Los aranceles de Trump

Tags :
Share This :

Esta semana hemos vivido uno de esos días que tienen pinta de ir a ser históricos. Su protagonista, como el de tantas cosas los últimos meses, ha sido el presidente de los Estados Unidos, el nunca bien ponderado Mr. Donald Trump. El tipo llevaba anunciando con toda pompa y boato la llegada del día de la Liberación, en que el país que él preside, y gracias a su iniciativa, pasaría a liberarse de los productos y servicios que le suministran desde el extranjero. La iniciativa no tiene nada de rompedora: consiste en poner aranceles a diestro y siniestro, a las empresas de todos los países que comercian con empresas de EE.UU., de forma que los precios de los bienes importados se encarezcan respecto a los de producción local, y así dar una ventaja a las empresas situadas en el país protegido. A su vez, esto beneficia a la economía nacional tanto por la creación de empresas como de puestos de trabajo.

Por supuesto, lo que acabo de contar no es más el mito mercantilista, y todos los economistas conocen a estas alturas bastante bien cuáles son los verdaderos efectos de las políticas arancelarias, nada buenos para los ciudadanos de los países “protegidos” por el arancel. Lo que tiende a ocurrir es que el precio de los bienes/servicios sube, puesto que se ha reducido la oferta, al encarecer artificialmente parte de ella. Con esta subida de precios, se reduce la demanda, como cabe esperar: menos usuarios pueden comprar el bien y lo hacen a un precio más caro. Difícilmente esto conduce a una mejora en el bienestar de los consumidores.

Las cosas son distintas en el lado empresarial, claro, por eso a las empresas domésticas les encantan los aranceles. La reducción de la oferta les permite subir los precios e incrementar sus beneficios. Si el mercado en cuestión no tiene barreras legales de entrada, competidores locales atraídos por el exceso de rentabilidad empezarán a servirlo y los beneficios volverán a la normal, por lo que esa ventaja se disipa con el tiempo.

Lo que también ocurre es que las empresas que entran al mercado son posiblemente más ineficientes que las extranjeras, pues solo han podido hacerlo cuando se ha dejado fuera a las últimas con el arancel. Dicho de otra forma, la rentabilidad vuelve a la normal, pero sobre unos costes superiores, un mayor consumo de recursos, que anteriormente. O sea, que se produce menos y peor, y se extrae renta de los consumidores para dársela a los empresarios.

¿Qué decir de la innovación? Como las empresas están más protegidas de la competencia que antes del arancel, su apetito por correr riesgos e innovar no es tan acusado como si tuvieran que hacer frente a competidores potentes. Eso nos lleva a la pérdida de competitividad de las empresas así protegidas.

Y supongo que se crearán más puestos de trabajo domésticos en esos sectores ceteris paribus, claro que sí. Pero estos empleados recibirán unos salarios con los que tendrán que comprar bienes más caros. Al que le caiga del cielo ese puesto de trabajo, le saldrá bien la jugada de arancel en neto, pero no está claro que lo mismo ocurra en su unidad familiar o en su comunidad, donde la gente tenía sus trabajos y sus salarios, con los que ahora podrá comprar menos cosas.

No se olvide que esos nuevos trabajos son en empresas menos competitivas, que previsiblemente no podrán pagar los mejores sueldos, y sufrirán inestabilidad estructural, dependiendo su viabilidad futura de la decisión política de mantener el arancel, y menos de su desempeño en el mercado.

Todo ello, rápidamente explicado, muestra que los aranceles no son nada buenos para el país que los impone, por mucho que políticos y lobbies empresariales traten de hacerlo así creer a la opinión pública. Solo hay que ver la respuesta con la que está amenazando la Unión Europea a la política arancelaria de Trump con, supongo, muchos empresarios frotándose las manos.

Pero no querría yo detenerme en el análisis clásico del arancel, porque lo realmente interesante y hasta divertido es entender de dónde se ha sacado Trump los niveles arancelarios con que pretende castigar a cada país, para ver si podemos deducir algo de sus intenciones reales.

Oficialmente, parecían haber calculado el arancel efectivo que sufren las empresas americanas en cada jurisdicción, añadiendo al real lo que llaman “Currency Manipulation and Trade Barriers”. O sea, habrían incorporado, sobre el tipo del arancel, una estimación de lo que suponen los difusos conceptos anteriores. Por ejemplo, si consideran que el Digital Market Act de la Unión Europea impone barreras de comercio a las empresas americanas, habrían estimado cuantitativamente un arancel equivalente a dichos obstáculos cualitativos.

Así, los asesores de Trump estiman que la UE les mete un arancel efectivo del 39%, mientras que el de China sería un 67%. De la misma forma, resulta que Vietnam tiene unos aranceles del 90% y Camboya, el líder absoluto, les mete un 96% a los productos de EE.UU.(¡!). Como lo oyen.

