Hace ya un buen tiempo siento que me he tomado más del prudente para intentar ofrecer una clarificación. Muchas veces, en nuestras casi mensuales salidas con amigos del colegio a comer hamburguesas, en particular uno de ellos se queja del “neoliberalismo” y de cómo las iniciativas políticas que surgen de allí terminan empobreciendo a muchos y enriqueciendo a pocos. En otras ocasiones, he escuchado un clamor por el regreso a políticas neoliberales, hartos ya de aquellas con una clara y explícita intención socialista —de planificación central en la asignación de recursos. Los primeros quieren alejarse cuanto antes del neoliberalismo; los segundos no ven la hora de volver a abrazarlo.
Cada vez que escucho estas opiniones, me hago una breve nota mental para, en un momento más apropiado —cuando no tenga la boca llena de comida, y recordando que con la boca llena no se habla—, ofrecer una explicación que ayude a unos y otros a salir de lo que considero una profunda confusión.
Esa nota mental se ha transformado en una modesta urgencia, sobre todo al escuchar al presidente de Colombia, Gustavo Petro, referirse recientemente al término. El 10 de marzo, durante una extensa sesión del Consejo de Ministros —que Petro ha convertido en hábito transmitir en vivo por televisión, interrumpiendo partidos de fútbol de la selección Colombia o telenovelas—, interrumpió varias veces a Gustavo Bolívar, director del Departamento de Planeación Nacional de día y novelista del narcotráfico de noche, mientras este presentaba avances de su entidad. Petro criticó el enfoque de “focalización” de subsidios, tildándolo de neoliberal y divisivo, y abogó por un modelo basado en derechos universales, como en el caso de la salud.
Hoy quiero dedicarme a explicar, por un lado, qué significa realmente el término “neoliberalismo” y, por otro, mostrar a mis amigos de las hamburguesas —y al imberbe presidente Petro— que tanto el anhelo como el rechazo que expresan son, en el fondo, dos caras de la misma hipocresía.
¿De dónde viene el término? ¡Pues quién sabe!
A lo largo de los años he encontrado muchas versiones sobre el origen del término. Dos de ellas, más anecdóticas que sistemáticas, se me vienen a la mente. He leído que el término surgió en un entorno académico, especialmente en los debates del conocido Coloquio Walter Lippmann, una reunión de intelectuales celebrada en París para discutir los retos del liberalismo clásico frente a fenómenos como la Gran Depresión. Con el tiempo, al parecer, el término adquirió un uso marcadamente político. Desde los años 70 y 80, fue adoptado por críticos del modelo económico dominante —especialmente desde la izquierda— para denunciar políticas de liberalización, privatización y reducción del papel del Estado. Así, “neoliberalismo” dejó de ser una categoría teórica precisa para convertirse en una etiqueta peyorativa —una caricatura.
Sin embargo, prefiero explicar el término a partir de una anécdota particular que, además de ofrecer una referencia contextual útil, permite separar con claridad el neoliberalismo del liberalismo clásico y del libertarismo. Esta historia involucra a Ludwig von Mises, Friedrich A. von Hayek, un profesor invitado, y las intrigas, traiciones y tensiones internas en la Sociedad Mont Pèlerin.
Puñales en la espalda en la Mont Pèlerin
La Sociedad Mont Pèlerin fue fundada por Friedrich Hayek como una iniciativa para recuperar y revitalizar la tradición del liberalismo clásico, en un contexto marcado por la devastación de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, el descrédito del pensamiento liberal y el auge de propuestas estatistas. En abril de 1947, un grupo de 39 intelectuales de 17 países —entre ellos Hayek, Ludwig von Mises, Milton Friedman, Karl Popper y Wilhelm Röpke— se reunió en Suiza para establecer formalmente la sociedad.
Su propósito era fomentar el intercambio intelectual y defender la libertad individual frente al avance del poder estatal. En su declaración fundacional, advirtieron que en vastas regiones del mundo las condiciones esenciales para la dignidad y la libertad humanas ya habían desaparecido o estaban seriamente amenazadas por políticas que erosionaban la autonomía del individuo y de los grupos voluntarios frente al poder arbitrario.
Desde el inicio, la intención era mantener un espíritu ecuménico dentro de la Sociedad Mont Pèlerin, de modo que coexistieran distintas manifestaciones del pensamiento liberal. Sin embargo, Ludwig von Mises se mostró escéptico ante ese carácter integrador. Aun así, durante los primeros años, su escepticismo no generó mayores fricciones, ya que la corriente dominante provenía de intelectuales liberales radicados en Estados Unidos, como el propio von Mises y von Hayek, quienes contaban además con mayor respaldo financiero, lo que les permitía imponer -hasta cierta medida- los temas a discutir en las reuniones.
