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Václav Havel y Kim Jong Il, dos caras de la humanidad

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El azar ha querido que coincidan en el tiempo los fallecimientos de Václav Havel y Kim Jong Il. El mundo da estos días su adiós a dos figuras que personifican los extremos opuesto de entender la política y el poder, e incluso el ser humano en sí mismo.

Havel pasa a la historia, por méritos propios, como uno de esos gigantes que dedicaron su vida a la libertad y a cuanto de bueno pueden tener las personas. No sobra recordar algunas de sus citas que mejor resumen su pensamiento y, seguramente, su sentir.

La primera pequeña mentira que se contó en nombre de la verdad, la primera pequeña injusticia que se cometió en nombre de la justicia, la primera minúscula inmoralidad en nombre de la moral, siempre significarán el seguro camino del fin.

Sólo evitando esa pequeña mentira, esa pequeña injusticia y esa primera minúscula inmoralidad se puede evitar ese seguro camino del fin, que no es otra senda que la que conduce a la sumisión y a la represión de la libertad.

La verdad y el amor deben prevalecer sobre la mentira y el odio.

Sabía bien lo que decía. La mentira y el odio eran los sustentos básicos del régimen comunista que le condenó a largos años de prisión por ser uno de los principales intelectuales opositores al totalitarismo que oprimía a gran parte de Europa. Cuando por fin fue libre y su país accedió a la democracia, siguió fiel esos principios. Supo, al verse convertido en presidente, primero de Checoslovaquia y después de la República Checa, evitar el odio hacia sus rivales. Las muestras de fervor popular nada más conocerse su fallecimiento son buena prueba de ello.

Estamos obligados a luchar enérgicamente contra todos los eventuales gérmenes de odio colectivo.

Esa obligación es profundamente moral e íntima, sería contrario a su pensamiento tratar de imponérsela a nadie. Y es ese odio colectivo al que creía que se debía combatir lo que representa precisamente Kim Jong Il.

Si el checo representa lo mejor que puede ser un político, un intelectual y un ser humano, el norcoreano personifica justo lo contrario.

Kim Jong Il impuso un régimen de terror absoluto, donde cada ser humano era oprimido y en el que el odio era, y sigue siendo, el motor básico del sistema político. El comunismo muestra ese odio como colectivo, lo dirige hacia una "clase" o varias (la burguesía, el pequeño propietario agrícola, la intelectualidad), los defensores de otros pensamientos políticos, los creyentes en religiones y otros grupos. Sin embargo, lo colectivo lleva a lo individual.

La burguesía está formada por seres humanos concretos, y personas son todos y cada uno de los intelectuales. El liberalismo, la socialdemocracia y otras ideologías son defendidas por individuos, igual que son individuos los que tienen una fe u otra. Para reprimir a esos sujetos colectivos se censura, encarcela, tortura y asesina a personas individuales. Se destruye su libertad y a veces a ellos de forma física. Kim Jong Il llevó a su máximo paroxismo esta forma enferma de entender el poder y la humanidad.

Havel (y junto a él millones de checos, eslovacos, húngaros, alemanes del Este y otros habitantes de Europa central y oriental que se alzaron de forma pacífica) hizo del mundo un lugar mejor. Sin Kim Jong Il y sus secuaces ese mismo mundo hubiera sido menos malo.

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