Uno de los ámbitos que mayor atención merece en el estudio de la impronta de las nuevas tecnologías en las formas de vida de la contemporaneidad es el político, por ser la piel que recubre todo lo demás. El coloquio que mantuvieron Manuel Llamas y Álvaro D. María, autor del libro Micrópolis: Más allá del Leviatán, el pasado 20 de junio, enfrenta, precisamente, la crisis del orden político moldeado por el Estado ante la emergencia de dos nuevos dominios, el ciberespacio y el espacio exterior, ambos, posibilidades descubiertas ante la sofisticación de la técnica que representan Internet en general, pero la Inteligencia Artificial muy en particular.
Quien suscribe estas líneas conoció entonces de la publicación del nuevo título de D. María, obra que, a juzgar por el contenido de la entrevista mencionada, merece una lectura atenta y reflexiva. El autor visiona un futuro político que suscita preguntas que conviene plantearse y tratar de responder; sin perjuicio de la necesaria lectura del libro, algunas de esas importantes cuestiones laten en su conversación con Llamas. No en vano, el diálogo está trufado de conceptos que, en cuanto tales, condensan un entramado de experiencias y engarzan expectativas. En otras palabras, los términos que se mencionan, como frontera, márgenes, seguridad, soberanía o república, recogen la tradición política de la que emanan ―el modo de pensar y la forma de vida propios de la estatalidad―, pero, al reaparecer en un contexto nuevo ―el ciberespacio―, se resignifican, albergando en su seno la expectativa de un horizonte donde reine la libertad, a menudo asociado a la desaparición del Estado. Así,la libertad es la mayor promesa de la tecnología de vanguardia, que se erige en una nueva frontera política con la que escapar de los estrechos márgenes del Estado.
Con motivo de los interrogantes que plantea la entrevista, las reflexiones que siguen a continuación argumentan que las posibilidades que abren técnicas como la Inteligencia Artificial erosionan el principio de legitimidad en el que descansa el orden político contemporáneo, presidido por el Estado.La despotenciación de la estatalidad ante el auge de las nuevas tecnologías no se agota en el mero descubrimiento de fronteras de escape: su presunto declive proviene de la necesidad de seguridad que se precisa para vivir en libertad. La misma técnica que abre nuevos espacios se convierte, a su vez, en el instrumento al que debe recurrir el Estado para asegurar, también en ellos, la función securitaria que acomete de ordinario y que legitima su pervivencia. No obstante, carece de los medios que garantizan tal seguridad; así, la técnica favorece que los monopolios estatales ―seguridad y defensa― pasen a actores técnico-privados, legitimados por su capacidad para otorgar seguridad y suscitar la confianza necesaria para ejercer el mando y la obediencia en que descansa el Poder.
Aquí argumento que el declive del Estado pasa por la irresoluble tensión entre seguridad y libertad, cuestión que se dirime, primeramente, tratando de definir la libertad; de ella se desprende una expectativa de seguridad. Toda propuesta que confronte el estatismo sin disponer de una idea clara sobre la seguridad corre el riesgo de quedar relegada a mera crítica; además, una tradición como la occidental, alimentada por la promesa cristiana la Verdad os hará libres, no puede dejar de interrogarse por la libertad, por su fundamento. Hoy parece que esa promesa quisiera el hombre satisfacerla con su técnica. Por ende, la entrevista se articula en torno a una serie de predicados políticos asociados a las nuevas tecnologías, de ahí que quisiera abordar y precisar la relación entre técnica, gobierno y seguridad. Desarrollaré mi postura a través de tres conceptos que se mencionan en el vídeo y que han captado notablemente mi atención.
Así, el primero de ellos es el de frontera. Con él, D. María señala la aparición de otros dominios que escapan al poder estatal; a la tierra, el mar y el aire como ámbitos regidos por la Legislación estatal e interestatal ―los mal llamados derecho nacional y derecho internacional público, respectivamente― se les suman el espacio exterior e Internet en los que la Legislación da muestras de inoperancia. Puesto que la función de ésta, como instrumento al servicio del Estado, es la de proveer seguridad, toda esfera en la que se produzcan ―nuevos― modos de relación entre individuos son susceptibles de tornarse espacios de in-seguridad.
