Réplica a Polavieja (I): valor de cambio concreto e intercambios previos

Tags :
Share This :

Manuel Polavieja ha publicado una crítica parcial (Polavieja 2026) a mi tesis doctoral Bitcoin como dinero fuerte: una interpretación de Bitcoin a la luz de la Escuela Austriaca de Economía (Serrano 2025). Ante todo, quiero agradecer el tono general del artículo y el hecho de que se detenga en cuestiones teóricas de fondo. La discusión sobre Bitcoin, el dinero y el teorema de la regresión de Mises no puede resolverse con intuiciones rápidas, analogías apresuradas o eslóganes. Requiere precisión conceptual, especialmente cuando tratamos categorías tan delicadas como valor de uso, valor de cambio, poder adquisitivo, utilidad monetaria y medio de intercambio.

El propio Polavieja delimita el objeto de su crítica: afirma que su propósito es iniciar una serie de artículos breves sobre los puntos que considera más discutibles de mi tesis, y que en esta primera entrega pondrá el foco en los conceptos de valor de uso y valor de cambio, particularmente en la relación entre valor de cambio e intercambios previos.

La crítica de Polavieja se centra en una parte muy concreta: mi afirmación de que no es posible otorgar valor de cambio a un bien sin apoyarse en intercambios previos, y que solo teniendo en cuenta precios de intercambio pasados puede atribuirse valor de cambio a un bien, porque lo que se valora son los supuestos intercambios que ese bien permite, esto es, su poder adquisitivo. Polavieja entiende que esa tesis introduce un requisito que no aparece en Menger y que, en Mises, solo sería aplicable estrictamente al dinero. A partir de ahí, sostiene que mi planteamiento haría imposible el primer intercambio, sería incompatible con la empresarialidad y confundiría la naturaleza subjetiva y prospectiva del valor.

Veamos por qué no comparto sus apreciaciones.

1. Valor subjetivo no significa valor arbitrario

El punto de partida debe ser Menger. En la definición de valor de uso y valor de cambio, Menger no se limita a decir que el valor de cambio aparece cuando alguien quiere vender algo. Su formulación es más exigente.

El valor de uso es, pues, la significación que adquieren para nosotros los bienes que nos aseguran de una manera directa la satisfacción de necesidades en unas circunstancias en las que, si no dispusiéramos de estos bienes, no podríamos satisfacerlas. El valor de intercambio es la significación que adquieren para nosotros aquellos bienes cuya posesión nos garantiza el mismo resultado bajo las mismas circunstancias, pero de forma indirecta. (Menger 1871, p. 290)

Las expresiones “nos aseguran” y “nos garantiza” son importantes en estas definiciones. Naturalmente, no deben entenderse como certeza absoluta. En economía, toda acción humana mira hacia el futuro y está sometida a incertidumbre. Pero tampoco pueden vaciarse de contenido hasta convertirlas en una simple conjetura psicológica. Si otorgo valor de cambio a un bien porque me garantiza indirectamente la satisfacción de necesidades, entonces debe haber alguna base que me permita considerar que ese bien podrá ser cambiado por otros bienes.

Por eso, aunque el valor sea siempre subjetivo, no es arbitrario. En mi tesis señalé expresamente que valor de uso y valor de cambio son distinciones analíticas dentro de un único fenómeno subjetivo: el valor. También advertí que esas categorías pueden inducir a confusión si se olvida que, en lo referente al valor, lo decisivo es siempre la subjetividad de la valoración. Pero añadí algo igualmente importante: que la subjetividad no implica arbitrariedad. La arbitrariedad no satisface necesidades.

El valor de uso se apoya en la apreciación subjetiva de una utilidad directa. Si tengo sed y valoro un vaso de agua, la relación entre el bien y mi necesidad se establece de forma directa. Puedo equivocarme —el agua puede estar contaminada—, pero el juicio se refiere a la utilidad que creo poder obtener directamente del bien. Y ese juicio, en cuanto juicio de valor de uso, no depende de que otra persona actúe como contraparte en un intercambio.

El valor de cambio es distinto. En este caso el bien no debe satisfacer mi necesidad directamente, sino indirectamente, a través de otros bienes que espero obtener mediante intercambio. Por eso, la atribución de valor de cambio a un bien, aun siendo subjetiva, requiere algo más que una mera introspección, puesto que el intercambio implica la participación de otras personas. Necesito poder estimar, aunque sea imperfectamente, qué podré obtener a cambio de ese bien que poseo. Y esa estimación solo puede apoyarse en relaciones de intercambio ya manifestadas: precios previos, demanda efectivamente expresada u oportunidades reales de intercambio.

