Sobre el anarcocapitalismo (XVII): guerra descentralizada en Irán

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La guerra actual entre Estados Unidos e Irán, en principio, sólo debería servirle a un ancap para denostar los males que traen los estados, que gastan cantidades de dinero en sofisticados sistemas de armamento y causan destrucción y muertes entre personas inocentes que sólo tienen la desgracia de vivir en un sitio sometido a un gobierno despótico, que es a su vez considerado como enemigo para los intereses de otros estados, que quieren consolidar su dominio en la región, y probablemente también obtener algún tipo de beneficio económico del enfrentamiento. Se entiende que estos beneficios lo serán para las élites dirigentes de los mismos, no para el común de la población. El pensamiento anarcocapitalista sobre la guerra es bien conocido: no es un pensamiento pacifista, pero sólo admite la guerra en el caso estricto de la autodefensa, y entiende que la mayoría de las guerras entre estados, muy especialmente las que implican intervenir en los asuntos internos de otros estados que no han agredido previamente, lo son por el beneficio de sus clases dirigentes y son ilegítimas de raíz.

Este texto, en cambio, lo que busca es analizar, en este conflicto, algunos de los debates que se plantean en relación con la posibilidad de defensa de un estado pequeño o de una hipotética comunidad anárquica. Uno de ellos es que la superpotencia acabará derrotando al pequeño y que la potencia con menor desarrollo económico o tecnológico acabará siendo derrotada. También se puede discutir la importancia de la distancia, sea esta geográfica o cultural, en el transcurso de una guerra, y la importancia de un ejército centralizado con mando único para optimizar la fuerza desplegada.

La primera afirmación tiene bastante razón: en un combate parejo, el grande derrota al pequeño por su capacidad, pero siempre que no se tengan en cuenta los costes relativos de la guerra. Esto es: si el país derrotado es pequeño, pocos pueden ser también los beneficios obtenidos de la victoria, y estos tienen que compensar los gastos incurridos en ella, y la pérdida de reputación que sufriría por un ataque tan desigual. Sin contar con que este comportamiento alertaría a otros pequeños países y estos podrían coordinarse entre sí para hacer frente al enemigo. Cualquiera de nosotros puede derrotar fácilmente a una abeja, pero enfrentarse a un enjambre ya es otra cosa, y más si es un enjambre de humanos tan inteligentes como los del país más grande. El ejemplo de cómo el gran imperio persa no pudo derrotar a las divididas y pequeñas polis griegas, o cómo el imperio español, en su apogeo, se arruinó —no sólo, pero también, por esto— por su intento de dominar a unos Países Bajos ni siquiera unidos, sino divididos en varias unidades políticas, que no siempre mantenían buenas relaciones entre sí. Una agresión desproporcionada de un enemigo externo podría coordinar a actores políticos que antes ni siquiera habían imaginado tal posibilidad.

Hace ya bastantes años Kenneth Boulding elaboró el concepto de gradiente de la distancia, en el que explicaba cómo la capacidad de proyectar fuerza disminuye sustancialmente con la distancia geográfica entre los países en conflicto, algo que es muy fácil comprobar en esta guerra. También es de relevancia, aunque se incide mucho menos en ello, la distancia entre culturas a la hora de afrontar un conflicto. No es lo mismo un pueblo acostumbrado a la guerra y con probada capacidad de adaptación a las penalidades. También, en caso de derrota y ocupación militar, la distancia cultural es muy relevante, pues puede dificultar enormemente la gestión de la paz, como se pudo ver en conflictos recientes en la misma área geográfica.

Por último, la cuestión de la centralización del mando, tan actual por los intentos de crear un único ejército europeo, en el caso de que los Estados Unidos abandonasen o dejasen de financiar a la OTAN. Como veremos, esta guerra parece desmontar el mito de que los grandes ejércitos centralizados operan mejor que muchos ejércitos pequeños peleando por su cuenta. De hecho, los europeos deberían conocer mejor su propia historia y entender que si Europa, especialmente la occidental, nunca fue conquistada en su totalidad por ninguna potencia, europea o exterior, fue precisamente debido al factor de no haber estado nunca unificada militarmente, lo que dificultó enormemente la tarea de invasores como turcos o mongoles, quienes, acostumbrados a derrotar a imperios, no pudieron con los fragmentados reinos europeos. Un ejército único europeo, derrotado por cualquier motivo —una traición, por ejemplo— dejaría al territorio indefenso frente al agresor y sin capacidad de defensa. Veamos ahora el caso de la guerra de Irán, por lo menos hasta el momento de escribir estas palabras.

