Revisionismo libertario, dos años después: la prueba Abelardo

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Hace dos años sostuve que la estrategia libertaria de diseminar las ideas, siendo correcta, se quedaba corta. Que el problema del Estado no es únicamente intelectual, porque el intelectual mismo come del Estado. Sostuve entonces que, si la derecha le iba a arrebatar el poder a la izquierda francamente socialista en Colombia, no sería únicamente por la propagación paciente de ideas correctas, sino por un populismo de derecha con un fuerte componente libertario. Y cerré con una apuesta: quien entendiera esto sería el próximo presidente del país.

Hoy creo que alguien lo entendió relativament bien. Ese alguien está a las puertas de la Casa de Nariño.

El rugido que se volvió cifra

No me he vuelto de pronto admirador de Abelardo de la Espriella, ni quiero que se me lea así. Pero las observaciones son una cosa muy jodida, y, a pesar de ser muy incómodo el estilo, sería terquedad no tenerlas en cuenta. El 31 de mayo, en la primera vuelta, Aberlardo De la Espriella obtuvo cerca del 43,7 % de los votos, por encima del candidato del petrismo, Iván Cepeda, que rondó el 40,9 %. Las encuestas más serias —incluida la que mejor acertó en la primera vuelta— lo ponen ganando la segunda, el 21 de junio, por varios puntos.

Que quede claro lo que esto significa para nosotros. A juzga por lo que está en el -debil- papel, en tres décadas de Estado social de derecho, de gobiernos “de derecha” que eran socialdemocracia avergonzada, la promesa de reducir el Estado no está en un seminario, ni en un paper, ni en la barra de una taberna libertaria. Está en una urna, a punto de ser contada. Va de primera.

Lo he hecho antes y lo hago ahora. Yo soy un ignorante absoluto en cuestiones de estrategia y debo ahora reconocer algo más amargo: el que entendió mi propio argumento no fui yo, ni ninguno de mis colegas de cátedra. Fue un penalista.

El espejo de la estrategia

Tomo lo que he sostenido y lo pongo, como un espejo, frente a la campaña de De la Espriella. Y lo que veo me obliga a tragar saliva, porque el reflejo es casi punto por punto el que dibujé.

Dije, y continuo diciendo, que había que desenmascarar a las élites y denunciar al Estado como la organización criminal que es. De la Espriella ha hecho campaña llamando al gobierno una banda criminal y al presidente el jefe de la mafia. Donde yo escribí “organización criminal vergonzante”, él hizo eslogan.

Dije, y continuo diciendo, que el mensajero debía desmarcarse de la derecha tímida del campo de golf, esa que sube impuestos con sonrisa del Gun Club en Bogotá. De la Espriella se inscribió por firmas —más de tres millones— con un movimiento propio, despreciando los pactos burocráticos de la clase política y diciéndose aliado de las bases y no de los directorios. No es la derecha del whisky de las cinco; es, dice él, la del que madruga.

Dije, y continuo diciendo, que la vía pasaba por una alianza con la derecha conservadora que tomara como fuente de prosperidad la propiedad, la función empresarial, la libertad individual y la familia. De la Espriella ha hecho de su “extrema coherencia” un pentágono: familia, trabajo, fe, propiedad y seguridad. Cuatro de esos cinco vértices podría haberlos firmado yo.

Dije, y continuo diciendo, que el mensaje debía exigir menos impuestos, menos subsidios, menos Estado. De la Espriella propone recortar el tamaño del Estado en una cuarta parte, un ajuste fiscal de setenta billones, una desregulación a machete —dos normas derogadas por cada una nueva— y un crecimiento del 7 % anual desatado, dice, al bajarle al colombiano la bota tributaria del cuello. Es, hasta donde le da el vocabulario, el principio de no agresión aplicado al bolsillo.

Y dije, en fin, que había que romper de entrada con los regímenes de infame inclinación socialista, empezando por Cuba y Venezuela. De la Espriella ha prometido no tener relación alguna con Venezuela, Nicaragua ni Cuba, ni con tiranía ninguna en el mundo. Exceptuando su guiño al estado cimininalisimo de Israel, ahí no hay medias tintas, que es justamente lo que pedí.

Habría creído que tales puntos de ejecución tardarían una generación en proponerse, pero, según veo, parece que no. Al menos desde el debil papel de una plataforma programática, se esperan ejecutar pronto.

Décadas contra cien días

Aquí está el argumento que de verdad me hace cambiar de tono, y conviene que lo diga sin pudor.

La estrategia libertaria pura —la de los hombros de gigantes, la del lento desarraigo de la idea estatista de la opinión pública— prometía resultados “con el paso de las décadas”. Lo he dicho con esas palabras y lo sostengo: es la estrategia de mayor aliento y, en el muy largo plazo, la más profunda. Pero tiene un defecto fatal que he denunciado: descansa sobre la fe de que el intelectual busca la verdad por encima de su renta, cuando lo cierto es que el intelectual forma parte de la coalición que vive del saqueo. Esperar que esa casta se autoconvenza de su propia liquidación es esperar que el carcelero predique la fuga.