En cualquier caso, debe quedar clara una idea que se considera clave. Los intercambios previos no objetivizan el valor; proporcionan la base sobre la que el actor puede estimar subjetivamente un valor de cambio concreto.

Esta idea ya ha sido desarrollada en trabajos anteriores (Serrano 2022a; Bagus & Serrano 2023). Allí se criticó el uso problemático de la expresión “valor de cambio objetivo”, precisamente porque en economía todo valor es subjetivo. Lo que existen son precios históricos, relaciones de intercambio efectivamente acaecidas y datos de mercado que sirven como referencia para la estimación subjetiva del poder adquisitivo.

2. La expectativa de venta no es valor de cambio concreto

Polavieja sostiene que basta con que yo estime que un bien puede tener valor de uso para terceros para que ese bien tenga valor de cambio para mí. Sus ejemplos son unas gafas, una peluca, un pañal o un objeto que no satisface ninguna necesidad propia, pero que podría satisfacer necesidades ajenas. Según él, si yo sé que otros podrían valorar ese bien, entonces ya puedo atribuirle valor de cambio.

Aquí se produce el salto problemático. Una cosa es decir “creo que alguien podría querer este bien”. Y otra muy distinta es decir que “este bien me permitirá obtener ciertos bienes y satisfacer determinadas necesidades mediante el intercambio”. La primera afirmación expresa una expectativa. La segunda solo puede expresar valor de cambio concreto si esa expectativa descansa sobre una base realista de intercambio.

Puedo encontrar una peluca que no necesito y pensar que quizá otra persona sí la necesite. Puedo incluso decidir conservarla para intentar venderla. Pero, si nunca se ha intercambiado una peluca, si no existen precios de pelucas, si nadie ha ofrecido nada por algo semejante y si no hay una demanda identificable, ¿qué valor de cambio concreto puedo atribuirle? ¿Una manzana? ¿Diez manzanas? ¿Una onza de oro? ¿Nada?

La mera posibilidad de que alguien pueda quererla no nos proporciona una respuesta.

La diferencia es importante. El valor de cambio no consiste en imaginar que un bien pudiera interesar a terceros. Consiste en atribuirle una capacidad determinada de obtener otros bienes mediante intercambio que den satisfacción a nuestras necesidades. Esa capacidad puede ser incierta, porque todo futuro es incierto. Puede ser revisable, porque toda valoración puede cambiar. Puede ser errónea, porque el actor puede equivocarse. Pero debe apoyarse en una presunción realista.

Esta idea ya fue expresada con claridad anteriormente:

Siguiendo a Menger, podríamos ir un poco más allá y decir que únicamente una presunción realista de la venta permite a un sujeto otorgar valor de cambio a un bien, pues es lo único que puede llevarle a pensar con seguridad que gracias a ese bien podrá satisfacer sus necesidades. Cualquier presunción disparatada no le permitirá otorgar valor de cambio a un bien, a lo sumo engañarse. (Bagus & Serrano 2023, p. 441).

Polavieja rebaja demasiado el concepto de valor de cambio. Lo transforma en una pura orientación subjetiva hacia la venta. Pero una cosa es querer vender un bien y otra muy distinta poder atribuirle un valor de cambio concreto. La intención de vender puede ser fantasiosa, infundada o estar completamente desconectada de cualquier posibilidad real de intercambio. Si nadie ha mostrado jamás disposición alguna a entregar nada a cambio de ese bien, o si la oferta formulada carece de toda relación razonable con la realidad del mercado, no estamos ante valor de cambio concreto, sino ante una mera conjetura. Y una mera conjetura no permite afirmar que el bien garantice indirectamente la satisfacción de determinadas necesidades; por tanto, no basta para hablar de valor de cambio concreto.[1]

Esa degradación no aclara el concepto. Lo disuelve.

3. Cuando la expectativa se confunde con el valor de cambio concreto

Polavieja acierta en algo: la expectativa importa. La esperanza importa. La especulación importa. El juicio empresarial importa. Pero se equivoca al colocar esas categorías directamente bajo el valor de cambio.

