos medios de pago no respaldados no es neutral. Del mismo modo mucha gente ignora lo que comporta un sistema de pensiones redistributivo como el actual: los trabajadores no están ahorrando parte de su renta para su futuro sino que están destinándola al consumo de los jubilados; el ahorro hubiera servido para capitalizar las estructuras productivas, aumentar la productividad y producir más y mejor en el futuro, así como para devolver el principal más intereses y pagar pensiones de jubilación elevadas. Hoy no se crea riqueza alguna con el sistema de pensiones –el dinero simplemente cambia de manos–, pero para entender por qué esto es así antes es preciso saber en qué consiste el ahorro y la acumulación de capital. La gente también desconoce que la causa del desempleo son las regulaciones laborales y el salario mínimo. El paro es una realidad visible, pero su causa no es fácilmente identificable para el profano. Las regulaciones laborales hacen que el coste de contratar un trabajador sea mayor y el salario mínimo impide contratar por debajo de un determinado precio; si el coste de contratar al trabajador supera el valor de su contribución el empresario no le contratará, no le sale a cuenta. Para advertir esta consecuencia hay que tener alguna noción de cómo se forman los precios en general y los salarios en particular.

Juzgar las cosas por su apariencia puede ser harto engañoso en este contexto. El prisionero que, complacido con el plato de comida que le traen cada día, no repara en lo bien que viviría si le dejaran salir de la mazmorra, no parece estar evaluando su situación con acierto. La tiranía social-demócrata tampoco nos mata de hambre, pero nos niega una prosperidad mucho mayor: el crecimiento medio de las economías con un sector público en relación con el PIB inferior al 25% es del 6,6% anual. Si España hubiera crecido a este ritmo en los últimos 20 años hoy seríamos el doble de ricos. ¿Qué haría usted con el doble de renta? Si el sector público desapareciera o quedara reducido a su mínima expresión y hubiéramos experimentado, pongamos, un crecimiento económico del 10% anual sólo en los últimos 20 años, hoy tendríamos el triple de renta per cápita. ¿Se imaginan un crecimiento del 10% pero durante todo el siglo XX? Supone doblar la riqueza nacional cada 8 años.

Como dijera Bastiat, una de las principales enseñanzas de la economía es que no debemos juzgar las cosas sólo a partir de lo que vemos, más bien debemos juzgarlas a partir de lo que no vemos. No basta con tener en cuenta los réditos de tomar un camino determinado, hay que ponderar también lo que dejamos de ganar por renunciar a los caminos alternativos. Los procesos sociales son complejos y las relaciones causales en el marco del Estado del Bienestar no están a la vista de todos. Por eso es necesario que señalemos las injusticias de este sistema político y expongamos lo que estamos dejando de ganar, haciendo visible esta tiranía invisible. No podemos esperar que la gente se rebele en tanto no mire más allá de su ostentoso plato de comida y sea consciente de que está tras unos barrotes, de que otro mundo es posible ahí fuera, un mundo de libertad sin concesiones y extraordinaria prosperidad.

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