La guerra de Irán no parece irle muy bien, por el momento, a los Estados Unidos. La mejor prueba es que en estos momentos está negociando con los gobernantes de Irán, quienquiera que sean, que no parece estar muy claro, pues como buen gobierno funciona en anarquía, una salida al conflicto. Un ejército que ha ganado una guerra no entra en negociaciones, simplemente impone sus condiciones, como hicieron cuando conquistaron Iraq. El hecho de que quieran buscar una salida, y que esta no sea necesariamente mejor que la situación anterior a la guerra, lo dice todo; exactamente lo mismo que le está pasando a Putin en Ucrania, quien también parece dispuesto a negociar. A la inversa también es válido, obviamente, pues tanto iraníes como ucranianos están sufriendo grandes pérdidas, pero ganará quien pueda resistir más tanto política como económicamente, y ahí es donde es relevante la voluntad de resistir, a la que se refería Clausewitz en su libro Sobre la guerra. Al gobierno de Irán incluso puede no venirle mal la continuación de la guerra, pues mientras dure esta, la disidencia interna, su verdadero enemigo, queda neutralizada, siempre y cuando no sea derrotado, claro está, pues en este caso la oposición tiene muchas opciones de tomar el poder, o cuando menos comenzar una guerra civil y desatar movimientos de secesión.

Pero nada apunta a que el régimen iraní vaya a perder esta guerra. Han planteado una forma de guerra muy distinta a la que planteó Saddam Hussein hace veinte años, aprendiendo de sus errores, como el de la centralización militar, que consiguió que el país fuese derrotado en pocos días. Esta estrategia está basada en la descentralización militar y en el uso de nuevas formas de combate en enjambre, que consiguen que el sofisticado armamento norteamericano quede, en buena medida, inoperativo. Al mismo tiempo, le obligan a incurrir en enormes desembolsos financieros para conseguir unos resultados que dejan mucho que desear.

Recordemos que cualquier guerra implica siempre un cálculo de costes y beneficios esperados en relación con los objetivos que se pretenden conseguir, y si no se alcanzan, la guerra está perdida, por muchas victorias militares que aparentemente puedan tener. Es una suerte de cálculo económico, que incluye precios como una empresa, pero también factores difíciles de ponderar, como apoyo político, capacidad del enemigo de causar daños y, sobre todo, la moral de los combatientes, que, como apuntaba Clausewitz, es el factor que decide la terminación o no de una guerra. Mientras exista alguna resistencia, la guerra continúa, se haya rendido o no el mando central.

La guerra, vista desde esta perspectiva, la está perdiendo sin duda el ejército americano, pues estrategias como la de flota mosquito, dirigida por la Guardia Revolucionaria, que opera de forma autónoma al ejército regular, asociadas con las milicias paramilitares Basij, empleadas normalmente en la represión pero que cuentan también con alguna capacidad operativa militar, están llevando a cabo una estrategia eficaz. Decenas de lanchas artilladas con armamento ligero, todas ellas de bajo coste, están confrontando a la última generación de carísimos buques norteamericanos, incluyendo portaaviones, con ataques rápidos en forma de enjambre y retirándose después muy rápidamente. Su objetivo además no es destruir el buque enemigo, sino simplemente dañarlo, como parece que sucedió incluso con algún portaaviones, para que tenga que retirarse a puertos seguros para poder ser reparado, pero dejándolo incapaz para el combate.

Otra estrategia que han seguido los iraníes es la de definir una defensa en mosaico, de tal forma que la defensa se fragmenta territorialmente y se abandona el principio de mando único. Curiosamente, el DARPA norteamericano ha desarrollado también una estrategia de guerra en mosaico, como bien explica Guillermo Pulido en un libro al respecto, Guerra multidominio y mosaico, pero aplicada a la ofensiva, y no parece que previesen las consecuencias de una estrategia así, en este caso defensiva.

En la defensa en mosaico cada territorio disfruta de autonomía militar, definiendo sus propias tácticas y estrategias militares, haciéndolo casi invulnerable, como se pudo comprobar, al descabezamiento de la cúpula militar. Los ejércitos siguen funcionando sin disponer de un mando central, lo que implicaría que tendrían que ser derrotados todos y cada uno de ellos, y no bastaría con una acción decisiva. Esto tiene la consecuencia de encarecer mucho el conflicto al tener que ocupar militarmente todo el país, o por lo menos una parte sustancial del mismo para conseguir la rendición de todas las piezas del mosaico.

Deberían tomar nota de esta forma de combatir los estrategas de un ejército europeo centralizado, que, de darse, dejaría a todo el territorio a expensas de un posible mando incompetente o de un revés militar que desactivase toda la fuerza de forma irreversible. O de que todo el ejército estuviese armado de la misma forma y el armamento fuese inadecuado. Podemos ver cómo Ucrania se ha defendido bastante bien con los restos, guardados en almacenes, de los ejércitos europeos junto con su propio material, proveniente de la era soviética.

Si Europa nunca fue conquistada en su totalidad por potencias externas es precisamente porque operaba en mosaico, con múltiples ejércitos autónomos. No estaría mal que se pudiese aprender de las virtudes de la descentralización y la fragmentación antes de ensayar modelos condenados al fracaso.

Serie ‘Sobre el anarcocapitalismo’

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