Sobre la naturaleza del dólar como pasivo he escrito unos cuantos artículos, todos ellos inspirados en el concepto de crédito irregular de Carlos Bondone. Pero en el artículo de hoy, basado en una reciente charla de Juan Ramón Rallo, voy a intentar acoger el punto de vista de George Selgin y otros autores que consideran la moneda fiat irredimible como un “I owe you nothing”. Es decir, si radicalizamos ese punto de vista veríamos este tipo de moneda como un mero token u objeto no muy distinto al oro o la plata, que por sus características es muy apto para intermediar intercambios y para usarse como unidad de cuenta, y en consecuencia el mercado lo demanda para ello.
El dólar cumple su función
De hecho Ludwig V. Mises, en su taxonomía monetaria, incluyó la moneda fiat en la categoría de “dinero en sentido estricto”, junto a lo que él denomina “dinero mercancía” como los metales preciosos, el ganado o los cereales. Desde esta perspectiva de aceptar igualmente el oro y la moneda fiat como dinero en sentido estricto, lo relevante ya no serían tanto las cualidades intrínsecas del dinero sino su función. Y en eso, el dólar cumple. El mundo lo acepta, lo demanda, lo atesora.
Esta lectura tiene una consecuencia analítica interesante. Si el dólar no es una deuda sino un bien como la plata, el endeudamiento de Estados Unidos puede interpretarse de manera bastante menos dramática de lo habitual: como el suministro de un bien que el mundo demanda masivamente. No muy distinto, en su lógica, a exportar petróleo. El mundo quiere dólares para satisfacer fines muy valiosos, como son intermediar intercambios, acordar contratos, ahorrar, transmitir precios, etc. Y Estados Unidos los produce.
Y no un bien cualquiera, conviene subrayarlo. Quienes despachan el dólar como “meros apuntes de ordenador” o incluso como “nada” incurren en un error simétrico al que critican. El mercado elige al dólar para cumplir dos funciones extraordinariamente valiosas: facilitar los intercambios entre millones de personas dispersas en el espacio y en el tiempo, y servir como unidad de cuenta común que articula la contabilidad, los contratos y transmite la información de los precios. Esta segunda función es especialmente relevante y a menudo ignorada. Sin una unidad de cuenta estable y universalmente aceptada, el sistema de contratos y de precios —ese mecanismo descentralizado de coordinación que Hayek describió con tanta precisión— pierde buena parte de su funcionalidad. El dólar, con todos sus defectos, tiene las cualidades para proporcionar ese servicio a la economía global todos los días. Eso no es nada. Es muchísimo.
Si el dólar se demanda porque es un bien muy valioso para intermediar intercambios y como unidad de cuenta, su valor depende absolutamente de una sola cosa: la estabilidad de su escasez relativa. Un bien cuyo valor fluctúa de manera impredecible no sirve como dinero. Lo hemos visto en cada hiperinflación de la historia. El valor del dinero no se desploma porque la gente pierda la fe en una abstracción, sino porque el bien-dinero deja de cumplir bien las mencionadas funciones al perder la estabilidad de su escasez relativa.
Pero sigue siendo un pasivo
Peeeero, es aquí donde la naturaleza de pasivo del dólar se reafirma por la vía de los hechos. Porque ¿de qué depende que el dólar mantenga esa estabilidad? Pues de que el gobierno y la Reserva Federal actúen demandando dólares cuando su valor flaquea, y esto lo hacen utilizando bienes valiosos para reabsorber los dólares, ya sea mediante una decisión por acción vendiendo bienes en el mercado abierto o subiendo impuestos, o mediante una decisión por omisión dejando vencer su cartera (quantitative tightening), o reduciendo el gasto.
Por eso, el mero hecho de emitir dólares para comprar con ellos bienes seguros y duraderos, y atesorarlos (no gastarlos), ya es una señal inequívoca de que el emisor los quiere utilizar para demandar o reabsorber dólares eventualmente, y en consecuencia tiene todo el sentido del mundo reflejar dicha actividad mediante una contabilidad por partida doble, colocando esos bienes valiosos en el activo, y los dólares emitidos en el pasivo.
