Economías de escala y pobreza

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No recuerdo en qué momento me enteré ni tampoco de la fuente. Quizá fuera en alguna novela de Posteguillo, o leyendo a Escohotado, o tal vez en un museo o visitando Pompeya. Pero el dato se quedó grabado en mi memoria: muchos ciudadanos romanos no eran lo suficientemente ricos para poder comer en casa, y se veían obligados a comer por la calle, en esas tabernas que podemos observar en muchas ruinas romanas.

Lo repetiré para que no haya lugar a la ambigüedad: muchos romanos eran tan pobres que se veían obligados a comer fuera de casa. La afirmación es muy chocante porque básicamente es lo contrario de lo que experimentamos en la actualidad, donde comer fuera de casa es más caro que hacerlo en el hogar. Por ello, es algo que dejamos para ocasiones especiales, o que nos vemos obligados a hacer por motivos laborales o sociales, o que hacemos puntualmente por mera pereza.

Y sí, puede ser chocante que tantos romanos se vieran obligados a comer fuera, hasta que reflexionamos sobre el fenómeno con perspectiva de economista. Los procesos asociados a la preparación de comida se facilitan considerablemente si se dispone de ciertos medios (en la actualidad, por ejemplo, una nevera o una cocina). Sin embargo, la obtención de dichos recursos supone un coste elevado, que solo se justifica si el número de usos que se prevé hacer de los mismos es grande. Eso sí, si se alcanza dicho número de usos, el coste unitario de preparar cada comida será inferior, e incluso muy inferior, del que tiene la misma comida sin utilizar dichos medios, aunque lógicamente el coste de una sola comida sea muy inferior al total de los medios antes citados.

Esto es lo que se llaman economías de escala, que están muy presentes en nuestra vida de cada día. Lo que le pasaba a los romanos es que no podían permitirse pagar por esos medios a los que me he referido en el párrafo anterior, por lo que no les quedaba otra opción que comer fuera de casa, eso sí, a un coste muy superior al que les supondría comer en casa si pudieran hacerse con los citados recursos. A su vez, dicho mayor coste de subsistencia les dificultaría el ahorro para en algún momento poder hacerse con los medios que les permitieran rebajar el coste de sus comidas. Debido a su pobreza relativa, no podían obtener economías de escala en la elaboración de sus comidas. Por el contrario, los romanos opulentos sí podían permitirse el lujo de comer en casa, ya que los medios necesarios sí estaban al alcance de su fortuna.

Las economías de escala son fundamentales para el desarrollo de la sociedad. El gran Lachmann se refiere a la indivisibilidad de los bienes de capital (como la nevera o la cocina antes referidas) como base de las economías de escala. En una línea similar, Rothbard nos habla de procesos más “largos” (el término en inglés es “round-about”), pero más productivos. La consecución de los recursos para estos procesos solo se puede hacer mediante un ahorro previo, pero dicho sacrificio se verá compensado por una producción unitaria más barata, que supondrá el enriquecimiento del individuo ahorrador-inversor.

En la actualidad, es raro quien no se puede permitir tener una cocina en casa. El coste unitario de nuestra comida es, gracias a eso, considerablemente inferior al que nos supone comer fuera en un restaurante. Por suerte, para los restaurantes, la comida no es solo una necesidad de supervivencia, y es valorada por otros muchos atributos, por lo que el negocio de restauración sigue vivo y boyante, y no basa su viabilidad en alimentar a la gente a bajo coste. Esos atributos hacen que comer fuera se valore más que comer en casa, y por tanto que los precios puedan ser superiores y el negocio sostenible.

Si, como decía Lachmann, las economías de escala son la clave para el progreso de la sociedad, entonces podríamos decir que la pérdida de las mismas equivaldrá a un retroceso en su bienestar. ¿Por qué se pierden, o se dejan de obtener, economías de escala? Está explicado más arriba: la obtención de economías de escala exige de un ahorro previo para poder invertir en el medio que las va a posibilitar. Si dicho ahorro no es practicable, el individuo no podrá comprar los recursos que le permitan la reducción de costes unitarios, y no experimentará tal círculo virtuoso.

Es por eso que contemplo con creciente preocupación un fenómeno que no habrá pasado desapercibido para muchos. Me refiero a algo que habíamos visto en muchas películas americanas e inglesas, pero rara vez en España: los locales con lavadoras de uso público. Según el análisis descrito, esta creciente presencia revela una a su vez creciente existencia de personas que no pueden permitirse tener lavadora en casa, por lo que tienen que afrontar costes medios de colada superiores. En el fondo, es como si se tuvieran que comprar una lavadora entre todos ellos, lo que pasa es que lo hacen a través de un intermediario, el emprendedor de la lavandería, que cobra su servicio.

Si bien la causalidad económica está clara, no es tan fácil determinar a qué se debe la pérdida de economías de escala. Razones plausibles podrían ser que cada vez más individuos viven solos, o que somos más guarros, o que no ensuciamos tanto la ropa y no la tenemos que lavar tantas veces, o que preferimos comprar nueva ropa a lavar la usada. Todas estas preferencias requerirían menos lavados de ropa y harían más difícil la obtención de economías de escala que justificara la compra de una lavadora.

Pero también podríamos buscar causas por el otro lado, el del ahorro: igual es que la gente no gana lo suficiente para poder permitirse una lavadora, o a lo mejor no tienen espacio o posibilidad de tenerla en su lugar de residencia.

Sea como fuera, la sociedad española parece haber emprendido una reversión, una pérdida de productividad en algo tan cotidiano como es el lavado de su ropa. Quizá sea un reflejo de nuestras nuevas preferencias y por tanto nada preocupante, pero también podría ser el reflejo de nuestro empobrecimiento, lo que no auguraría nada bueno. Una cosa es no querer lavar tantas veces como antes, otra muy distinta es querer hacerlo pero no podérselo permitir.

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