La esperanza, la especulación y las expectativas pueden ser valoradas por los actores. No son en modo alguno irrelevantes. Pueden motivar la acción. Pueden explicar por qué alguien adquiere o conserva un bien. Pero mientras sean solo esperanza, especulación o expectativa no apoyadas en una presunción realista de intercambio, no constituyen valor de cambio concreto.

El ejemplo del billete de lotería es útil. Quien compra un décimo puede valorar la esperanza de que resulte premiado. Esa esperanza tiene para el comprador algún tipo de utilidad subjetiva: psicológica, especulativa o incluso social. Por eso lo ha comprado. Esa utilidad es un valor de uso. Por su parte, quien vende el décimo puede atribuirle un valor de cambio en consonancia con su precio de mercado. Pero no puede atribuirle el valor de cambio de un billete ya premiado. Si lo hiciera, no estaría expresando un valor de cambio concreto; simplemente estaría confundiendo la esperanza de premio con la capacidad estimable de intercambio.

En el caso de una mercancía radicalmente nueva, el empresario puede valorar la expectativa de que otros la demanden. Puede producirla. Puede calcular costes y fijar un precio de oferta. Puede ponerla a la venta. Pero esa expectativa empresarial no equivale todavía a un valor de cambio concreto formado en el mercado. Todavía no existe una relación de intercambio efectiva que confirme o corrija esa expectativa.  Hasta entonces, el empresario actúa sobre una expectativa, no sobre una relación de intercambio ya manifestada.

Esto permite responder a Polavieja con precisión. La expectativa de que otros valoren un bien puede ser valor de uso para quien actúa motivado por ella. Pero no es todavía valor de cambio. El valor de cambio en sentido concreto exige algo más que una expectativa abstracta de venta. Para que pueda atribuirse a un bien un valor de cambio concreto, el actor debe poder estimar qué bienes o qué cantidad de dinero podría obtener a cambio de él y, por tanto, qué necesidades podría satisfacer mediante su intercambio.

Esto es fundamental también para Bitcoin. Las expectativas de que Bitcoin pudiera llegar a ser dinero podían ser valoradas por sus primeros usuarios. Pero esas expectativas no eran todavía utilidad monetaria. Eran valor de uso: satisfacción intelectual, esperanza ideológica, expectativa de apreciación futura, motivación política o confianza en una posible utilidad futura. En mi tesis se distingue precisamente entre esos valores de uso iniciales y el valor de cambio concreto que solo pudo aparecer después, cuando, a partir de esos usos, surgieron intercambios efectivos y precios de mercado.

4. Menger no reduce el valor de cambio a la intención de vender

Polavieja propone una interpretación intencional: si poseo un bien para usarlo, tiene valor de uso; si lo poseo para intercambiarlo, tiene valor de cambio. No comparto esta interpretación.

Desde luego, el destino que el actor da al bien importa. Si predomina el valor de uso, tenderá a emplearlo directamente; si predomina el valor de cambio, tenderá a ofrecerlo en el intercambio. Pero para otorgar valor de cambio no basta con la intención de querer venderlo. Si bastara con eso, podría otorgarle valor de cambio a un objeto aun cuando nadie lo apreciara, algo que, siguiendo la definición de Menger, sería absurdo.

Menger no habla de una mera intención. Habla de bienes cuya posesión nos garantiza indirectamente la satisfacción de necesidades. La palabra “indirectamente” presupone el intercambio, pero el verbo “garantizar” exige algo más que la simple voluntad de intercambiar. Exige que el actor pueda considerar razonablemente que ese bien le permitirá obtener otros bienes.

Por eso, la distinción relevante no es simplemente “lo quiero usar” frente a “lo quiero vender”. La distinción correcta es “lo valoro porque creo que satisface directamente una necesidad” frente a “lo valoro porque creo, sobre una base realista de intercambio, que me permitirá obtener otros bienes que darán satisfacción a mis necesidades”.

Dicho de otro modo: el valor de cambio no reside en el acto físico de intercambiar ni en el mero deseo de vender. Reside en la capacidad subjetivamente estimada de obtener otros bienes mediante intercambio. Y esa capacidad no puede ser inventada de la nada. Requiere una base.

5. El primer intercambio no queda imposibilitado

Polavieja afirma que mi tesis haría imposible el primer intercambio. Si el valor de cambio exige intercambios previos, y esos intercambios previos exigirían otros anteriores, la cadena no terminaría nunca.