De la Espriella no espera nada de eso. Promete resultados verificables en los primeros cien días. Y aquí la cuestión moral es brutal en su sencillez: una reducción real del Estado mañana vale más que una opinión pública ilustrada que quizá llegue cuando ya estemos todos muertos. El populismo de derecha resuelve, de un tajo, el cuello de botella que la academia libertaria no ha sabido siquiera nombrar en voz alta. No convence a la casta: la rodea, apelando por encima de su cabeza a la clase media trabajadora, a esa que conoce cómo se escapa de la pobreza y está harta de financiar al vago y al burócrata.

Eso es, ni más ni menos, lo que yo he pedido, intercambiando miradas en el bar con las estrategas. Y lo he pedido porque la pureza, cuando no produce un solo metro de libertad en treinta años, empieza a parecerse peligrosamente a la comodidad -como la que se nos permite a los profesores.

El precio que estoy dispuesto a pagar

No me he vuelto ingenuo. No lo creo. Sin embargo, y sería deshonesto venderle al lector un tigre sin rayas. De la Espriella no es un libertario, ni pretende serlo, y hay en su programa cosas que hacen que me arda el alma tanto como las estupideces económicas de Petro.

La peor, para mí, es la guerra a las drogas. Yo pedí la legalización de todas ellas —que se infarte a punta de cocaína el que quiera, escribí, y lo sostengo— porque el cuerpo de cada cual es la primera de las propiedades. De la Espriella propone lo contrario: erradicar trescientas treinta mil hectáreas de coca con fumigación aérea, extradición y todo el peso del aparato penal. Ahí el Estado no se achica: engorda. Crece justo donde lo queríamos jubilar. Y a esa apuesta punitiva la acompaña una estética de mano de hierro, de megacárceles y de pax romana importada del mozalbete que se afeita con regla, Bukele, que blinda a la fuerza pública con un entusiasmo que —lo confieso— en parte yo mismo reclamé contra el criminal común, pero que amenaza con parir un Leviatán de seguridad mientras desmontamos el Leviatán fiscal.

Tampoco me engaño con la pureza de su desmarque. El outsider que reniega de la clase política consulta con respeto a Uribe, coquetea con el Centro Democrático y lleva de fórmula a un exministro de Hacienda de Duque. La derecha del campo de golf no fue expulsada del todo; fue, más bien, invitada a la mesa de atrás.

Y, sobre todo, hay una ausencia que el libertario no debe pasar por alto: De la Espriella no nombra la libertad como principio. Su léxico es el orden, la patria, el milagro, la salvación. El componente libertario, en él, es un instrumento del crecimiento, no un fin moral. Reduce el Estado porque le estorba a la prosperidad, no porque el Estado sea, como yo creo, éticamente indefendible.

¿Y entonces? Entonces hago las cuentas como las hice con Milei hace dos años. No se eliminará el Estado; se le entregarán incluso un par de agentes más. Pero es probable que en el neto se reduzca, que la propiedad respire, que la empresa deje de ser pecado y que rompamos con el eje que nos exporta su miseria. Me lo trago. Trago la fumigación con tal de recuperar la frontera fiscal; trago la pax romana con tal de que la clase trabajadora deje de pagar la fiesta del parásito. No con alegría. Con el cálculo frío del que prefiere avanzar cojeando a quedarse, purísimo, sentado.

Lo que falta

De la Espriella entendió la ecuación estratégica que mis colegas y yo tardamos décadas en formular y nunca supimos ejecutar. Por eso, en lo que tiene de recorte del Estado, de desenmascaramiento de la coalición parasitaria y de ruptura con las tiranías, lo acompaño. Sin sonrojarme y sin pedir disculpas.

Pero lo acompaño con una reserva que no es veto, sino tarea. Porque a él le falta exactamente lo que a nosotros nos sobra: el principio. Le falta entender que la libertad no se defiende solo en el bolsillo del empresario, sino también en el cuerpo del adicto, en la alcoba de quien ama distinto, en la conciencia del que cree o no cree. La puerta que abre el populismo de derecha es real, y vale cruzarla. Pero al otro lado no está todavía la sociedad libre: está apenas un Estado más flaco, que es mucho, pero no es todo.

Nuestro trabajo, el de los que seguimos en la diseminación terca de las ideas, es suministrarle a esta marea lo que no trae de fábrica y empujar contra su exceso punitivo. Que el Tigre achique al Estado es noticia para celebrar. Que aprenda, además, que el individuo es soberano también sobre sí mismo. Tenemos un muy buen amigo en común y desde acá le autorizo para que le de mi teléfono para hablar de esto.

Quien entendió la mitad de mi argumento está a las puertas del poder. Ojalá entienda la otra mitad antes de cruzarlas. Y si no, ya nos encargaremos nosotros —con un guiño de ojo— de recordárselo todos los días.

Santiago Dussan
Author: Santiago Dussan

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