Aquí aparece el segundo de los conceptos que destaco, el de autoridades carismáticas por su inextricable vinculación con el de soberanía. Aun tratándose de una noción que le desagrada al autor de Micrópolis…, lo cierto es que la soberanía remite a la idea de legitimidad y ésta, a su vez, a la de seguridad, una cuestión, empero, ampliamente abordada en la entrevista. Es en ese punto donde se menciona la micrópolis, como forma política alternativa, y la defensa gestionada por empresas privadas, poniéndose de ejemplo SpaceX, propiedad de Elon Musk. Al respecto, se trae a colación lo ocurrido en Ucrania, cuando Musk contribuyó a restablecer la conectividad tras un ataque ruso gracias a sus satélites Starlink, evidenciándose, así, la capacidad de los nuevos medios tecnológicos que, además, escapan de los recursos al servicio del Estado, haciéndose dependientes Estado y población de los recursos privados de un tercer actor. Cabe añadir que, el pasado 26 de junio, en el contexto de la tragedia causada por la oleada de terremotos en Venezuela, Musk ha vuelto a ofrecer gratuitamente sus servicios de conexión a Internet.
Ambas coyunturas, una bélica y otra de emergencia, más que revelar los límites de la arquitectura estatal en supuestos de excepcionalidad, manifiestan la dependencia de Internet en todos los órdenes de la vida privada y pública, desde los ámbitos más ordinarios hasta los más extraordinarios, como son los ejemplos ucraniano y venezolano. Queda patente, así, que una red de conectividad en línea a la que está suscrito un vasto número de habitantes de la Tierra depende de una colosal infraestructura que, aun gestada en el seno de la jurisdicción estatal, ha promovido que el Poder político, al contrario de lo que ha venido sucediendo hasta el siglo XXI, deje de aumentar en manos del Estado. Por ende, la cuestión que debe ocuparnos no es la del aumento del Poder, sino la de su titularidad y los criterios éticos por los que se le reconoce a un determinado actor ―en estos supuestos, a la técnica que ofrece Musk―. Contrariamente a la tradicional praxis estatal, por la que el Estado absorbía (estatalizaba; vulgarmente, nacionalizaba) los recursos privados de los que hacía uso, los instrumentos técnicos de los que ahora se vale siguen siendo de titularidad privada, sometiéndose el Estado a la suscripción de contratos con las empresas administradoras de los servicios.
Así pues, el Estado, como forma política, ve comprometida su legitimidad, incapaz de proveer el elemento securitario que legitimaba su orden; y lo hace como consecuencia de los avances técnicos. Éstos se producen a un ritmo vertiginoso, desacompasado de los tiempos de la moral y la ética (el êthos), mucho más dilatados, pero que son los que verdaderamente condicionan la acción política en tanto encargada de preservar el bien común (la res publica; equilibrio; confianza; seguridad). La técnica abre ámbitos de acción antes de que exista un êthos capaz de ordenarlos. Por ello, la evolución de las nuevas tecnologías y de la Inteligencia Artificial juega a favor de una despotenciación de la estatalidad, que ve debilitarse sus principales monopolios: la seguridad ―ad intra― y la defensa ―ad extra―; sin embargo, que el Estado resulte inoperante no supone, ipso facto, la emergencia de una sociedad libre. Ésta no depende de la aparición de nuevos espacios a los que escapar, sino de que éstos sean seguros, circunstancia que no depende, como he señalado, de la aparición de nuevos medios técnicos, sino de un êthos compartido que nutra la Política.
Consecuentemente, cabe interrogarse por la raíz del fenómeno de la despotenciación del Estado: ¿reside en las nuevas formas de vida que alumbra la técnica asociada a Internet y a la IA? Si es así, ¿qué elemento la distingue de otras, como la pólvora o la energía atómica? Una y otra sembraron el miedo y el desorden parejos a la guerra, que suele declararse en contextos de depresión económica producidos, en última instancia, por la aparición de nueva tecnología; de ahí, ¿por qué la técnica distorsiona la convivencia? Porque no altera solo las condiciones materiales, sino también la manera de pensar, es decir, la moral y la ética, y, con ello, la política que rige la con-vivencia.
Tampoco ha de soslayarse el hecho de que el Estado es, in essentia, una técnica convertida en teoría de la mano de Hobbes, notablemente influenciado por el pensamiento teórico-científico de Bacon, y que fundó su teoría del Estado en el miedo. Ahora bien, que se trate de un artificio no debe conducir a una lectura simplista de la distinción Gobierno-Estado como si el primero fuera lo natural en contraposición a lo artificial del segundo; ambos son fruto de la necesidad de seguridad del hombre.