La objeción parece fuerte solo porque confunde dos cosas: el motivo que puede dar lugar al primer intercambio y el valor de cambio concreto que se forma una vez que existen relaciones de intercambio ya manifestadas.

El primer intercambio de un tipo de bien no requiere un valor de cambio concreto previamente formado. Puede producirse por comparación de valoraciones de uso, por curiosidad, por error, por experimentación, por analogía con otros bienes, por expectativa empresarial, por motivación ideológica o por cualquier otra razón. Lo decisivo es que, antes de que existan intercambios de ese tipo de bien, no puede atribuírsele un valor de cambio concreto fundado en una capacidad ya manifestada de obtener otros bienes mediante intercambio y satisfacer así necesidades de forma indirecta.

La aparición del intercambio puede entenderse analíticamente sin necesidad de reconstruir un estadio histórico de no intercambio. Basta con observar que el primer intercambio de un tipo de bien, una vez realizado, introduce una relación de intercambio efectiva. A partir de ese momento, los actores cuentan con una base nueva para estimar qué puede obtenerse mediante ese bien. En ese sentido, el primer intercambio no presupone necesariamente un valor de cambio concreto ya formado; contribuye a descubrirlo y a formarlo.

Por tanto, la respuesta a Polavieja es clara. No sostengo que el primer intercambio de un bien requiera un valor de cambio previo. Sostengo que el valor de cambio concreto de un bien solo puede formarse sobre la base de intercambios, precios u oportunidades de mercado ya manifestadas.

No hay regresión infinita. Hay una secuencia lógica: primero utilidad subjetivamente apreciada o valor de uso; después, en su caso, intercambio; y finalmente descubrimiento paulatino del valor de cambio concreto.

6. Empresarialidad y mercancías radicalmente nuevas

Polavieja cree encontrar su argumento más fuerte en la empresarialidad. Cita el ejemplo de Mises sobre los primeros aparatos de radio: una mercancía desconocida aparece en venta por primera vez. El fabricante puede ofrecerla aunque nunca antes se haya intercambiado una radio. Según Polavieja, esto demuestra que puede haber valor de cambio sin intercambios previos.

Pero el ejemplo demuestra menos de lo que Polavieja pretende.

Es evidente que un empresario puede crear un bien nuevo y ponerlo a la venta. Puede calcular costes, anticipar demanda, fijar un precio de oferta, ajustar su margen, vender con pérdidas iniciales o fracasar. Nada de esto queda negado por mi tesis. La acción empresarial se mueve siempre en el terreno de la incertidumbre.

Pero una oferta de venta no es todavía un precio de mercado ni una relación de intercambio efectiva. La etiqueta de un producto expresa la pretensión monetaria del vendedor; solo cuando la operación se realiza aparece un precio de mercado. Hasta ese momento, el empresario actúa sobre una expectativa de venta, no sobre un valor de cambio concreto ya formado.

El fabricante de un nuevo tipo de aparato puede pensar: “creo que alguien valorará este aparato y estará dispuesto a entregarme otros bienes por él”. Eso es una expectativa empresarial. Puede estar bien fundada. Puede ser brillante. Puede abrir un mercado nuevo. Pero hasta que no se produzca algún intercambio, no existe todavía una relación de intercambio efectiva. Lo que hay es una apuesta empresarial.

El comprador de ese nuevo bien aparecido en el mercado puede valorar la utilidad directa esperada del bien. Puede preguntarse si escuchar emisiones radiofónicas le proporcionará una satisfacción superior a la de los bienes a los que renunciaría para comprar la radio. Y con ello puede tomar una decisión.

Que esa utilidad no esté “confirmada” por ventas anteriores no afecta al argumento. El valor de uso no requiere confirmación de mercado: basta con que el comprador aprecie subjetivamente la utilidad directa o técnica del bien. Esa utilidad no depende de la aceptación de terceros como contrapartes futuras del intercambio. El valor de cambio, por el contrario, sí depende de esa mediación social.

