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La trampa marxista: La imposibilidad del socialismo y la falacia histórica de la izquierda

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Marx era un hombre inmensamente inteligente y culto, pero su odio a la sociedad capitalista y sus utópicos sueños sobre el socialismo lo llevaron por el camino equivocado. Como economista poco hábil, se aferró a la contradictoria teoría del trabajo de Smith y Ricardo, y exageró sus errores en lugar de resolver las contradicciones que ellos mismos también habían identificado; construyó castillos de arena sobre los cimientos equivocados. Y desde entonces, el mayor problema de la izquierda es que permanece atrapada en la trampa creada por Marx.

Desde el punto de vista histórico, la explotación de esclavos y siervos ha sido una experiencia real y amarga en todas las civilizaciones pre-capitalistas. Pero Marx impuso el concepto de explotación a quienes se ganan el pan como trabajadores en el mercado libre, mientras oculta el hecho de que fue el avance de la economía de libre mercado lo que hizo posible que los trabajadores se liberaran y, finalmente, tomaran el control de su propio destino para poder así mejorar su nivel de vida. Para apoyar su teoría de la explotación, ocultó el hecho de que la teoría de la explotación elaborada en su principal obra científica, en primer tomo de El Capital, era una mentira que él mismo conocía. 

Marx, a lo largo del proceso de escritura de El capital, era consciente de que su concepto de explotación era incompatible con la realidad. Lo sabía, porque ante las evidencias de los hechos, abandonó en 1863 la escritura del manuscrito que sería publicado póstumamente por Engels como volumen III de El Capital en 1895. En estos manuscritos abandonados ya sabía que los beneficios no están relacionados con la supuesta explotación de los trabajadores, sino con el capital invertido. Años más tarde de haber abandonado el manuscrito, en 1867, Marx publicó el Volumen I de El Capital con el concepto de explotación, que sabía que no funcionaba.

Los manuscritos de El Capital III fueron escondidos en su escritorio para que no quedara rastro de su fiasco. Así, en lugar de admitir su fracaso, engañó a sus lectores y a su mejor amigo, Engels, con la promesa de que en futuros escritos el problema sería resuelto. Sin embargo, en lugar de buscar las soluciones, comenzó a estudiar química y matemáticas y aprendió algunos idiomas, con lo que la secuela de El Capital quedó inconclusa. Después de su muerte, Engels, ya en su vejez y antes de llevar los manuscritos a la imprenta, se vio obligado a admitir que la teoría de la explotación de Marx era verdadera para la era capitalista preindustrial, pero no para el capitalismo. Es cierto que solo lo hizo en una carta privada, continuando la tradición marxista del engaño y la mentira.

Marx también fue responsable de la idea de que la clase obrera sería la gran fuerza redentora de la humanidad. Después de lanzar públicamente bellas consignas, Marx despotricaba en sus cartas privadas a Engels, contra los obreros y explicaba que su supuesta fuerza redentora no era una acción revolucionaria, ya que solo pensaban en su mezquino bienestar y en sus deseos de integración en la sociedad burguesa en expansión.

Marx, mientras escribía el Manifiesto Comunista, sabía que la burguesía era la causa del dinámico desarrollo y del enorme crecimiento económico del siglo XIX. Pero en El Capital describía a los capitalistas como meros sacos de dinero ociosos. No dijo ni una palabra sobre el verdadero motor del desarrollo dinámico del capitalismo, del empresario que utiliza el capital. Sí mencionó en una frase que muchos capitalistas habían empezado en pequeños talleres y que los primeros capitalistas de la revolución industrial inglesa eran en realidad obreros, artesanos que se aprovecharon de la libertad burguesa y que, con su ingenio, habilidad y energía, se abrieron camino hasta las filas de los ricos y privilegiados. Nunca incorporó este hecho a su teoría.

En su mundo inhumano y falso, el desarrollo se debe a las fuerzas productivas impersonales, concepto que desplaza la fuerza del trabajo personal y del ingenio humano. De este modo, pudo abstraerse del hecho de que la libertad burguesa había creado la posibilidad de que un trabajador pudiera tener una idea y que pudiera ponerla en práctica y obvió el hecho de que si el producto (o servicio) basado en esa idea captaba la atención de los consumidores, entonces ese trabajador podría convertirse en capitalista y ascender a las filas de la élite más rica y respetada.