La técnica no debe enmarcarse en una dicotomía natural/artificial, porque ella misma es fruto de lo más elemental y natural que hay en el hombre: el logos, con el que es capaz de imitar las formas de la Naturaleza y crear otras nuevas para sobrevivir. Por ende, la técnica pertenece a la naturaleza humana porque brota del logos para cumplir una función en la vida del hombre, aun cuando sus productos sean artificios. Este impulso es el que anida tras cada innovación técnica que se sucede en la Historia, coligiéndose, pues, que la técnica siempre descubre nuevas fronteras con los objetos que crea y los procesos que inicia. La vida se convierte, así, en una red de mediaciones técnicas que nos envuelve en una dinámica continua de creación, dependencia y reorganización de la con-vivencia y su seguridad.
La función primigenia a la que ha de servir toda acción y creación humanas es la de preservar la integridad individual, irrealizable en el seno de una comunidad desordenada, insegura. Esta función es la que recibe el nombre de gobierno y está presente en toda forma política. El gobierno consiste en decidir, mandar y mantener el orden, del que la seguridad es condición primaria. De esta forma, el gobierno refiere al mando y a la obediencia, y solo se obedece al Poder que se cree legítimo al poseer la autoridad que emana de conferir seguridad en una comunidad donde conviven ideas, sentimientos y deseos plurales, susceptibles, por tanto, de entrar en conflicto.
Así pues, el Estado es/fue una posibilidad de ejercer la básica, pero fundamental e irrenunciable, función de gobierno. De ahí que nunca haya aparecido sino acompañado del elemento que legitimaba la existencia de sus estructuras: la genealogía de las formas Estado Soberano; Estado-Nación; Estado Social y Democrático de Derecho señala el fundamento de la obediencia. Cada forma estatal se legitimó por una promesa que, aun diferente en su formulación ―respectivamente, pacificación; cohesión nacional; protección material y derechos―, refería siempre a la seguridad; de manera natural surge, pues, la pregunta sobre la promesa de libertad implícita en las nuevas fronteras. Y es aquí donde conviene distinguir entre la libertad que proporciona la frontera como escape, de la libertad que puede emerger cuando esa frontera funda un orden político: la primera se agota en la mera posibilidad de abandonar un espacio, asumiendo las condiciones materiales y morales de aquel espacio; la segunda es la que verdaderamente entraña la protección efectiva de la dignidad personal en el seno de una comunidad. Requiere, por ende, de acción política, de interrogarse por el Bien Común (la res publica) para fundar un orden (seguridad) y, así, resolver los conflictos que se derivan de la libertad humana, que, políticamente, se traduce en una pluralidad de opiniones que deben ser armonizadas.
Así las cosas, la despotenciación del Estado, ¿no señala, más bien, la inoperancia del fundamento en el que se venía legitimando? El caso de Musk plantea el reconocimiento de la legitimidad de nuevos actores que, capaces de proveer seguridad allí donde las estructuras estatales se muestran insuficientes, condicionan el Poder político del Estado, incapaz de absorberlos. A mi juicio, Starlink y su fundador pueden, en efecto, representar un supuesto de autoridad carismática; no obstante, detenerse aquí reduce el análisis a lo meramente fenoménico, pues, en la medida en que intervienen en la res publica, dando muestras de eficacia en la asistencia a las fuerzas estatales, promueve, en primer término, que la opinión pública suscriba la colaboración entre Estado y actores privados en sectores estratégicos.
La adhesión del conjunto de individuos no es tanto a la figura singular de Musk como a la participación de su actividad empresarial en lo público ―el orden, la Política―; es decir, la intervención se legitima por la función pública que su empresa desempeña al reconocérsele capacidad para brindar protección en el seno de las estructuras estatales, que se mantienen aun dependientes de agentes no solo privados, sino extra-nacionales. Por ende, en este fenómeno subyace la disociación entre la función de gobierno y el Estado: éste sigue operando como entramado técnico de neutralización de conflictos, pero la capacidad de decisión y fuerza se traslada a agentes ajenos a él, capaces de proporcionarle recursos que, en tanto esenciales, devienen políticos. La Legislación, principio de legitimidad del Estado de Derecho, no resulta inoperante solo por su retraso para ordenar ámbitos descubiertos por la técnica, sino también porque su eficacia depende de la posibilidad de disponer de los medios que ofrecen actores técnico-privados. ¿Se está transitando hacia una nueva forma política del Estado previa a su disolución como forma política?