En lo referente al valor de cambio, el dinero representa el caso más radical, pues no se demanda por la utilidad directa que pueda proporcionar como objeto de consumo, sino por su capacidad de obtener otros bienes mediante intercambio. Su utilidad específica depende de su poder adquisitivo. Por eso no puede equipararse una mercancía nueva con un medio de intercambio y, en particular, con el dinero. Este punto es crucial en Mises: un nuevo bien puede demandarse por la utilidad directa que el actor espera obtener de él; un medio de intercambio solo puede demandarse monetariamente cuando se le supone determinado poder adquisitivo.

7. Una precisión sobre el dinero

La discusión específica sobre el teorema de la regresión se abordará en otro momento. No obstante, conviene hacer una precisión: cuando Polavieja recuerda que Mises aplica la exigencia de poder adquisitivo previo al dinero, no refuta con ello la distinción que aquí estoy defendiendo entre expectativa de venta y valor de cambio concreto.

Al contrario, esa referencia a Mises ayuda a entender por qué la distinción es tan importante. En los bienes ordinarios, una expectativa de venta puede confundirse terminológicamente con valor de cambio; en el dinero, en cambio, esa confusión se vuelve insostenible, porque su utilidad específica depende precisamente del poder adquisitivo.

Aquí se ve el verdadero alcance del problema. Polavieja discute el valor de cambio en general, pero mi tesis introduce esa cuestión porque necesita explicar algo muy concreto: el origen del valor de cambio específico de los medios de intercambio —y, en particular, del dinero—, así como los determinantes de su poder adquisitivo.

El dinero, en cuanto dinero, es un bien peculiar: no se demanda como bien de consumo ni como bien de producción, sino como medio de intercambio. Su utilidad específica consiste en facilitar los intercambios futuros y reducir la incertidumbre presente. Pero no puede hacerlo si no se le supone poder adquisitivo. Y no se le puede suponer poder adquisitivo sin alguna base de precios o intercambios.

Esto diferencia radicalmente al dinero de una mercancía nueva y permite entender mejor el caso de Bitcoin. Si aparece por primera vez una radio —como en el ejemplo de Mises—, la gente puede demandarla por la utilidad que espera obtener de ella, aunque todavía no existan ventas anteriores de radios. Bitcoin, en cambio, no podía ser demandado inicialmente por su utilidad monetaria, porque todavía carecía de poder adquisitivo. Podía ser valorado, minado o conservado por motivos no monetarios: interés técnico, experimentación, motivación ideológica, curiosidad, expectativa de aceptación futura o especulación. Pero, mientras no existieran intercambios efectivos y precios de mercado, nadie podía estimar sobre una base de mercado qué bienes podría obtener a cambio de bitcoins. Por tanto, todavía no había fundamento para demandarlo monetariamente.

8. Conclusión

La crítica de Polavieja no refuta mi tesis. Sirve, eso sí, para precisar una cuestión terminológica relevante: cuando afirmo que no puede otorgarse valor de cambio a un bien sin intercambios previos, debe entenderse que me refiero a un valor de cambio concreto, esto es, a una capacidad subjetivamente estimada de obtener otros bienes mediante intercambio y satisfacer así necesidades de forma indirecta.

Puedo saber que otros valoran un bien sin poder todavía atribuirle un valor de cambio concreto. Puedo intentar vender un producto nuevo sin conocer aún su precio de mercado. Puedo producir una mercancía con una expectativa empresarial de demanda. Todo eso es posible. Pero nada de eso demuestra por sí solo la existencia de un valor de cambio concreto.

El error de Polavieja consiste en identificar valor de cambio con intención de intercambio. Pero el valor de cambio relevante en Menger, Böhm-Bawerk y Mises, y también en mi propia tesis, no es una mera intención subjetiva de vender, sino la importancia subjetiva que adquiere un bien porque permite obtener otros bienes mediante el intercambio. La intención puede ser necesaria, pero no es suficiente. Un sujeto puede querer vender cualquier cosa: puede equivocarse, fantasear, sobreestimar la demanda, ofrecer un bien invendible o poner a la venta una mercancía que nadie quiere. En todos esos casos hay intención de vender, pero no necesariamente valor de cambio concreto.

Por eso no basta con decir que, si el sujeto destina un bien al intercambio, ese bien tiene valor de cambio para él. Puede haber una expectativa de venta, una esperanza o una conjetura empresarial. Pero solo podrá atribuirle valor de cambio concreto si esa expectativa descansa sobre una presunción realista de intercambio. El propio Menger nos obliga a esta interpretación cuando habla de bienes que “aseguran” o “garantizan” la satisfacción indirecta de necesidades. Si no hay ninguna base para estimar qué bienes podrán obtenerse a cambio, no hay tal garantía ni tal seguridad. Hay solo conjetura.