La diferencia con la moneda redimible es que la reabsorción ya no viene exigida por un tercero sino exclusiva y voluntariamente decidida por el emisor. ¿Esa voluntariedad en lugar de obligatoriedad implica que la moneda ya no es un pasivo? Pues desde un punto de vista técnico ¡rotundamente no!. Según los estándares internacionales de contabilidad, un pasivo puede ser una obligación legal o una ”obligación” implícita, siendo esta última un acto voluntario. Lo que muchos economistas no acaban de comprender es algo totalmente normal para cualquier contable. Y al fin y al cabo, si de lo que se trata es de dilucidar si esas cifras que figuran en la parte derecha de los balances de los bancos centrales son un pasivo o no, el criterio más indicado será precisamente el que nos indique la disciplina contable.
Además, como ya he afirmado en otras ocasiones, nos guste o no, los Estados tienen el monopolio de la violencia y, por tanto, no están realmente obligados a nada ante sus ciudadanos. Sus “obligaciones” solo pueden ser implícitas (actos voluntarios). La obligación de redimir dólares por oro tiene poco de obligación legal si el “obligado” puede redefinir unilateralmente los términos de la redención o incluso decidir, porque yo lo valgo, que ya no me da la gana de redimir en absoluto.
En definitiva, lo que hace un gobierno mediante el Tesoro y especialmente mediante el Banco Central es recalibrar continuamente la escasez relativa de la moneda que emite, reduciendo la oferta cuando cae la demanda y viceversa. Su disposición a luchar contra la inflación con mayor o menor ahínco es, sin ninguna duda, una decisión política, un acto voluntario.
Sin déficit comercial
Dicho esto, debo conceder que una visión utilitaria del dólar por parte del mercado puede explicar que ciertos ratios, como el de deuda sobre PIB o el déficit, no sean tan relevantes como cabría esperar. El mercado considera que la deuda de los Estados Unidos le resulta extraordinariamente valiosa para intermediar intercambios y como unidad de cuenta, y en consecuencia está dispuesto a entregar muchas y valiosas mercancías a cambio de ella.
Es más, si aceptamos la concepción del término “mercancía” de Carl Menger, donde el dinero, sea del tipo que sea moneda fiat incluida, no solo es una mercancía más sino que es la mercancía por excelencia, Estados Unidos no tendría déficit comercial. Incluso podríamos atrevernos a afirmar, en tono de provocación intelectual, que en puridad el concepto mismo de déficit comercial perdería todo sentido desde un punto de vista económico, quedando reducido a una mera categoría contable-analítica, no económica.
Reconozco que ya hace años, allá por 2007 y 2008 -cosas de la bisoñez- me escandalizaba el nivel de endeudamiento de los Estados Unidos, y no daba crédito a que una vez iniciada la crisis Ben Bernanke pretendiera solucionar un grave problema de mucha deuda con… ¡muchísima más deuda! Creía honestamente que el helicóptero de Bernanke nos llevaría a algo peor que la Gran Depresión. Pero a Bernanke le salió bien su apuesta, aunque en sus memorias de 2015, The Courage to Act, reconoce que en ciertos aspectos se tiraron a la piscina.
Pero desde luego yo sí que me equivoqué de plano, el mercado absorbió toda esa montaña de deuda, y más, sin ningún problema. Con esto no quiero decir que yo piense que el mercado vaya a tragar con cualquier ratio de endeudamiento ni cualquier déficit, pero desde luego la crisis de 2008 demostró que acepta muchísimo más de lo que yo pude imaginar. Esa equivocación creo que tiene su raíz en no considerar que, por mucho que no me quepa ninguna duda de que técnicamente el dólar sea un pasivo, para el mercado esa cualidad de pasivo pesa muchísimo menos de lo que yo creía