Es aquí donde aparece otro concepto mencionado en la entrevista y que subrayo: los márgenes. D. María lo enmarca entre las causas de disolución del Estado-Nación, un matiz en el que hay que reparar, puesto que una cosa es la disolución de la nación como frontera ante un fenómeno de escape, y otra, la disolución de la nación como fundamento de legitimación de la Legislación que articula el orden político estatal. En el primer caso solo se constata que el concepto de nación cultural se ha agotado, desde luego, un asunto serio por sus implicaciones en el êthos; pero, en el segundo, se manifiesta la crisis de la nación política, des-fundamentándose la forma histórica del Estado-Nación, que no el Estado per se.
En el análisis desplegado en la entrevista, la competencia jurisdiccional por atraer “personas capaces de aportar mucho valor en el margen”, esto es, la atracción de talento y personas, trae consigo una “inmigración por habilidades”, asociada al “florecimiento mercantil y comercial”. Pero el talento, como la libertad, la seguridad o la nación, en tanto concepto, señala siempre al fundamento que lo sustenta y que determina la noción que se tiene de él; así, el talento en una sociedad regida por el fundamento cristiano ―del que voy a valerme para analizar el contraste histórico de fundamentos civilizatorios― refiere a una persona virtuosa, que vive de acuerdo a la Palabra; hoy, sometidos al imperio de lo técnico, ¿es talentoso el santo o lo es el ingeniero? ¿Nos satisface la seguridad en el allende o privilegiamos la seguridad en las transacciones en la red? ¿Cohesiona una Verdad trascendente que haga reconocernos Cuerpo místico de Cristo, o la certeza ―en perpetua revisión― de la ciencia y la operatividad de la técnica que dificultan, incluso, la identidad individual? La Cristiandad valora las virtudes del santo; el Estado-Nación, las del ciudadano; el Estado Social, las del sujeto titular de derechos; una comunidad que valora a Musk, ¿qué virtudes privilegia?
Así, con los márgenes nos topamos con el êthos en el que descansa la legitimidad política como capacidad para justificar obediencia y como posibilidad para que se dé la función de gobierno, que depende de un acuerdo sobre lo legítimo y lo ilegítimo. Los márgenes son los creadores de la opinión política: si D. María los asocia al término valor, debe subrayarse que éste depende de consideraciones estéticas, morales y religiosas que nutren la vida social; el valor presupone una concepción de la naturaleza humana que ahorma la Economía, disciplina de la que procede, pero en la que no se agota. Por ende, concluyo que se ha erosionado el concepto de nación política decimonónica, y que el de nación cultural se ha resignificado en el contexto de la IA e Internet. Esto supone el cambio en el principio de legitimidad del Estado con el consiguiente transvase de titularidad de las funciones de gobierno a los márgenes; éstos serían, así, los que, en base a lo que hoy se tiene por bello, por bueno y por verdadero, se erigirían en autoridad que sostiene la estructura del Estado.
La nación, cuyo soporte ontológico es el tiempo/historia/cultura (en contraposición al pueblo, cuyo soporte es el espacio/territorio en el que se asientan familias y generaciones), pervive, pero no como conjunto de hijos de Cristo, de ciudadanos o de nacionales, sino como comunidad definida por la competencia técnica, la utilidad estratégica y la capacidad de producir seguridad.
De ahí que la cuestión no consista en determinar si el Estado desaparecerá de forma inmediata, sino en advertir que su principio de legitimidad ha mutado: allí donde la nación política basada en el principio de nacionalidad deja de bastar como fundamento de obediencia, el Estado se ve obligado a apoyarse en los márgenes que producen seguridad, talento, infraestructura y valor (técnico). No se trata, pues, de una simple fuga respecto de la estatalidad, sino de una reconfiguración de los fundamentos: el Estado conserva sus estructuras, pero depende de actores técnico-privados que, al proporcionar los medios indispensables para cumplir la función de gobierno, devienen autoridad política indirecta. En esa mutación se juega la promesa de libertad de las nuevas fronteras, pues solo allí donde la seguridad no se convierta en dependencia servil, sino en condición de una vida personal digna y políticamente ordenada, podrá hablarse propiamente de una res publica tecnológica.