Sería fascinante saber cómo los economistas de cabecera de Trump han calculado un tipo arancelario equivalente a las imposiciones regulatorias del citada DMA en la UE. Por desgracia, para los friquis, no han hecho nada de esto. En realidad, esos números que lucen bajo el engolado título, no son más que la llamada “tasa arancelaria de reciprocidad”, esto es, el tipo arancelario que tendría que poner EE.UU. a las importaciones de un país determinado para que el déficit comercial con dicho país fuera cero. Es un típico constructo macroeconómico sin correspondencia alguna en la realidad, por lo que poco o nada tiene que ver con el arancel que dicho país pone a los productos de EE.UU.[1]

Con esto ya se pueden entender los enormes “aranceles” de Vietnam y Camboya, que tienen la desgracia (a estos efectos) de ser países que venden mucho más a EE.UU. de lo que los estadounidenses venden allí. Hombre, normal, el poder adquisitivo de camboyanos y vietnamitas se antoja muy inferior al de los americanos, por lo que les resultará difícil poder comprar bienes de este origen. Y al contrario, dado que el poder adquisitivo de los americanos es muy superior, los productos de ambos países les resultarán baratísimos. Es como cuando nos vamos de viaje a países con menor poder adquisitivo, que todo nos parece baratísimo y compramos más; y en cambio si nos vamos a Canadá o Noruega, todo nos parece carísimo.

Y como hay países con los que EEUU tiene superávit comercial, el tipo arancelario de reciprocidad saldría negativo. ¿Qué hace con dichos países entonces el señor Trump? Pues nada, ha considerado que el arancel que sufre EEUU es el 10%. Porque hoy es hoy.

En suma, Trump ha tomado unos números calculados a la remanguillé como aranceles que sufre EEUU, y los utiliza como referencia para fijar los que cobrará EEUU. Quizá a algún ingenuo le extrañe esta forma de proceder. A quienes conocemos cómo se toman las decisiones de regulación de precios no nos extraña en absoluto. Son decisiones políticas, no técnicas, pero que requieren de un barniz “científico” para que no se transparente su arbitrariedad. Es claro que Trump necesitaba un número gordo para asustar a China y la Unión Europa (los dos primeros países de su tabla), y el cálculo de la tasa arancelaria de reciprocidad se lo daba.

La cuestión ahora es qué pretende conseguir con todo esto. Dado que ninguno de los países amenazados tiene realmente los aranceles que dicen estos cálculos, va a ser imposible que los quiten, por mucho que amenace Trump con ponerle uno. Si no existen, ¿cómo eliminarlos?

Y me cuesta creer que a Trump le importe lo más mínimo que la balanza comercial sea cero, diez o cien. Es más, dado el supuesto absurdo para el cálculo de que las importaciones no variarían con el arancel, obviamente su imposición, que sí haría variar las importaciones en realidad, no llevaría a cero a la balanza comercial, sin olvidar que el arancel que propone Trump tampoco es la tasa que le sirve de referencia.

Yo creo que todo esto es un ejercicio propagandístico para facilitar determinadas negociaciones. La retórica del “Día de Liberación”, las imágenes de Trump con su tabla de dos columnas, esa “tasa reducida” en plan “te lo dejo baratito”, lo ocurrido con México y Canadá, o el precalentamiento del ambiente durante estos meses son indicios de lo que digo.

Quizá lo que busca Trump haya que buscarlo en eso que en la cabecera de la tabla llaman “barreras al comercio”, las normas domésticas de cada país que Trump considera que perjudican a las empresas estadounidenses. Ya he hablado antes del Digital Markets Act en la Unión Europea, y seguro que unas cuantas similares se pueden encontrar en China. Su efecto es inconmensurable, pero podría constituir ese arancel equivalente que se queja de sufrir.

El problema principal es que mientras los políticos de los países afectados debaten cómo responder o no a los aranceles de Trump, la incertidumbre económica puede acabar con el tejido empresarial por parálisis. Lo que marca con claridad la ruta a los políticos, entre ellos a los europeos: eliminar a toda velocidad los aranceles convencionales y las regulaciones que Trump considere que perjudican a las empresas americanas, para que no se consume el arancel de Trump. Y si tras hacer eso, Trump se mantiene en sus trece, entonces el problema será realmente serio, pero sobre todo para los estadounidenses que le han votado mayoritariamente.

Las buenas, no, buenísimas, noticias es que esto también vendrá bien a los ciudadanos de las jurisdicciones extranjeras, pues al fin y al cabo supondría la eliminación de barreras al comercio, de las que somos los principales damnificados, según se ha expuesto al comienzo del artículo.

A ver si al final va a resultar que los aranceles de Trump son los más liberales de la historia!


[1] En el cálculo no se han complicado demasiado la vida y han asumido que no hay variación en las importaciones con las subidas de precio debidas al arancel. Aprovecho para agradecer a Paco Capella que me haya suministrado la información sobre cómo se había hecho el cálculo.

Deja una respuesta