No es casualidad que su sueño, el socialismo existente, se convirtiera en una terrible dictadura, una máquina burocrática desalmada y cruel, a la que las manías de los altos dirigentes dieron vida a costa de la muerte de millones de personas y de la pobreza de los propios trabajadores a los que se les había prometido un cielo terrenal. ¡Ay de los súbditos si al líder supremo se le ocurría matar a miles de personas de la noche a la mañana, condenarlas a pasar hambre o encerrar a decenas de millones en campos de trabajo! En comparación con estos asombrosos crímenes, la destrucción de aldeas, de núcleos urbanos históricos, el despilfarro de recursos en la producción de productos como el mítico coche Trabant, que fue fabricado durante treinta años sin ninguna mejora del diseño original, no son más que tristes recuerdos de la destrucción del socialismo.

«No era socialismo», declara la izquierda que no se atreve a admitir que el sueño marxista fue una auténtica pesadilla. Incluso algunos pensadores de izquierdas dicen que era el capitalismo de Estado. Identifican el sueño marxista con el objeto del odio marxista para salvar la esperanza del socialismo en ellos mismos y seguir odiando el capitalismo.

¿Pero ellos, qué entienden por capitalismo de Estado? Una sociedad industrial, nacionalizada y dirigida desde arriba por el líder político. Sí, en algunos aspectos el socialismo existente era similar al Occidente capitalista real: una sociedad industrial y urbana. Entre los líderes comunistas, solo Pol Pot fue lo suficientemente valiente como para emprender la liquidación de esa sociedad industrial y de las grandes ciudades para lograr el socialismo eco-social, lo que requirió el exterminio inmediato de la mitad de la población, la matanza de los intelectuales y de los ciudadanos a los que se consideraban no aptos para el trabajo rural.

Lenin, Stalin, Brezhnev y otros líderes socialistas en cambio, se mantuvieron fieles a la imagen del socialismo marxista modernizador-industrial: llevaron a cabo un proceso de industrialización, construyeron enormes fábricas y crearon nuevas ciudades industriales desde cero. Incluso intentaron convertir las aldeas en un asentamiento industrial, eliminando las odiadas explotaciones campesinas individuales. Aparentemente, el socialismo se asemejó al capitalismo en que también era una civilización industrial: ciudades impersonales, enormes fábricas llenas de trabajadores, dirigidos por los directores, como si fueran tornillos de producción necesarios pero reemplazables. Y, por supuesto, también tenían la necesidad de acumular de capital. Las sociedades socialistas satisfacían las enormes necesidades de maquinaria de la producción industrial a gran escala robando la riqueza de la población y manteniendo bajos los ingresos de los trabajadores. Solo Stalin y sus clientes podían tener dachas, palacetes rurales con sirvientes. Caucescu tenía un aseo de oro. El resto de la gente tenía que hacer colas interminables durante horas delante de las tiendas para comprar un simple trozo de pan.

Por ello, a mucha gente que vivió bajo el régimen socialista le parecía que el grado de explotación que padecía era incluso mayor que el de las sociedades capitalistas. El Estado torturaba a los trabajadores con mano de hierro y, para bien o para mal, azotaba a la gente para que trabajara como si fueran verdaderos esclavos, esta vez esclavos del Estado. Muchos trabajadores no tuvieron suerte, y su destino fueron las cárceles, los campos de trabajo o incluso las condenas a muerte.

Pero una sociedad capitalista no es equivalente a una sociedad industrial, aunque haya sido precisamente el capitalismo el que ha permitido una rápida sucesión de nuevos inventos y revoluciones industriales que han transformado el mundo feudal en una verdadera sociedad industrial. La población de los países en donde fue implantada una economía de más o menos libre mercado se ha librado de la miseria general. Hoy en día los trabajadores ya no tienen que temer el hambre y el frío. Y gracias a este verdadero desarrollo, los intelectuales de izquierda pueden permitirse el lujo de quejarse del consumo excesivo de los trabajadores, que amenaza al mundo y socava su conciencia de clase.