En ese entonces, las ideas predominantes en la Sociedad Mont Pèlerin giraban en torno a la crítica a la planificación central, la concepción de la economía como una ciencia de la acción humana, y los riesgos de la manipulación monetaria por parte de los bancos centrales. Sin embargo, el espíritu ecuménico inicial también permitió la entrada de otras posiciones, que no veían con malos ojos cierto grado de intervención estatal en el libre mercado. Uno de los primeros representantes de esta visión fue Albert Hunold, economista y empresario suizo, invitado por Hayek a la fundación de la sociedad. Hunold, que aportó valiosos contactos financieros, fue elegido secretario de la organización, pero con el tiempo aspiró a presidirla. Para lograrlo, intentó volverse indispensable, asumiendo tareas incluso menores y gestionando correspondencia a las espaldas de Hayek. Esto generó crecientes tensiones, que a partir de 1956 se intensificaron hasta casi provocar la disolución de la sociedad.
Un profesor luxemburgués se atora con un trago de café
Con la creciente influencia de Hunold, la Sociedad Mont Pèlerin empezó a incluir más miembros que se alejaban de la línea dura del liberalismo clásico. Esta diversidad ideológica se volvió evidente incluso para los recién llegados. Tal fue el caso de Jean-Pierre Hamilius, joven profesor de economía de Luxemburgo, invitado por von Mises a la reunión de 1953 en Seelisberg, Suiza. Hamilius notó de inmediato que la sociedad estaba dividida en clanes ideológicos e idiomáticos. Se sentía más cercano a von Mises, Hayek y Henry Hazlitt, pero durante las discusiones —formales o en los cafés— escuchó críticas hacia la llamada “vieja guardia”, acusada de conservadurismo. Entusiasmado, Hamilius participó activamente en las discusiones, donde algunos miembros defendían propuestas claramente intervencionistas: John van Sickle abogaba por gravar las grandes herencias, Wilhelm Röpke apoyaba subsidios a propietarios de vivienda y Otto Veit sostenía que altos impuestos no desincentivarían la actividad empresarial.
Si hubiéramos estado ahí, al otro lado del salón durante una pausa para el café, seguramente habríamos notado la expresión de sorpresa de Hamilius tras un sorbo, exclamando para sí, y con los ojos bien abiertos: “¡Owe! ¡Que es que acá lo que hay son dos grupos!”. Se refería, por un lado, a los liberales clásicos, radicales en sus principios, y por otro, a un nuevo grupo de “otros” liberales. A estos últimos, por claridad, mejor llamarlos neoliberales. Y a sus ideas, pues, neoliberales.
Desde entonces, la influencia de los neoliberales dentro de la Sociedad Mont Pèlerin se hizo cada vez más visible. Gran parte de ello se explica por el éxito de las políticas promovidas por Ludwig Erhard, entonces ministro de Economía de Alemania Occidental y posteriormente canciller en 1963. Considerado precursor de la transición de una economía de planificación central a una economía de mercado, Erhard aplicó reformas como la reducción del control estatal y la liberalización de precios. Esto permitió eliminar el racionamiento, reactivar la producción y fomentar la inversión privada, lo que dio origen al llamado “milagro económico alemán”. Aunque figuras como von Mises no consideraban milagrosas tales medidas —pues ya conocían la superioridad del mercado como forma de organización social eficaz contra la pobreza—, Erhard representaba a esa corriente que, con su propuesta de “tercera vía”, hoy conocida como economía social de mercado, empezó a ganar legitimidad.
Así es como, a mi juicio, debe entenderse el concepto de neoliberalismo. Se trata, como lo percibió Hamilius, de una postura sobre cómo organizar la sociedad, nacida del distanciamiento de algunos intelectuales de la Sociedad Mont Pèlerin respecto al liberalismo más “radical”, por no decir verdadero. Estos pensadores rechazaban el escepticismo total frente al Estado y proponían lo que muchos consideraban -con toda la razón- imposible: una tercera vía, donde el mercado y el Estado coexisten, y este último actúa cuando el primero falla.
Ni nuevo, ni liberal aquel neoliberalismo
No obstante, esta propuesta —ni plenamente liberal ni realmente nueva— parte de una desconfianza en el mercado como mecanismo eficiente y éticamente defendible de asignación de recursos, y acepta sin reservas cierto grado de intervencionismo estatal. Pero tal idea es insostenible: el Estado, al no operar dentro de un sistema de precios, carece de la información necesaria para asignar eficientemente los recursos, por mínima que sea su intervención. Y cualquier intento del Estado por “proteger” a los individuos de sí mismos cae en una contradicción insalvable, pues requiere violar sistemáticamente su derecho de propiedad sobre sus propias vidas.
Ante esto, tanto al presidente Petro como a mis amigos de las escapadas mensuales les digo que anhelan y rechazan dos versiones de una misma hipocresía. La diferencia entre alguien como Petro y los neoliberales —así como entre mis amigos, los socialistas y los neoliberales— es solo de grado, lo que quiere decir que no hay ninguna diferencia real. Y, frente a esto, no me queda más que repetir, con la misma furia con la que lo hizo Ludwig von Mises ante la Sociedad Mont Pèlerin cuando varios apoyaban un impuesto progresivo sobre la renta: “You’re all a bunch of socialists!”