El primer intercambio no presupone valor de cambio concreto; contribuye a formarlo. La empresarialidad no queda excluida; simplemente actúa bajo incertidumbre. Las expectativas no desaparecen; pertenecen al ámbito del valor de uso cuando todavía no descansan sobre una base realista de intercambio. Y el dinero no queda reducido a un bien ordinario, porque su utilidad específica depende del poder adquisitivo, a diferencia del resto de bienes.

La empresarialidad explica cómo pueden aparecer nuevos bienes. Otra cuestión distinta, que deberá tratarse con más detalle, es cómo aparece el poder adquisitivo de un medio de intercambio. Confundir ambos problemas conduce a pensar que basta con querer vender algo para que exista valor de cambio. Pero no basta.

El valor de cambio relevante no es una intención abstracta. Es la capacidad concreta, subjetivamente estimada pero no arbitraria, de obtener otros bienes mediante intercambio. Y esa capacidad no surge de la nada. Se forma en el mercado, a través de valoraciones previas, intercambios y precios.

Esa es, en definitiva, la distinción conceptual que Polavieja pasa por alto.

Bibliografía
  • Bagus, Philipp & Serrano, Joel (2023). Por qué el teorema regresivo del dinero no es lógicamente defectuoso. Procesos de Mercado: Revista Europea de Economía Política Vol. XX, n.º 1, Primavera 2023, pp. 431 a 450. https://doi.org/10.52195/pm.v20i1.862
  • Böhm-Bawerk, Eugen von (1889). Teoría positiva del capital. Madrid: Ediciones Aosta (1998)
  • Menger, Carl (1871). Principios de economía política. Madrid: Unión Editorial (segunda edición 1997, séptima reimpresión 2019)
  •     (1892a). El dinero. Madrid: Unión Editorial, 2013
  •     (1892b). El origen del dinero. Eumed. http://www.eumed.net/cursecon/textos/Menger-origen-dinero.pdf
  • Mises, Ludwig von (1912). La teoría del dinero y del crédito. Madrid: Unión Editorial (1997)
  • —    (1949). La acción humana. Madrid: Unión Editorial (2007)
  • Polavieja, Manuel (2026). Crítica a la tesis de bitcoin como dinero fuerte I. Web: Instituto Juan de Mariana. https://juandemariana.org/critica-a-la-tesis-de-bitcoin-como-dinero-fuerte-i/
  • Serrano, Joel (2022a). La liquidez frente al teorema de la regresión del dinero: una crítica a J. R. Rallo. Procesos de Mercado: Revista Europea de Economía Política, vol. XIX, n.º 1, primavera 2022, pp. 63-96. https://doi.org/10.52195/pm.v19i1.776
  • —    (2025). Bitcoin como dinero fuerte: Una interpretación de Bitcoin a la luz de la Escuela Austriaca de Economía. Tesis doctoral. Universidad Rey Juan Carlos, Madrid. Disponible en: https://hdl.handle.net/10115/128557

[1] Conviene evitar un posible malentendido. Que el valor de cambio requiera una base de mercado no significa que solo pueda apreciarse ex post, una vez realizada la acción. Toda valoración se realiza antes de la acción, ex ante, y se manifiesta en la propia acción; también la valoración de cambio. Lo que se sostiene aquí es que esa valoración ex ante no puede ser arbitraria: debe descansar sobre una presunción realista de intercambio. Sin esa base, lo que hay es expectativa, esperanza o conjetura. Estos elementos pueden tener valor de uso para el actor y conducir eventualmente al intercambio, pero, en tales circunstancias, no constituyen todavía valor de cambio concreto.

El debate sobre bitcoin como dinero fuerte

Manuel Polavieja

Crítica a la tesis de bitcoin como dinero fuerte (I)

El debate sobre las mercancías

Joel Serrano

La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

Mises no comprendió a Menger (IV)

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

Manuel Polavieja

Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado

Joel Serrano

Manuel Polavieja no entendió a Mises; tampoco a Menger (III)

Manuel Polavieja no entendió a Mises; tampoco a Menger (IV)

Joel Serrano
Author: Joel Serrano

Deja una respuesta