La esencia del capitalismo es la libertad, no el capital ni las fábricas. Es la libertad del individuo sobre su propio cuerpo y sus sueños, para aumentar su conocimiento y habilidades y utilizarlos según sus deseos e inclinaciones. Las civilizaciones de las épocas precapitalistas despreciaban a los trabajadores y limitaban su creatividad. Los trabajadores estaban esclavizados o sometidos a diversas formas de servidumbre. La servidumbre daba poco o ningún margen para utilizar su propio espíritu empresarial innovador.

El nacimiento del capitalismo industrial se debió a que, en el ambiente más libre de la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII, cualquier trabajador, el artesano ingenioso, el comerciante emprendedor que sentía ante él una oportunidad, podía por fin hacer algo para mejorar su suerte. Esta libertad permitió por fin a los artesanos, a los hábiles trabajadores, innovar y apartarse de miles de años de métodos de trabajo tradicional e introducir nuevos productos. Al hacerlo, pudieron obtener beneficios y vivir mejor.

Carl Menger resolvió el enigma que Adam Smith había planteado pero que dejó sin resolver, explicando que la búsqueda del beneficio individual se convierte en un acto para el bien común como si la mano invisible del Cuidador guiara al hombre. Según la teoría de Menger, el valor de las mercancías llevadas al mercado está determinado por el juicio de valor de los compradores, no por el trabajo invertido por el productor, como pensaba Marx. Por ello, el empresario es, de hecho, metafóricamente hablando, el servidor del comprador: su beneficio depende de su capacidad para adivinar las necesidades y deseos del futuro comprador. Si pone en el mercado un producto para el que no hay demanda, por mucho trabajo y capital que haya invertido en él, el valor de ese producto es cero. Y si el empresario no puede recuperar al menos el valor del capital invertido, se verá obligado a abandonar la producción de ese producto y a buscar un nuevo medio de vida. Pero si el empresario introduce en el mercado un producto que tiene demanda, entonces todos se benefician: los compradores se van a casa contentos porque han podido comprar algo que necesitaban, y el productor obtiene un beneficio. Al reinvertir el beneficio, el empresario puede aumentar la producción para satisfacer otras posibles demandas y, al mismo tiempo, obtener aún más beneficios. Es como si la mano de la Providencia actuara de esta manera: tanto el empresario como los consumidores se benefician, y todos encuentran una mejor y más amplia satisfacción de sus necesidades.

Por esta razón, llamar al socialismo capitalismo de Estado es una mentira caricaturesca. La esencia misma del socialismo existente, el sueño marxista, es que ha privado a la gente creativa de su libertad, y ha bloqueado los mercados en los que los empresarios innovadores habrían podido satisfacer la demanda de los consumidores. En su lugar, ha creado corporaciones gigantescas centralizadas y cooperativas agrarias. Todo el mundo se convirtió en esclavo del Estado. Sólo una persona era libre: el planificador central, que era el jefe del partido totalitario del Estado. El líder adorado, cuyos deseos e ideas controlaban la vida de las personas que habían sido reducidas al papel de esclavos del Estado. El socialismo no era «capitalismo», aunque fuera una sociedad industrial y urbana. Era más bien una extraña mezcla de sociedad feudal y esclavista centralizada e industrializada, sostenida por el terror de la policía secreta.

Desgraciadamente, muchísimos miembros de la izquierda actual no se atreven a enfrentarse a la bancarrota del marxismo. Incluso hoy siguen pronunciando etiquetas marxistas descaradamente falsas como «explotación», «clase obrera», «capitalistas». Su tema principal es regular el «capitalismo», reducir el grado de «explotación», gravar a los «ricos» y a las empresas para destruir a los «capitalistas». Estas medidas son usadas precisamente para limitar la posibilidad de que nuevos empresarios surjan de la nada y se conviertan en ‘capitalistas’ al ser capaces de atender las necesidades de los consumidores mejor que las empresas existentes. Impiden que los trabajadores se beneficien de una mayor demanda de su trabajo y de una mayor oferta de productos más baratos y mejores.

La esencia del mercado libre, el capitalismo es la libertad del hombre pensante, creativo y trabajador, no el capital. La existencia de los mercados y la competencia obliga a los empresarios a servir a los consumidores y crea incentivos que producen beneficios mutuos produciendo riqueza y una mejor vida para todos.

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